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Yo confío

Confío en que mis alumnos y mis alumnas que un día se rebelaron contra alguna forma de injusticia escolar, ante el trato impropio de un docente o una docente, ante la ausencia de actividades de expansión merecidas después de horas interminables de carga académica, ante la falta de sustitutos en alguna materia, ante la mezquindad de una administración que restringía el presupuesto para becas. Aquellas y aquellos contestatarios que levantaron la voz para denunciar medidas arbitrarias desde la Dirección del centro, o para reivindicar transparencia en la resolución de las calificaciones, o para defender su derecho a recibir clases en un clima de tranquilidad conveniente, o para hacerse valer como protagonistas de una convivencia en una formal comunidad educativa.

Confío en que mis estudiantes que se esmeraron por lograr la mejor consigna contra la violencia, contra la desigualdad, contra la segregación, contra la conservación del medio ambiente. Aquellas y aquellos que volcaron lo más granado de su sensibilidad en murales que preconizaban la necesidad de un mundo más equitativo; que emplearon, como primera muestra de su voluntad de cambio, la mejor retórica para defender a la mujer maltratada o discriminada, al inmigrante menospreciado o a las personas con orientación sexual diferente a la propia. Aquellos y aquellas que formando emotivas corales de momentánea fraternidad cantaron canciones de Antonio Flores o de John Lennon apelando al deseo colectivo de paz, o de Bebe y Amaral para erigirse en muros contra la violencia de género.

Confío en que todos ellos y ellas conserven un poso denso de cultura crítica y democrática que les sirva para enfrentarse a los cantos de sirena de los nuevos caudillos que bajo el anuncio modernizado y febril de una autoridad que restaurará el orden necesario esconden el látigo del dictador que intenta menoscabar el clima de libertades que hace precisamente posible la denuncia escolar, la voz reivindicativa y la lucha por los derechos de los desfavorecidos.

Confío plenamente en mis estudiantes. Son nuestro caudal, la garantía de un horizonte que arrinconará el repunte de un cuerpo tiránico que estaba (y seguirá estando) en los huesos.

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No te hagas selfis en el baño

La plataforma Spotify emplea un recurso burdo para conseguir que claudiques y acabes pagando la suscripción que te ofrece: cuando estás embelesado escuchando música irrumpe con un anuncio que te ha repetido machaconamente por boca de una dulce voz femenina con pretensiones melifluas. Es el mismo siempre, para que te aburras y te desesperes y explotes diciéndole al demoniaco algoritmo: ¡Basta ya, te pago lo que quieras, pero calla a esa mosquita muerta de una puñetera vez!

Yo no he picado todavía. Y contraigo los oídos como si tuvieran párpados para sortear a la inocente muchacha. Pero la escucho, no puedo evitarlo, y aunque

procuro no prestar atención a los mensajes, la batalla es fiera y desigual, como las de don Quijote, y termino vencido.

Entonces hay un mensaje que se me queda flotando en el oído un día y otro, pero como mi interés no es florido flota en los alrededores del pabellón auditivo y no entra del todo en mis entretelas. O dicho de otra manera, me llega atrofiado y me quedo con él con una confusión que me trastorna. El mensaje dice: No te hagas selfis en el baño. Y yo, que ya ando pagando las consecuencias de la edad en esto de la eficacia auditiva, entiendo: No te hagas el pis en el baño. Si reparan ustedes en las ligazones de las consonantes convendrán conmigo en que el parecido justifica mi confusión.

El caso es que durante un tiempo (uno o dos meses) me venía a la cabeza la frase confundida y excitaba en mi magín las intenciones de los publicitarios que la habían propuesto. ¿Por qué espolean con esta consigna a que abandonemos la costumbre secular de orinar en el retiro más íntimo? ¿Será un arcaísmo que ha acabado fagocitando la ultramodernidad y yo todavía con estos pelos? ¿Una reivindicación de la legión de escupideras y chatos que el hedonismo contemporáneo hace suya y yo sin enterarme? ¿Un mensaje subliminal de una firma de pañales para adultos? ¿Aliviar la vejiga como quien estornuda en plena calle, con un discreto ocultamiento de la mano y fuera las apreturas? ¿Qué puñetas tiene que ver la prohibición de mear en el baño con el placer de escuchar a Mozart sin interrupciones? Y sobre todo ¿a quiénes va dirigido este mensaje? Porque de repente me veo señalado por la muchacha inocente de la misma manera que el adolescente melómano, pues Spotify es intergeneracional y reparte bocadillos para todas las dentaduras.

Desconcertado por las cábalas estrafalarias que me venían a la cabeza, reconozco que me costó salir de la sensación de astracanada que me invadía. ¡Cuánta ignorancia me inunda en este mundo de la publicidad! Hasta que una chispa casual pone sensatez en mis oídos y escucho la frase verdadera. Y me abofeteé por imbécil, por no haber recurrido al principal de los auxilios para salirme de este ridículo especulativo: prestar atención (que no es lo que pretende Spotify, por cierto).

Y ahora escucho distendidamente la música de la plataforma, con la tranquilidad de que se ha resuelto mi ecuación retórica. Pero desde la aclaración del entuerto vienen hormigueando mis neuronas con un runrún que hago por sofocar para que me deje escuchar la música en paz: ¿Qué perversión se esconde en el acto de hacerse selfis en el baño? ¿Una fantasía erótica? ¿Un divertimento vicioso? ¿Una dimensión prohibida del arte narcisista de fotografiarte hasta las ternillas?

Mejor apago el fuego con la música, ese bienestar, ese placer…

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Ella, la testigo

Me mira. Nos mira. Estoy convencido de que en sus entrañas de cables y soldaduras cariadas nos lanza una mirada de auxilio aduciendo cuánto ha hecho por nosotros y con cuánta ingratitud la hemos ido arrumbando dejándola expuesta como una dama desatendida y crepuscular.

Cuando encontramos una por la calle, como en la que yo reparé para hacer este memorial de desagravio, la solemos hallar con la piel rañosa, el azul cielo de sus contornos afectado de rayas rasgadas a punta de navaja, el brazo negro resobado y pegajoso, el cordón umbilical resistiendo como una arteria remendada en tantos trechos y en sus paredes acristaladas que algún día acolcharon nuestras intimidades grafitis de mal gusto como si el carmín de sus afeites se hubiera emplastado con brocha gorda.

No se corresponde esta ingratitud del abandono con lo que nos ofreció en aquellos tiempos. Fue el reducto de nuestra conexión con el mundo, con nuestra familia. En La Laguna, bajo el frío inclemente o la lluvia copiosa, nos brindó el habitáculo confortable para anunciarles a los nuestros que sobrevivíamos a los exámenes, a la represión franquista y a la alquimia prodigiosa de la juerga y los ideales. Cuánto lamento materno encerrado en su auricular, cuánta nostalgia concentrada en los pocos minutos que podíamos financiar con nuestra calderilla, cuánta mentira consoladora para que las madres cogieran el sueño.

Y fue también medio de socorro para llamadas de urgencia, para solventar las exigencias de una vida que era posible sin necesidad de un enlace permanente. Y fue confidente, amante, terapeuta, chivo expiatorio, víctima de nuestra ira y victimario de nuestras monedas; fue altavoz de noticias funestas, cascabel de alegrías inesperadas, cauce entusiasta para resolver nuestro tránsito eventual fuera de nuestros domicilios. Cuántos secretos galoparon por sus filamentos de cobre y convulsionaron parejas, o alimentaron la doble vida de los atrevidos, o conspiraron a favor de una maquinación política. Y ella siempre ahí, aguardando impasible, impertérrita, con el regazo disponible para que nuestras confidencias corrieran seguras hasta el destino arriesgado. El aire de dama elegante que evoluciona y se maquilla de verde jocundo según pasa el tiempo.

Hace unos día pasé por delante de una de ellas y me quedé contemplándola. No pude evitar la imagen de actriz decadente, como Gloria Swanson en su memorable descenso de las escaleras de mármol en El crepúsculo de los dioses. Tuve un golpe tibio de melancolía que convocó mi compasión por su valor de icono maltratado. Pensé que asistía a la agonía del viejo testigo de una época que encerraba una colección infinita de historias apegadas a varias generaciones todavía reconocibles. Y decidí que tenía que tributarle un homenaje íntimo y merecido. Y la fotografié para escribir sobre ella.

Cuando reemprendía el camino volví la vista sobre su figura y creí notar en el conjunto de sus facciones metálicas que me hablaba con una arrastrada congoja. ¿Tenías que fotografiarme con ese aparato diabólico que ha acabado con nosotras? –me pareció entenderle.