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Registro de jornada

La noticia abre los periódicos, los telediarios y las redes. Me sorprende un poco tanto revuelo, porque ya se había establecido en varias sentencias, la ampliación de la obligación de registro de la jornada de cada trabajador que establece el art. 35.5 del ET, “a efectos del cómputo de horas extraordinarias” a todos los casos con independencia de la realización de horas extra, aunque el TS en sentencias posteriores, anuló este criterio estableciendo que la necesidad de registro solo afectaba a las horas extras (STS Nº 338/2017, de 20-04-2017, Rec 116/2016 y STS Nº 246/2017, 23-03-2017, Rec 81/2016).
Ya en ese momento, cuando todas las empresas recibieron de sus respectivos asesores laborales la comunicación de esta obligación, estas, bien con lectores digitales de huella, con la ficha típica o, simplemente, con la firma del trabajador a su entrada y salida en una hoja excel, habían hecho caso a la medida o, al menos, se les suponía.
No recuerdo, en ese momento, tanto revuelo. Quizá, tampoco lo recuerde porque no tenía mucho tiempo de ver las noticias. Mis horas transcurrían en la última empresa en la que trabajé, sine die. La noticia de esta obligación, el registro de jornada obligatoria, fue recibida en ese momento por la empresaria con una alegría inusitada. Mi trabajo, o más bien, parte de las cientos y cientos de tareas que realizaba en esa jornada sine die, era asesorar precisamente a la empresaria en cuestiones relativas a normativa laboral. Intenté explicarle que esta medida, que ella recibía con tanta alegría como un arma más de control que ponían a su disposición para mejor vigilancia, control y explotación del trabajador, era todo lo contrario. Que a quien querían “vigilar” era al empresario: a ella. Que lo que querían era conocer esas horas extras que se le presuponen a los contratos a tiempo parcial (grave error por parte del legislador: afectan también a los contratos a jornada completa), y que el empresario, en muchas ocasiones, no remuneraba y por consiguiente tampoco cotiza. El caso es que era tanta su alegría que no me quiso escuchar. Ella nunca olvidaba una de sus máximas: el trabajador es el enemigo y, al fin y al cabo, yo también era una trabajadora.
De la hoja excel, rápidamente pasó a la huella digital y al modo más genuinamente orwelliano, instaló cámaras por los pasillos: quería controlar cuántos minutos tardaba en llegar el personal a la siguiente aula para descontarlos si le parecían excesivos.

Leo estos días que los expertos laborales consultados “consideran la obligatoriedad del registro una medida anacrónica y que va en contra del sentido común, un paso atrás”. Y puedo decir que tienen razón. Pero no porque la medida en sí no sea lógica, sino porque no es efectiva. Porque la obligatoriedad de esta medida debe llevar aparejada una actuación de las autoridades competentes efectiva y real. Que no acudan a un centro de trabajo tras las denuncias de varias trabajadoras, y se conformen con que la empresaria les diga que allí nunca ha habido hojas de registro, ni máquina de huella digital, cuando las marcas en la pared todavía tienen los restos de la pintura desconchada tras ser arrancada de cuajo unos minutos antes de su llegada a la secretaría. Que las sanciones sean de verdad disuasorias para el empresario infractor. Que no le resulte más barato pagar la multa, que “cotizar y pagar por la dignidad de los trabajadores”.
*Sine die: algo que se aplaza o alarga indefinidamente. En el artículo, jornadas laborales de doce horas, alargadas a fines de semana y vacaciones, pero con la obligación de fichar, siempre, a la “hora oficial de salida”.

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Historias de Tokio: Yui, esencia (Capítulo 9)

La siguiente aventura japonesa de mami (porque hubo varias) estaba a punto de llegar. Aquella noche decidí llevarla al “Sento”. En Japón las casas siempre habían sido muy pequeñas, no todas, por supuesto, hay también casas muy grandes, pero para tantos habitantes como llegaron con el crecimiento posterior, con los nuevos rascacielos siguieron conviviendo las pequeñas casas y en su gran mayoría sin baño, por lo que proliferaron los baños públicos. Había varios en cada barrio y tuve la suerte de vivir a solo unos metros de uno de los más antiguos de la ciudad de Tokio. Me encantaba. Los baños públicos cuentan con una pequeña recepción en la que pagabas aproximadamente trescientos yenes y en la que podías adquirir champú y gel si necesitabas, pero lo normal es cada uno lleve el suyo en una pequeña palangana. En la recepción, hacia la derecha, está la entrada al baño de chicas y a la izquierda el de hombres. Esta separación comenzó con la occidentalización de Japón, porque tradicionalmente eran mixtos, no había ese pudor relativo a los sexos. Una vez dentro tienes una casilla en la que poner tu ropa. Tienes que entrar desnudo completamente y coger de una fila un pequeño taburete de plástico y una palangana, y luego escoger una de las mini-duchas de las varias que hay (minis porque están a la altura de nuestras rodillas). Te duchas sentadita también en tu mini taburete y con la ayuda de tu pequeña palangana que te echas por encima llena de agua. Es divertidísimo y, una vez limpia, entras en la piscina-yacuzzi común. Única pega: agua hirviendo…pero hirviendo, hirviendo, sales escaldado como un pollo, y eso que a mí me gusta el agua muy caliente…Pero esa vez, al estar embarazada preferí no meterme aunque ellos dicen que no pasa nada…La que sí se metió fue mi madre. Los gritos los pueden imaginar. Le había explicado que en una de las esquinas había un chorro de agua fría que servía para enfriar un poquito, pero muy poquito, esa zona de agua. Yo seguía sentada en el taburete haciéndome una pequeña exfoliación de cara, cuando de repente caigo en un sonido nuevo…algo así como un chorro de agua abierto a toda presión y que llevaba ya varios minutos así. Me di la vuelta enseguida porque sobre la marcha caí en la cuenta de lo que podía ser, al mismo tiempo que oía la voz de mi madre:
– Ahora sí Guada. Ahora sí, esto es una maravilla.
La cara de las japonesas era un poema. Mi madre les sonreía y les decía, por supuesto en español: “tranquilas, tranquilas, que esto ya está cogiendo una temperatura chachi.” Ellas la miraban igual de sonrientes. Hacer eso era impensable.  Lo podías abrir unos segundos y un poquito, pero no a todo meter y ya durante varios minutos…Pero con su sonrisa creo que perdonaron a mi madre; a esa extranjera que les sonreía de oreja a oreja (algo también inusual allí) y que compartía, tan feliz, una de sus costumbres más antiguas.
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Nada cambia en un instante

Para escribir este artículo he leído reflexiones tan absurdas como que “El diario de Noa”, es uno de los casos más evidentes en los que la cultura pop ha romantizado el acoso sexual. Que hay que explicarles a nuestras hijas que los príncipes de los cuentos hacen muy mal en besar a chicas dormidas, en vez de explicarles lo que es un cuento. Leer, no hoy, desde hace tiempo (no tanto como los años que hace que leí el libro), que la serie adaptada “El cuento de la criada” (hay que leer el libro, repito) es “de lo más feminista”, cuando los hombres que se muestran como los culpables del sometimiento a las mujeres, aparecen como personajes patéticos y casi inexistentes, siendo las mujeres las verdaderas villanas, olvidándose de que la artífice principal del ideario que rige la vida en Gilead , su creadora intelectual, es una mujer. Olvidándose, o no llegando a entender realmente la esencia del libro, un libro que es una crítica velada a lo rápidamente que se corrompen las ideas de sociedades que protegen a las mujeres y que acaban derivando en dogmas radicales. Dogmas que pueden venir de uno u otro lado, generando rivalidades y odios y todo, como también nos quiere advertir Atwood en palabras de Defred, sin darnos cuenta: “Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido sin tiempo de darse cuenta siquiera”.
Y toda esta introducción para ir a lo que realmente era mi objetivo de hoy, hablar de Juego de tronos y la distorsión que hace de la serie ese feminismo que dice no llamarse radical, que busca, escarba, y que como se dice popularmente “no deja títere con cabeza” (ni a Caperucita ni a la Bella Durmiente), en su intento de identificar todo con machismo. Feminismo que, como he dicho en otras ocasiones, no me representa. Y sí, soy feminista. Pero creo que las medidas más efectivas para mejorar cualquier sociedad, se logran cuando se empieza por llamar a las cosas por su nombre.
“La serie está hecha para hombres”, escribía en su artículo `Juego de tronos: porno en prime time´, Rocío Valle, y continuaba: “el objetivo, en lugar del amor, es el poder. Y en el camino para lograrlo, qué puede haber que seduzca más a gran parte del género masculino que el sexo y la violencia, por separado y combinados. La fuerza bruta. Los instintos primarios. Es decir, eso que el derecho y las sociedades democráticas obligan a reprimir.” Y el artículo continúa.
Dejo de escribir unos segundos porque no sé qué decir: pues sí, el objetivo es el poder, en ocasiones, pocas, el amor. Y el poder, tradicionalmente ha sido masculino, pero en esta serie se le ha dado un género neutro, independientemente del sexo, edad o religión de los personajes. ¿La serie ha sido machista en algún momento? Pues claro, es un mundo de ficción, imaginado en el Medievo, un mundo en el que el contexto histórico en el que se quiere situar a los personajes, es brutal, sangriento, oscuro y terrible. Y machista. Porque el escritor, en su visión aumentada de la Guerra de las Rosas, ¿debe también pasar por el filtro de una comisión de igualdad para escribir su ficción, atendiendo a cuestiones como la lucha de géneros, el empoderamiento femenino, la inclusión, la violencia de género, etc, en el Medievo? ¿En una construcción literaria que busca recrear una atmósfera salvaje asimilada a la época que intenta reflejar?
Se critica la violencia que se ejerce sobre las mujeres pero, estas voces críticas, o no han visto la serie o como decía antes, el objetivo es “no dejar títere con cabeza en nombre del feminismo”. Porque hablamos de una serie en la que se asesina y se mutila a hombres con una crueldad inusitada. Se les entrega para ser devorados por sus propios perros. Se decapita a personajes masculinos después de rociarles por encima oro ardiendo. Mueren de las formas más cruentas en diversas batallas. ¿Por qué las mujeres, en esta realidad violenta, deben ser excluidas? ¿Y por qué, cuando las mujeres triunfan, tienen el poder, el cortador de las cabezas de títeres, argumenta que es un falso feminismo? ¿Es tan difícil creer que Daenerys, Melissandre, Cersey, Sansa, Arya o Missandrei, no son débiles ni dependientes de los hombres y que se enfrentan a situaciones violentas y complicadas valiéndose de sus propios talentos y capacidades?
No me considero más inteligente que nadie, pero tampoco me gusta que infravaloren mi inteligencia. Que de forma condescendiente se eche la culpa a todo lo demás. A las comedias románticas, a las princesas Disney, a los cuentos clásicos y a un señor de 70 años que escribió Juego de tronos. Que me consideren tan poco inteligente, que recibo los estímulos externos sin ningún tipo de filtro. Que no reflexiono sobre lo que leo y lo que veo. Que cuando alguien escribe o crea una serie, una película o imagina un cuento, lo hace contando también con la inteligencia del espectador o lector. Porque la libertad ha de ser inteligente. Porque la imaginación no solo es imaginar fantasías, también es imaginar lo real.