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Presunta desgracia

Nos siguen conmoviendo los crímenes. Eso sí, a la manera del consumo volatilizable que tienen hoy las noticias: leer, estremecerse y pasar página. Pero por fortuna todavía se nos agita el ánimo, máxime cuando aparece una variante que retuerce el canon del crimen que bien podría reducirse al binomio arranque de ira y consumación. Es lo que me ha sucedido con la muerte de una mujer muy cerca de aquí, en La Matula, un barrio de la capital grancanaria.
Junto al evidente sobresalto por las circunstancias (todo indica que el presunto asesino la apuñaló, luego le puso un pijama limpio y por fin abrió el gas para causar un incendio que borrara las huellas e indujera a pensar en accidente), el hecho de que el individuo sufriera quemaduras en gran parte de su cuerpo y quedara en estado muy grave ha despertado mis inquietudes indagatorias, que no han de resolverse más que en la soledad de mis divagaciones.
Y la primera inquietud, que no es la más importante, desde luego, arranca cuando pienso en el destino de este individuo, alrededor del cual se ha movilizado un dispositivo de trabajadores sanitarios para salvarlo. Y ahí está la palabra que me araña, la que me perturba: la salvación. Todos los servicios médicos, cumpliendo con su vigorosa deontología, se conjuran para agarrar la vida del paciente y que no se vaya por el sumidero de la presunta desgracia.
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