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El sueño del japonés

Me cuentan que en un viaje turístico en guagua entre dos poblaciones de Noruega bastante alejadas entre sí, un turista japonés fijó su cámara fotográfica junto al cristal de la ventanilla, encendió el modo vídeo y dejó grabando las imágenes del paisaje mientras él se acomodaba dispuesto a echar una cabezada que a la postre duró más de una hora, a pesar de alguna parada que hizo el vehículo para facilitar el descanso del largo trayecto.

Cuando regresó a su país convocó a los amigos a una cena para mostrarles los vídeos que daban testimonio de lo que había visto y disfrutado durante su viaje. La cena fue un festín de sashimi, arroz y montañas de fotografías y películas. Una de ellas era la que había tomado la cámara por su cuenta mientras el japonés dormía el sueño de los justos. Cuando llegó el momento de la proyección, el individuo, con la mayor naturalidad del mundo, fue describiendo todos los elementos paisajísticos que aparecían en la película. Informaba de arboledas, neveros, lagos y campesinos noruegos ilustrando con pinceladas estéticas que reflejaban la envidiable apropiación que su retina había hecho del exotismo nórdico. A las preguntas de sus amigos sobre algunas rarezas espectaculares que se habían grabado, como la galopada de una manada de ciervos o la emanación de gases de un volcán, el japonés atribuía su desconocimiento al escaso dominio del idioma por parte del guía.

No les hubiera extrañado a sus amigos que les hubiera revelado la circunstancia de su viaje en diferido gracias a su cámara. Ellos también acostumbran a dejar suelta la suya mientras se desentienden de la contemplación y la emoción que produce el deleite directo con la realidad observada. Y se consuelan sabiendo que no solo los japoneses son fanáticos felices de esa aspiración a vivir lo virtual como si fuera la tierra prometida.

Me cuentan que el japonés se despertó en el viaje e incitó al reproche a algunos de sus acompañantes al verlo desperezarse con gusto, como tras una larguísima siesta. Uno de ellos le espetó: Vamos, gandul, no sabes lo que te has perdido.

El japonés, percatándose de que su cámara aún estaba encendida, miró al burletero y le dirigió una prolongada risilla de Pulgoso, con los ojos rasgados hasta lo imposible y a punto de cerrarse nuevamente.

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La belleza de la destrucción

Robert Rauschenberg se presentó un día de 1953 (despuntaba ya su carrera como pintor) en casa de otro artista, Willem de Kooning, y le pidió un dibujo. Por esa época De Kooning era un pintor muy reconocido, junto a las figuras del momento: Jackson Pollock, Mark Rothko… Cuando De Kooning le preguntó para qué quería el dibujo, Rauschenberg le dijo que para borrarlo, y fruto de ese borrado nacería una nueva obra de arte, suya (de Rauschenberg), claro está. Supongo que afectado por la fiebre de la sublime performance y por que pensaba que estaba contribuyendo al genio de las vanguardias, De Kooning accedió y le dio una pieza.

Rauschenberg procedió como tenía previsto. Borró el original y le pidió a un amigo, otro pintor, Jasper Johns, que le diseñara un cartelito con el título: Dibujo de De Kooning borrado. 1953. Hoy el cuadro se exhibe en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Cuenta Jasper Johns que, concluido el trabajo, a Rauschenberg le destellaron los ojos como a un pirómano, con un fulgor amarillo y lascivo que delataba el placer ante su obra.

En marzo de 2001 se produjo la voladura de los Budas de Bāmiyān en Afganistán, un monumento secular que los talibanes consideraron ofensivos para su religión. El régimen islámico de los talibanes, desoyendo la llamada de la comunidad internacional que reclamaba el valor artístico de las esculturas, procedió a dinamitarlas como un ejercicio de reafirmación en la doctrina del Corán. El acto debió de contar con una liturgia solemne y a él asistieron los máximos dirigentes de la curia islámica, a quienes debió de notárseles el centelleo de sus ojos cuando volaban por los aires los cascotes de las esculturas ciclópeas. No me extrañaría que la fruición fulgurante estuviese acompañada por el recitado de algún verso del libro sagrado.

Todos y todas hemos sido asistido alguna vez, virtualmente casi siempre, a la demolición de algún edificio, y hemos sentido un deslumbramiento interior, un asombro empapado en alguna clase de emoción estética. No hemos podido vernos los ojos pero de seguro que por ellos ha relampagueado el sello del impacto, bien sea por la estupefacción, bien por la fascinación del desmoronamiento de lo que era sólido y rocoso.

En un debate, como el de investidura de ayer, y en general, en todo el pugilato dialéctico que se monta en el Congreso, ocurre que también se desata esa fascinación emocionante por la destrucción, por la ruina, por el desmoronamiento del adversario político. Basta con mirar a algunos ojos para hallar el fulgor del pirómano que goza esperando la hecatombe.

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Blancanieves en Auschwitz

En las paredes de uno de los barracones del funesto campo de Auschwitz apareció un mural polícromo en el que reinaba la figura de Blancanieves y sus enanos. Sobre un fondo verde lima y un azul luminoso, los personajes del célebre cuento bailaban al son de una probable melodía almibarada. ¿Qué había ocurrido? ¿Un ataque repentino de ternura en el corazón putrefacto de la dirigencia del campo? ¿Otra vuelta de tuerca a la depravación para asesinar impregnando de ensueño la retina de las víctimas?

Una muchacha judía checa, Dina Gottliebova, dotada con el genio del dibujo, había colaborado con el artista Freddy Hirsch para montar un musical en Auschwitz con el fin de entretener la vida sombría de los niños allí encerrados. El espectáculo (¡qué concesión más generosa a la lengua!) resultó exitoso, y así como la danza y las canciones se esfumaron acabado el acto, el mural se fijó como una gota de fantasía rutilante en el ceniciento entorno del barracón agraciado. La obra destelló de tal forma que aguijoneó las pupilas de Mengele, el médico siniestro con apellido de mosquito causante de enfermedades tropicales. Dina es Blancanieves, que baila con los enanos de su aciago destino la danza de la muerte, atrapada en el bosque penumbroso del exterminio, pero fantasea con que algún milagro con rostro seráfico la salve de su condena.

Mengele preguntó por el autor de la pintura, y enterado de su identidad decidió llevar a la dibujante a su despacho. Allí le propuso que trabajara para él realizando retratos de gitanos que iban a ser objeto de sus experimentos dirigidos a demostrar la impureza de las otras razas. Esto último, claro está, no entra en la conversación. La muchacha (podríamos imaginarla resignada, servil, su estómago encogido y el olfato turbado por tufaradas de éter y formol) se sienta ante el preboste y escucha de su boca la versión atractiva de lo que se parecería a un ejercicio de posado en una Escuela de Bellas Artes. Pero Dina Gottliebova ha captado la importancia de los retratos para Mengele e intuye que forman parte de alguna de sus macabras trapisondas. Y no solo no dice sí de entrada sino que se atreve a desafiarlo: «Quiero garantías de que vamos a ser liberadas mi madre y yo. De lo contrario me arrojaré contra las alambradas electrificadas del campo.»

Mengele es la madrastra que le ofrece la manzana del mal para que la muchacha muerda y lo acompañe ebria de conciencia en la aventura de sus experimentos.

Apremiado por la urgencia de presentarle a Hitler el informe completo para la demostración de la prevalencia de la raza aria, y sabedor de que necesitaba los retratos que encargaría a la artista, toda vez que le exigiría que deformara algunos rasgos para corroborar sus tesis, el médico debió de sorberse las babas de su tiranía y accedió a las condiciones de Dina.

Después de varios años de acabado el Holocausto, se podía ver a la artista checa paseando por las calles de París y asistiendo a la Académie de la Grande Chaumière, donde refinaría el pincel que la llevaría a la Warner Brothers a colaborar con la célebre película de Disney Blancanieves y los siete enanitos.

Dina Gottliebova pudo perecer en algún momento de hartazgo o soberbia de su madrastra, pero no ocurrió así. En el cuento tradicional, cuando llevan a la protagonista en el ataúd, aparentemente muerta por la acción de la perversa, un tropiezo del féretro provoca que Blancanieves escupa el trozo de manzana y se libere del veneno. Su vuelta a la vida en la memoria ancestral de la infancia fue decisiva para que Dina Gottliebova sobreviviera al horror.