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Presunta desgracia

Nos siguen conmoviendo los crímenes. Eso sí, a la manera del consumo volatilizable que tienen hoy las noticias: leer, estremecerse y pasar página. Pero por fortuna todavía se nos agita el ánimo, máxime cuando aparece una variante que retuerce el canon del crimen que bien podría reducirse al binomio arranque de ira y consumación. Es lo que me ha sucedido con la muerte de una mujer muy cerca de aquí, en La Matula, un barrio de la capital grancanaria.
Junto al evidente sobresalto por las circunstancias (todo indica que el presunto asesino la apuñaló, luego le puso un pijama limpio y por fin abrió el gas para causar un incendio que borrara las huellas e indujera a pensar en accidente), el hecho de que el individuo sufriera quemaduras en gran parte de su cuerpo y quedara en estado muy grave ha despertado mis inquietudes indagatorias, que no han de resolverse más que en la soledad de mis divagaciones.
Y la primera inquietud, que no es la más importante, desde luego, arranca cuando pienso en el destino de este individuo, alrededor del cual se ha movilizado un dispositivo de trabajadores sanitarios para salvarlo. Y ahí está la palabra que me araña, la que me perturba: la salvación. Todos los servicios médicos, cumpliendo con su vigorosa deontología, se conjuran para agarrar la vida del paciente y que no se vaya por el sumidero de la presunta desgracia.
Pero ¿cuál es la presunta desgracia? Mi pensamiento coge algunas décimas de fiebre cuando imagino a todo ese personal al unísono refrescando la piel ulcerada del individuo, tomándole las vías, dándole oxígeno, reanimando su corazón maltrecho, mientras debajo de todo el chamusco la palabra salvación naufraga frente al apocalipsis que se le avecina. ¿De qué lo salvarán? ¿De perecer consumido por el fuego del infierno? No hay otro camino, deben salvarlo, es el deber que enaltece la dignidad humana.
Y luego vendrá su recuperación, con el cuerpo lisiado y el recuerdo eterno de las ampollas fosilizadas. Y luego vendrá el careo frente a sus hijos. Y luego vendrá el juicio que obrará la magia de la reposición de la memoria. Y luego vendrá la cárcel para ensanchar el tiempo del arrepentimiento, o de la reafirmación, o de la locura.
El presunto asesino estará en buenas manos y gracias a la acción de tantos y tantas, entre los que se contarán los contribuyentes que financian la sanidad pública, se habrá salvado de la presunta desgracia.
Sigo teniendo fiebre en el pensamiento pero no me impide seguir concibiendo que a pesar de los laberintos de la maldad defender la vida sigue siendo un lema irrenunciable.

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