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Historias de Tokio: Yui, esencia (Capítulo 6)

Se levantó como nueva. Los efectos del jet-lag se iban suavizando pero no tanto como para hacerle recordar el terremoto de la noche anterior, así que yo tampoco se lo recordé. Nos íbamos a ir todo el día de excursión: Asakusa, Ginza, paseo en barco por la bahía de Tokio…Pero antes de comenzar, abrió la maleta. Con toda la tensión emocional del primer día no me había percatado del tamaño descomunal de esta y cuando la abrió…¡Treinta kilos de ropa infantil! No exagero: treinta kilos de ropa que iban desde los 0 meses hasta los cinco años, y lo mejor de todo, azul-celeste. Mi madre había decidido que iba a tener un niño. Y entre todo ese muestrario, tres conjuntos premamá. Pero premamá- premamá para un embarazo ya avanzado y yo, no solo no tenía la más mínima señal física de estar embarazada, sino que incluso estaba más delgada. Pero los que conocen a mi madre saben ya que, ese mismo día, yo salía “vestida de embarazada” sí o sí. Y así fue. Fui vestida de “marinerita embarazada”.
De las personas que nos visitaron en Tokio puedo asegurar que nadie disfrutó tanto como ella. Los que visitan Japón o se vuelven locos y quedan fascinados por todo lo que ven o justamente lo contario: no ven el momento de volver a casa. Mi madre estaba entre las primeras. Y fuimos a Asakusa y por más que busqué el restaurante de okonomiyaki (especie de pizza japonesa) al que quería llevarla, no lo encontré. Nos tomamos una cervecita (yo un refresco) en el “Golden Flame” de Philippe Starck. Bajamos en barco por el río Sumida y recuerdo a mi madre asombrada viendo cómo una niña coreana se comía, como si fueran chuches, una bolsa entera de nori (algas verdes secas). Y llegamos a Ginza, la segunda calle más cara del mundo después de la Quinta Avenida de Nueva York, aunque durante mucho tiempo ocupó el primer lugar. Y es ahí, bueno, en todo Tokio, pero especialmente en Ginza, en donde si tienes cierta tendencia al consumismo o incluso me atrevería a decir que, aun sin tenerla, te vuelves loco y lo quieres comprar todo. Yo ya había advertido a mi madre. Le había dicho que viese lo que viese, pasase lo que pasase, debía superar ese primer impulso, que era duro, muy duro, y que era algo normal; pero que debía superarlo porque, además del descalabro a la Visa, ese afán consumista sin control llegaba a provocar estados cercanos a un ataque de ansiedad. De nada sirvieron las serias advertencias. Lo quería todo. Pliegos y pliegos de papel japonés de los colores más maravillosos que jamás han visto. Los abanicos de todos los tamaños y formas imaginables. Las cajas que los protegían. El papel que los envolvía. Las bolsas donde los guardaban. Incluso, llegó a pensar en comprarse algo en Tiffany´s y que ya vería cómo lo arreglaba una vez llegase a España.
Estaba atardeciendo, las luces de neón empezaron a encenderse y, en medio de esa vorágine, dos españolas merendaban delante del escaparate de Tiffany´s igual que una vez desayunó Holly. Ellas en Ginza. Ella en Fifth Avenue.
Continuará…
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Historias de Tokio: Yui, esencia (5ª parte)

Les había dejado con mi madre a punto de desmayarse en medio de Shibuya, después de haber comido en un restaurante indio tras treinta horas de viaje para llegar a Tokio, por lo que cogimos el metro y volvimos a casa. Mi madre soñaba con una ducha..así que se metió en “la ducha”. El sistema de encendido del gas era un tanto complicado por lo que, mientras ella se encontraba desnuda encima de aquel suelo de mosaico esperando a que yo le diera las instrucciones para meterse en lo que parecía una bañera diminuta, le di a la manivela, encendí el gas y abrí el agua… Continuar leyendo “Historias de Tokio: Yui, esencia (5ª parte)”

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Historias de Tokio: Yui, esencia (4ª parte)

Pero para eso todavía faltaban muchos meses. Ahora tocaba seguir trabajando y prepararme para la inminente visita de mi madre. Creo que a todas las abuelas les debe pasar algo parecido pero no sé si llegan al grado de mi madre: se volvió literalmente loca. Loca de amor por “su nieto nonato”, porque ella había decidido que era niño. Llegó a Japón tras más de treinta horas de viaje de puerta a puerta. Y ya desde ese momento había decidido hacer cualquier cosa por “él”. Superó todos sus miedos. Viajar tantísimas horas en avión sola; pincharse en el aeropuerto, ella sola, en el estómago, una inyección anticoagulante para evitar el “mal del turista”. Superar el agobio que le producía ser de ese diez por ciento de mujeres a las que la menopausia atacaba de la forma más brutal y cuyos síntomas imaginaba como algo terrible dentro de un avión durante dieciséis horas; todo ello añadido a que, justo en aquella época, las entradas a los aeropuertos japoneses estaban llenas de cámaras para detectar subidas de temperatura en los cuerpos de los viajeros y a que había varios inspectores que observaban sudoraciones anormales para, ni cortos ni perezosos, ponerte en cuarentena con el fin de evitar un posible contagio por “gripe aviar”. Le había metido tanto miedo al respecto que durante los metros que duró aquel trayecto hasta la salida caminó con la cara “más saludable” que pudo poner…Y llegó. Era tempranito. Salió por aquella puerta con la cara desencajada, agotada, pero feliz, muy feliz. Creo que no era consciente todavía de dónde estaba. Continuar leyendo “Historias de Tokio: Yui, esencia (4ª parte)”