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El Mesías

Un mundial de fútbol es una chistera de donde pueden salir cientos de historias que sacan a la luz comportamientos ejemplares de la diversidad que caracteriza a la condición humana en este planeta. Durante unos días parece aflorar la experiencia del Aleph de Borges, ese punto que contiene todos los puntos del universo, y nos convertimos en observadores cenitales de lo que ocurre en los rincones más extraviados.
Una de esas historias es la que protagonizan en una ciudad de Brasil, sancta sanctorum del deporte rey y, por ende, propenso a las excentricidades más llamativas, los integrantes de una familia forofa y patriótica hasta las cachas. Juega la selección carioca contra Costa Rica. Los brasileiros transmiten impotencia, arrastrada desde el empate contra Suiza. Se está terminando el encuentro y son incapaces de marcar un gol a los centroamericanos. De pronto en la familia de marras, la abuela Clarice, que va de un lado a otro del salón barriendo la impaciencia de los suyos a punto de destriparse por culpa de la ausencia de gol, coloca bajo el televisor donde los ojos se concentran histéricos una vela encendida. Lo hace con veneración de culto. Y antes de que pase un minuto, sin tiempo apenas para el primer chisporroteo del cirio, Coutinho marca un gol de bandera. El salón explota, ocurre un polvorín de alaridos y desmanes, y la abuela Clarice es cogida como una Virgen recién aparecida y llevada en volandas por todo el cuarto. Ella también grita y se convulsiona haciendo aspavientos con brazos y piernas.
De todo esto hay constancia por un vídeo que recoge la secuencia íntegra del episodio, incluida la desesperación previa a la elevación de la abuela a los altares.
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Cari, amor y otras ternezas

En el fondo lo que sucede es que me estoy volviendo maniático. Ya lo avisaban los augures: vejez y manía, por la misma vía. O sea que no se tomen en serio esto que digo. Es un ramalazo de impertinencia.
Pero que yo pregunte con toda la discreción del mundo por unos calcetines térmicos y una dependienta (hablo por ellas porque habitualmente son las que se dirigen a mí de esa manera) me conteste en modo urbi et orbi: «No, mi amor, térmico no nos queda nada, lo siento, cari» desata una sacudida inevitable en mis receptáculos dedicados a la lisonja. Podría deberse a la condición zalamera de esa empleada que ha visto en el uso de esas ternezas su principal señuelo para triunfar en su cometido. Pero he aquí que voy a una librería y otra muchacha me ayuda a localizar un libro: «En la segunda mesa, vida, lo tienes juntito a ti, cari». Sin poder evitarlo me pongo en guardia. Y espero a la próxima andanada de carantoñas. Y llega: «Un café, por favor», «enseguida, tesoro, ¿corto o largo?» Entonces concluyo con una fatídica evidencia: es una epidemia.
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La portavoza: nuevo episodio de linchamiento

E: ¿Qué les parece a ustedes la introducción por la diputada Irene Montero del término portavoza?
R1: Lamentable, un disparate propio de alguien ignorante.
R2: Discutible, el sistema lingüístico pone algunas restricciones a la formación del término.
E: ¿Podrían aclarar su punto de partida?
R1: Ahora resulta que el femenino consiste en que todas las palabras acaben en a. Bienvenida, Irena Montera.
R2: Se trata de una palabra compuesta en la que el segundo término de la composición es ya femenino, voz.
E: Quiere decir que tiene pocas probabilidades de afianzarse.
R1: Claro, si dices portavoza y dices miembra entonces no eres un cargo público sino una carga pública. Mire, lo que debe hacer esa señora y quienes le siguen el jueguito de retorcer el lenguaje es volver a Primaria y aprender a hablar y escribir correctamente. Es desesperante su incultura.
R2: No me atrevería a decir que no tendrá éxito. Árbitra y fiscala son términos que chirriaron cuando comenzaron a extenderse y ambos han seguido caminos diferentes: árbitra está instalada con normalidad y fiscala no se ha asentado en el uso. ¿Por qué? La norma (el uso) las ha digerido de diferente forma. La palabra miembra está bien formada, según el sistema (femenino en -a), pero la norma no la ha aceptado, probablemente porque posee una connotación peyorativa.
E: Pero ¿es correcta la palabra o no es correcta?
R1: Sí, correctísima, y también decir periodisto y conserja. Y así somos más feministas que nadie. Esta es la manera más ridícula de banalizar la lucha por la igualdad.
R2: Llegados a este punto la pregunta sería: ¿está bien formada la palabra según el sistema lingüístico del español? Y la respuesta sería: a día de hoy el sistema no permite la formación del femenino de la palabra en -a, porque voz ya posee ese género. Pero no es lo mismo que sucede con miembra. En cualquier caso, y hasta tanto la norma decida (o sea, el uso imponga o descarte), tenemos un término que podríamos emplear como sustituto: vocera.
Nota aclaratoria: En R1 están representados escritores y escritoras de renombre, alguna exdirectora de la Biblioteca Nacional, reputados periodistas, algún ministro y feligreses de variado pelaje de las redes. En R2 hay expertos sin contaminar.
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