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La Piedra

No todas las curiosidades de Las Palmas se concentran en Vegueta y Triana. Más allá de los imaginarios límites de las antiguas portadas también hay lugares interesantes que ver y sobre los que escribir, y aunque esto último es seguro que se haya hecho ya tratándose de elementos bastante conocidos, considero que volviéndolo a hacer volvemos a recordar,  a resaltar, y me daré por satisfecho si un solo lector descubre en mi particular punto de vista algo nuevo de nuestra querida ciudad.

Con la intención de ver una de esas curiosidades, abandonaremos el casco antiguo de Vegueta atravesando “La Portadilla”, dejando atrás el antiguo hospital de San Martín para recorrer el Paseo de San José.

El barrio de San José, construido en el risco del mismo nombre, tiene su origen en el siglo XVII, y destaca por su laberíntica red de callejones y escalinatas que ascienden por la colina. Lo que quiero enseñarles se encuentra casi al final del paseo, mucho más allá de la casa amarilla, y es algo que si no eres del barrio, igual no conoces. Se trata de una enorme piedra situada en el mismo paseo poco antes de llegar a la calle Arpa.

Para conocer la historia de esta piedra de dos toneladas y metro y medio de diámetro hay que retroceder hasta el 21 de octubre de 1944. Eran apenas las nueve de la mañana cuando un ruido ensordecedor alertó a los habitantes de las calles Doñana y Arpa. Había diluviado toda la noche y al sentir el estruendo algunos pensaron que la montaña se les venía encima. No iban desencaminados. Una enorme roca se había desprendido del risco y rodaba a toda velocidad hacia el paseo sin que nada ni nadie pudiera frenarla. Por suerte no ocurrió ninguna desgracia, y la piedra quedó en medio de la carretera.

Hace años, cuando reformaron el paseo, iban a usarla como relleno en las obras, pero los vecinos se opusieron y finalmente fue ubicada en un jardín. Allí permanece, como símbolo del tesón de las gentes que habitan este extremo de nuestra ciudad.

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Cien años

Si pasados cien años mi agrietada cartera de cuero sobreviviera y cayera en otras manos, hallarían cuadernos fatigados por el tiempo, escritos con la costura rota de mi trazo. Se preguntarían quién fue el autor de esos textos, que hablan de amores lejanos, de sueños en verso, de jardines cultivados en corazones extraños… Si pasados cien años mi cuarteada cartera aún existiera y unos ojos curiosos se aventurasen a leer las líneas difuminadas de mi tacto, descubrirían a un poeta olvidado, a un jardinero que sembró versos en corazones ajenos, hace cien años.

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El Simca Aronde

Cuando uno camina por la calle y encuentra una moneda en el suelo siente que le sonríe la buena suerte. Más difícil que encontrar dinero en la calle es tropezar con un recuerdo o algo que lo evoque mientras uno pasea. Eso sí que te alegra el día. Esto último me sucedió el otro día de regreso a casa. Caminaba distraído cuando en una callejuela de Vegueta vi aparcado un Simca Aronde de 1960 de color gris que me hizo parar en seco. Hace treinta años que guardo en el garaje de mi memoria un coche como ése. Un sedán de cuatro puertas que mi padre compró en un desguace, y que fue convertido en camioneta para usarlo en la finca de mis abuelos. Recuerdo ir subido detrás con mi padre y mi tío, mientras mi abuelo se peleaba con el cambio en el volante porque se saltaba una de las tres velocidades. El coche fue usado para cargar grandes piedras y duró lo que tardaron en arreglar el muro del camino que moría en la carretera. Luego fue aparcado junto a la casa, en la tierra, y ahí estuvo hasta el final de sus días. Recuerdo sentarme en el asiento del conductor y jugar a que conducía moviendo el precioso volante de pasta. El Simca, desfigurado e inmóvil, vio pasar las estaciones. La primavera hizo crecer la hierba hasta el tirador de la puerta, y el sol del verano castigó aún más su oxidada carrocería. El otoño lo cubrió de hojas secas, y el duro invierno, con las lluvias, acabó enterrando sus ruedas en el olvido. Hasta que un día una grúa lo devolvió al desguace dejando su huella en el terreno y en mi memoria. El Simca que tenía delante, a diferencia del de mi recuerdo, estaba restaurado al detalle y lucía la misma golondrina sobre el capó. Cuando llegué a casa busqué en una caja donde guardo viejas fotografías. Estaba seguro de que conservaba una del coche en la que aparecía mi tía Olivia, y la encontré. Escrito en el reverso aparecía la fecha: “Mayo 1989”. Mirando la fotografía me di cuenta de que había amarilleado. No había pasado lo mismo con los recuerdos de mi infancia en aquella casa de campo, que mantenían intacto los colores… a pesar del tiempo.