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Alexis Ravelo, el Hombre Abrazo

 

Cuando se escribe una necrológica sobre una persona admirada, uno explaya su mente sobre su obra, trata de hacer una especie de compendio de lo que la ha hecho grande, sus cuadros, su música, sus libros, y, si ha sido el caso, alguna vivencia personal o una anécdota representativa ocurrida si alguna vez tuvimos un trato personal, aunque fuera breve. Si quien ha partido es un amigo, que, además es un gran escritor reconocido, al que hemos visto nacer a la literatura, crecer con la fuerza y la velocidad de una planta tropical y, casi a traición, ser arrebatado por la Huesuda tan inesperadamente que tienes que cerciorarse muchas veces hasta asumir a regañadientes que, es verdad, que se ha ido, todos los libros, los cuadros, las canciones y las anécdotas se comprimen en un nudo de dolor sobre el que prevalece el desgarro por la ausencia de un ser querido.

 

 

Esta triste mañana de 30 de enero, Alexis Ravelo se me ha ido como del rayo, que diría el poeta Miguel Hernández. Con el poeta de Orihuela digo “un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado”. Ya no veo libros ni premios. Alexis era un gran escritor desde sus primeras prosas, pero lo primero que te llegaba era su bonhomía, su sonrisa perenne y un cuerpo grandote que te abrazaba aun sin tocarte. Yo lo llamaba “El hombre abrazo”, porque cuando tenía que ponerse serio -y se ponía muchas veces porque era de una ética innegociable- tenía que hacer un gran esfuerzo para borrar momentáneamente la sonrisa que derramaba siempre de manera natural. No se alteraba ni montaba aspavientos, pero quien estaba delante sabía que era un muro contra lo que le pareciera injusto.

 

Y luego está la literatura. Podría hacer juegos de palabras con su inseparable Eladio Monroy, elucubrar sobre la posible bestia que llevamos dentro y cómo nos hizo dudar en su novela Los nombres prestados, su versatilidad para la literatura infantil, el teatro y lo que se pusiera por delante, su capacidad para componer una novela supuestamente traducida de un autor norteamericano inexistente, su maestría con la guitarra y su voz cantando en una azotea de Los Llanos de Aridane, a medianoche, Ojalá, de Silvio Rodríguez, su manera de estar en el mundo sabiéndose humano para que el merecido éxito no le afectara. Siempre fue el mismo. Pero todas esas cosas no me salen, porque ahora me va a faltar ese abrazo permanente.

 

Hace unos días, iba con la familia por el paseo de Tomás Morales cuando nos cruzamos. Con nosotros iba nuestra sobrina y sus dos pequeñines, un bebé de un año y una niña de tres, a la que, con su ternura habitual, Alexis preguntó: “¿quién es esta niña con el pelo tan bonito?” La niña, en lugar de dar su nombre le contestó con otra pregunta: “¿y tú no tienes pelo?” Alexis, soltó una carcajada de las suyas y ya se echó la niña al bolsillo. Ese era Alexis Ravelo, un ser humano grande y generoso, sencillo y profundo sin exhibirlo. Me sirvió más de una copa cuando era camarero en el legendario Cuasquías, y yo le elogié la potencia de su prosa en uno de sus primeros libros de relatos, publicado por el empuje de su mentora Lola Campos-Herrero. Recuerdo que entonces le dije que aquella prosa necesitaba más espacio, y él mismo debió darse cuenta porque lo siguiente que publicó fue la primera novela con el detective Eladio Monroy. Y el resto de la historia ya la conocen.

 

Ahora se ha ido con Lola, y conociéndolos a ambos, deben estar pasándoselo en grande, haciendo cabriolas con el lenguaje y llenando de sonrisas ese espacio que no acabamos de imaginarnos, pero que será un lugar muy divertido y tranquilo porque andarán por allí ellos dos, compinchados con Antonio Lozano y el “profeta” Juan Ramón Pérez. Menudo póker de ases. Ganas le dan a uno de morirse, pero como diría el propio Alexis, no hay prisa. Al irte, nos has hecho una trastada amigo, escritor y paladín de la paz, pues, por caprichos del destino, te has ido el mismo día que el Mahatma Gandhi, un 30 de enero, fecha en la que, haciendo un chiste tuyo, el pelo debe importar muy poco. Buen viaje.

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El zapatero, la lluvia y la presa de Soria

 

Con razón, se viene hablando mucho del cambio climático. Parece que las actividades humanas inciden en el clima, aunque me sorprende que siga habiendo debate, sobre todo por las trastadas que hemos sufrido en los últimos años. Aparte de esta obvia circunstancia, por razones que seguramente podrán explicar los especialistas, ha habido períodos con más lluvia y otros con menos, y así hemos asistido desde los famosos primeros años sesenta en los que, en el lenguaje propagandístico del franquismo, se popularizó la expresión “pertinaz sequía”, que no fue tal, sino una manera de justificar la pobreza que tuvo el régimen, y convirtió la gran sequía real de 1944/45 en un chicle que generalmente no se correspondía con la lluvia real, que cumplía ciclos como siempre, pues hubo gran sequía en 1927/30 y luego a finales de los cincuenta y primeros años sesenta, que fue la época en la que se inmortalizaron en el NO-DO las inauguraciones de pantanos presididas por Franco, y fue tal la propaganda que en Andalucía lo llamaban Curro (aquí diríamos Pacuco) el de los pantanos.

 

El Guiniguada llegando a LPGC en 1981

El caso es que ha habido períodos secos y otros lluviosos, de fríos intensos y olas de calor terribles, aunque ahora parece que esos extremos se dan con mayor frecuencia e intensidad. Es curioso cómo la gente se quejaba de las temperaturas de diciembre, y ahora incluso hay titulares de noticiarios que dicen con cierta pena que el invierno aún no se va a ir, cuando apenas acaba de llegar, y ya se está temiendo que llueva en carnavales. Pues claro, y mejor que sea así, porque febrero suele ser un mes de lluvias. Me crucé con dos chicos en la calle que se quejaban de que hacía dos días que no podían ir a la playa; ¡pero si estamos en enero! Que sí, que esto es un paraíso de sol y tal, pero yo dejo las quejas por lluvia para agosto.

 

Y es que hay inviernos lluviosos y otros menos, los primeros son aquellos en los que nos llegan frentes desde de suroeste, del cálido Atlántico, y que los campesinos grancanarios llaman “El Tirajanero”, que es el que suelta trombas de agua, corren los barrancos y se llenan las presas, aunque la de Soria, con capacidad para 32 millones de metros cúbicos, no se hay llenado nunca, y si se llenara en un temporal tendría que ser el diluvio universal, si bien en las últimas décadas se han  mejorados los cauces para la recogida de agua. A principio de los ochenta hubo un par de inviernos lluviosos, en los que el Guiniguada discurrió varias veces como un río entre los capitalinos riscos de San Roque y San Nicolás, aunque la presa de Soria no rebosó; si hubo una ocasión para que eso sucediera, fue en la primavera de 1964, y para entonces la presa estaba en construcción, pues no se acabaría hasta 1972.

 

En un valle cumbrero del alto Guiniguada, la sequía era dramática, y había sido anunciada como castigo por un zapatero que tenía su casa y su taller en unas cuevas excavadas en el risco junto a la carretera. Este hombre era un solitario, pues no tenía parentela conocida en todo el valle, donde la endogamia habitual en estos parajes de medianía hacía que se repitieran los apellidos y todo el mundo era medio primo de casi todo el mundo. El zapatero, daba buen servicio a la gente. Poco a poco se fue sabiendo por su boca que había estado en Venezuela, donde aprendió bien el oficio, y con los bolívares que trajo compró las cuevas donde vivía y trabajaba. Se jactaba de conocedor de casi todo, como si el simple hecho de haber vivido 10 años en Caracas le hubiera concedido ciencia infusa. Criticaba la dictadura en las propias narices del Cabo Primero Jefe de Puesto de la Guardia Civil, que le llevaba las botas a poner punteras y se hacía el sueco porque pensaría que aquel era un hombre inofensivo, pues lo mismo defendía a De Gaulle que a Fidel Castro. Vamos, que estaba loco.

 

Y en su locura hablaba de las fuerzas del cosmos, que confundía con un dios vengativo. La gran sequía, que se prolongaba ya varios años, por lo visto fue la reacción de las fuerzas superiores por el asesinato (así lo calificaba él) de Marilyn Monroe, en el verano de 1962. Adoraba a la actriz, de la que tenía un almanaque de varios años atrás, traído de Venezuela, en el que se veía a la actriz desnuda sobre una colcha de terciopelo rojo. Aquello era muy escandaloso en el contexto del lugar y de la época, pero para él era la representación de la belleza genuina y no quitó el almanaque ni siquiera cuando el cura párroco le pidió casi de rodillas que ocultara aquel pecado a los ojos de la clientela, pues con frecuencia eran menores los que iban a llevar y a retirar los zapatos.

 

Lo que lo volvió loco del todo fue el asesinato del presidente Kennedy en noviembre de 1963. El zapatero maldecía solo o en compañía, y anunciaba un apocalipsis impreciso porque la Humanidad había permitido un crimen contra el único hombre que podría salvarnos a todos. No estaba claro si el fin del mundo iba a ser por fuego, agua, terremotos o huracanes, pero decía que teníamos los días contados. Y continuó sin caer una gota durante todo el invierno, pero en la primavera de 1964 apareció el rabo de un ciclón (un abrazo a Félix Hormiga)  que empezó a jarrear como nadie recordaba. Pronto, el agua del Guiniguada creció sin medida, se llevó por delante, puentes, paredes y media carretera, y por supuesto, ocultó bajo las aguas las cuevas del zapatero, quien, subido a un promontorio, gritaba entre la furia del barranco y los estampidos de los truenos, recortando su figura como la de un profeta bíblico contra los relámpagos de la tormenta, mientras gritaba: “¡Esta es la venganza de dios, asesinos de Marilyn y Kennedy!”  Nunca se supo exactamente de que dios hablaba, pero sí es cierto que, en Gran Canaria, en aquella primavera de 1964, después de media docena de años de “pertinaz sequía”, llovió como no ha vuelto a llover con la furia desde entonces, tantos litros en tan poco tiempo. El final de la historia del zapatero la contaré en otra ocasión. O no.

 

Y en esas estamos, pero como el dios cósmico del zapatero siga tomando nota, tiene argumentos para cabrearse y mandar una lluvia que, por fin, llene la presa de Soria. Luego ya discutiremos qué hacer con tanta agua, y sería curioso (ya imposible) conocer la opinión del zapatero.

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JUAN ANTONIO GIRALDO, VOLUMEN DE METAL Y VIDRIO (entrevista de 1997)

 

HOY HA FALLECIDO JUAN ANTONIO GIRALDO, UNA REFERENCIA EN LA ESCULTURA EN CANARIAS Y EN LA OBRA PÚBLICA A TRAVÉS DE LAS VIDRIERAS. ESTA ENTREVISTA FUE PUBLICADA EN UN DOMINICAL DE CANARIAS7  EN EL AÑO 1997, Y AUNQUE TODAVÍA QUEDABAN 26 AÑOS MÁS DE GIRALDO, QUEDA RETRATADA SU ENTRAGA AL ARTE Y LA ENORME APORTACIÓN A CANARIAS DE UN MANCHEGO QUE SE CANARIZÓ RÁPIDAMENTE, SIN OLVIDAR SUS RAÍCES. QUIERO QUE ESTA PUBLICACIÓN EN MI BLOG DE ESTA ENTREVISTA QUE TIENE MÁS DE UN CUARTO DE SIGLO, SIRVA COMO HOMENAJE AL GRAN ESCULTOR, AL GRAN TIPO QUE FUE GIRALDO Y QUE TANTO NO DIÓ A LOS CANARIOS. SUS OPINIONES SON SUYAS, UNAS COMPARTO Y OTRAS NO, PERO SIEMPRE LO ADMIRÉ POR SU TALENTO, SU SILENCIOSA GRANDEZA Y SU MANERA DE AFERRARSE A LA LIBERTAD A CUALQUIER PRECIO. BUEN VIAJE, ARTISTA.

«Entrevista:

 

 

Juan Antonio Giraldo es uno de los grandes escultores españoles contemporáneos. Afincado en Canarias desde hace casi treinta años, ha ido haciendo su obra desde aquí, e imponiéndola sin que por ello él reconozca mayor placer que el del trabajar cada día. Los materiales que trabaja son siempre metálicos, aunque una de sus facetas menos conocidas y en la que se ha prodigado muchísimo son las vidrieras, lo que le hace un candidato claro a trabajar, también escultóricamente, en las iglesias, como lo demuestran sus trabajos en el Templo Ecuménico de Playa del Inglés, la capilla del seminario de Lomo Blanco o su colaboración en la Catedral. Se le hace la boca agua cuando contempla el litoral de Las Palmas de Gran Canaria, emplazamiento ideal para muchas piezas escultóricas.

-Tengo entendido que eres manchego, de Ciudad Real.

-Nací en Villanueva de los Infantes, que entre otras honras tiene la de que allí está enterrado Quevedo. Me vine a Canarias porque Madrid me impedía hacer lo que yo quería. Yo había hecho el período de instrucción militar en La Isleta y conocía un poco esto; además, estaba aquí un amigo mío, Luis Zárate, que era locutor de Televisión Española, un buen locutor, y un poco por todo esto me vine por aquí, tuve conversaciones con Fábregas, con Bordes, y por eso me quedé. A ellos les pareció bien lo que yo hacía, y vengo a vivir a Gran Canaria en el año 68.

-No sería en Mayo.

-No, porque justamente en Mayo estaba en París.

-¿Tú también?

-Lo siento mucho, pero es la verdad. Yo no fui a París en Mayo del 68 a hacer la revolución, sino que casualmente el jaleo me cogió allí de paso, y ya que estaba, pues entré en todo aquello. Estuve tres o cuatro días.

-¿Qué recuerdo más vivo tienes de aquel Mayo del 68?

-Pues si te digo la verdad, acostumbrado a las rudimentarias porras de la policía franquista, lo que más me sorprendió fue que las que usaban los gendarmes franceses eran más modernas, parecía que no hacían daño y luego te dejaban unos moratones terribles.

-Dime hacia dónde ibas y de dónde venías.

-Iba hacia Madrid y venía de Holanda, a donde había ido detrás de una moza. Allí viví una experiencia artística importante en una pequeña ciudad cerca de Amsterdam. Era un espacio que había fundado el famoso equipo «Cobra» en el año 62, pero ya en el 67 cuando yo llegué con mi amigo el pintor Celestino Cuevas estaba en manos de la CIA. Era un buen asunto, pues allí había americanos, japoneses y gente de todo el mundo, y la actividad era libre, solamente tenías que hacer tu obra, te daban un sitio para dormir, un lugar para trabajar y la comida te la buscabas como podías.

-Pero los echaron de allí.

-El Che estaba recién muerto y mi amigo se ponía una boina igual y pintaba las paredes. A los quince días de todo esto nos echaron, claro. O sea, que lo que en su momento era de los comunistas, todo aquello del equipo «Cobra», se volvió al revés.

-Y dices que la CIA se metió en el asunto.

-Sí claro, allí me enteré de cosas increíbles.

-Por ejemplo.

-Que en Alemania hay un lugar en el que queda fichado el nombre de cualquier terrícola que salga por segunda vez en la prensa, y luego le hacen un seguimiento.

Eso no debió ser bueno para ti, cuando regresaste a un Madrid franquista, después de haberte significado junto a un amigo que se vestía como el Che.

-Por eso me tuve que marchar y me vine aquí.

-¿Ya eras escultor?

-Sí, porque yo empecé siendo pintor; yo era el mejor pintor del mundo hasta que llegué a París y estuve delante de los impresionistas. Vi de cerca la obra de Van Gogh y desde ese día no he vuelto a pintar.

-Sería un choque descubrir que aquel no era tu camino.

-Ya lo creo, supuso una enorme crisis, ahora dirían que una depresión; me fui a mi casa y estuve a punto de meterme en la Legión con un amigo mío, se me habían roto los esquemas.

-Y cómo empezaste en la escultura.

-Porque un amigo mío tenía un taller calderería y había allí unas calderas de alcohol que se habían deteriorado con el tiempo, pero que se podían trabajar. Así empecé yo con la escultura, y me sentí como pez en el agua, distinto a cómo me encontraba ante un lienzo en blanco, con el que tenía problemas terribles.

-Y es entonces, antes de Holanda, cuando se va a Madrid.

-Eso es. Yo quería ser escultor y pensaba que en Madrid tal vez podría aprender más. En Valdepeñas se celebraba un concurso nacional, fundado por La Falange, pero muy prestigioso, en el que obtuvieron premios Antonio López o García Ochoa. Ganar algo en Valdepeñas era importante, y yo había ganado un premio de dibujo, y pensaba que aquello me ayudaría en Madrid, y así fue.

-¿Qué pensabas hacer al llegar a la capital?

-Pensaba ir a ver Pablo Serrano y a José Luis Sánchez, que era un escultor muy interesante, aunque no se le conozca mucho, y en aquel momento era el coordinador de la Exposición Universal de Nueva York. Me fui primero a su taller. Me dijo que él no tenía aprendices, y entonces yo le comenté que yo venía muy animado porque acababan de darme el premio de dibujo de Valdepeñas. Yo no lo sabía, pero él había estado en el jurado y recordaba mi dibujo, y eso hizo que me abriera las puertas de su taller, en el que trabajé con total libertad.

-Y ya no visitaste a Pablo Serrano.

-No; lo conocí después, y él fue mi mentor para mi primera exposición, le gustaron mis cosas, igual que a Eduardo Westherdall, y eso significó que a partir de mi primera exposición entrase en esa especie de paraíso.

-Eso fue en 1976.

-Sí, yo llegué a esta isla en el 68 y después de ocho años de trabajo es cuando hice mi primera exposición, que fue en la Galería Vegueta, y en seguida salí fuera, Madrid, Estocolmo, Barcelona, y ya estaba en el Parnaso, digamos.

-Pero…

-Sucedió que me paré un poco porque me echaron de una casa en alquiler, y hasta que fabriqué la mía propia, con un espacio para el taller y la fundición, pasaron cuatro años. Eso me hizo perder un poco la línea meteórica que llevaba.

-Pero tú estás por encima del bien y del mal.

-Eso me resulta curioso, porque la gente sabe poco de mí, pero me cuentan mis amigos que cuando comentan que conocen a Giraldo la gente se sorprende, como si yo fuese un extraterrestre, algo inalcanzable, y como ves no es así.

-Es la impresión de quien mitifica y convierte para sí en inaccesible al autor de una obra artística que le gusta.

-Puede ser, aunque por suerte no me quejo, pero es cierto que entonces perdí el ritmo, y cuando me reincorporé, a principios de los ochenta, había perdido ese tren mítico. Pero no me importó, había reflexionado, y realmente antes iba muy lanzado, porque en aquellos años se dijeron cosas fantásticas sobre mi obra, y las dijeron personas de gran prestigio internacional. Miracles, que escribió sobre mí en el número dos Avui, en Cataluña, dijo que parecía imposible que yo expusiera por primera vez. Pero, claro, yo llevaba casi ocho años trabajando aquí y catorce en la escultura. Y quizá no hubiera sido bueno que siguiera en esa línea tan lanzada. Me centré y volví a exponer más veces.

-Se le asimila a la Generación de los setenta.

-Y es verdad, yo hice mi primera exposición en 1976, aunque era mayor que la gente de aquella generación, yo había vivido otras cosas, pero no es un disparate asimilarme a los setenta.

-¿Sólo trabaja el metal?

-Sí yo trabajé en Madrid en fundición, y luego seguí, pude trabajar aquí la piedra, pero ya estaba metido en el metal.

-¿Siempre hay fundición?

-No siempre, las piezas pequeñas las hago aquí, en mi taller, y tengo un pequeña fundición, pero hace diez años que no la uso porque esto empezó a llenarse de casas alrededor.

-Además ser artista, hay que ser un técnico.

-Claro, y dicen que el acabado de mis piezas es bueno.

-Pero en los ochenta tu nombre siguió arriba, como lo demuestra el encargo que te hizo la revista Cambio 16.

-En 1982 se cumplían los diez años de la revista, y entregaron los premios a los 16 de Cambio 16.  El premio consistía en una escultura mía, que trabajé intentando hacer en ella una lectura de los diez años transcurridos. Es que yo acababa de hacer una exposición en Madrid, salí en todas las revistas, Martín Ferrand me dio media hora en televisión, y tal vez por eso el encargo de «Cambio 16»; me hicieron una entrevista en la revista, que entonces era más importante que ahora.

Se le ve poco en los medios de comunicación.

-Yo no voy a buscarlos; hace unos meses se colocó una pieza mía en Playa del Inglés, en la Plaza de Maspalomas, y no se ha dicho nada, también se puso otra en Segovia, y tampoco se reflejó en la prensa. Yo no busco los medios, y no es que no me guste salir en los papeles, también soy humano y tengo mi cuota de vanidad, pero lo que pasa es que disfruto muchísimo trabajando y eso es suficiente para mí; por otra parte, me resulta sobredimensionado cuando fulanito o menganito salen en los medios porque tosieron hoy algo más fuerte que ayer. Tengo trabajo constantemente, y trabajando soy un tío feliz.

-¿Puedes hablarme de tus proyectos inmediatos?

-De lo que estoy haciendo sí, de lo que se va a hacer no.  Estoy con una pieza muy grande para la escuela de arquitectura, y una capilla para un seminario que se está construyendo en Lomo Blanco, vidrieras, puertas de bronce, el Sagrario, todo.

-¿En qué material está hecho el Sagrario?

-En bronce y luego se va a dorar, y va envuelto en un vidrio fundido que me tengo que ir a La Granja a fundirlo, aunque yo las vidrieras las he trabajado desde siempre, he hecho muchas, pero como no suelo estar pregonándolo por ahí no se sabe.

-Ya hiciese las vidrieras del Templo Ecuménico.

-Sí, hace veinticinco años, he hecho muchas cosas en edificios religiosos, ahora mismo también estoy colaborando con Fábregas en la Catedral.

-¿Tiene que ver el vidrio con la escultura?

-Sí, y con otras cosas. La vidriera debe hacerla un pintor o un escultor, y a mí me pegan las dos cosas.

-Hay algunos murales, murales escultóricos, tuyos repartidos por ahí.

-Hay de todo, pero creo que debes referirte al que está en el edificio de la Transmediterránea, en el Puerto de La Luz, que son siete piezas que representan las Islas Canarias y tiene cuarenta metros cuadrados. Sí, hay muchas cosas mías por ahí.

También es tuya la escultura del premio anual de Canarias7.

-Yo he hecho muchas cosas con el siete. Y aunque sólo tenga que ver con la fecha, en el 77 hice una cosa que se llama Casi 500, pues era poco antes de cumplirse los 500 años de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, que fue fundada en 1478.

-Tú haces unas piezas pequeñas que se llaman dactiliformas.

-Sí, son unas pequeñas piezas que puedes intercambiar y tener una escultura de diferentes formas. También he trabajado los bodegones, que se empiezan a popularizar en escultura por el equipo «Crónica»; yo los hice antes que ellos y expuse el primero en Galería Vegueta.

-Haces piezas grandes y pequeñas ¿son dos discursos diferentes el de una escultura gigantesca para la calle y el de una pieza para colocar sobre un escritorio?

-Es igual, ambas son hijas de una idea, lo que pasa es que hay que esmerarse mucho más en las pequeñas, porque en un espacio más corto tienes que decir lo que quieres, y si fallas, la escultura se convierte en un trozo de metal, mientras que en las grandes tienes menos peligro, porque a veces las salva su espectacularidad, su gran tamaño.

-¿Cuándo hiciste la última exposición?

-Hace ya seis años, y no es cierto que los escultores necesitemos menos que los pintores las exposiciones, lo que pasa es que un pintor puede pintar un cuadro en un día, valiéndose de un lienzo y pinturas, y el cuadro puede ser bueno, mientras que un escultor necesita más tiempo, y los costos en material son a veces tremendos. Por eso los escultores se prodigan menos, y que hay menos demanda de escultura que de pintura, porque las casas no están hechas para ella, porque necesitan espacio, y cada vez las casas son más pequeñas.

-Pero al menos parece que está habiendo más esculturas en las calles y los espacios abiertos.

-En esto se produce un equívoco. Hay tres modos de hacer este tipo de esculturas: las que te encargan y de dicen «ojo que hay poco presupuesto», las que ofrece el escultor por el precio de costo simplemente por tener una escultura en la calle, y el caramelo, esas escultura por las que se pagan muchos millones, y siempre las colocan determinados escultores. Esa es la historia, no hay más, y no quiero ponerte ejemplos porque algunos son ya muy conocidos.

-Las Palmas de gran Canaria tiene muchos espacios y todo un litoral para ubicar muchas esculturas.

-Para eso hace falta que haya otra manera de hacer presupuestos, y de adjudicarlos, porque en los últimos veinticinco años las subvenciones las han dado siempre los mismos a los mismos, y una auditoría vendría muy bien para esto. El otro día algunos me decían que por qué no me oponía a una determinada actividad cultural oficial, que era una vergüenza y tal. Yo le dije: «Eso ustedes, que son los que dependen de las subvenciones, ya la mía de este año la tengo segura».

-¿Estás entonces en contra de la cultura subvencionada?

-No estoy en contra ni a favor de algo que desconozco, no es mi territorio, yo nunca he recibido subvención alguna en toda mi vida. Una vez pedí una para que me ayudasen a trasladar una piezas a Madrid, porque los portes eran muy caros, y no me la dieron, pero no me quejo, no me parece mal ni bien, ya te digo que estoy fuera de ese circuito, yo hago una pieza, la vendo y la cobro. No hay más.

-Permíteme que haga de abogado del diablo: ¿Por qué Tindaya?

-La pregunta es que dónde estaban los ecologistas cuando se estaban comiendo la montaña a bocados. Incluso le montan un numerito con un letrero en el asiento de atrás del avión a Chillida cuando viaja a Fuerteventura. ¿Cómo sabían que Chillida iba en ese vuelo? Todo está provocado interesadamente por gente que en su momento no pudo comprar en Tindaya.

-¿Tindaya buscó Chillida o Chillida a Tindaya?

-Todo a la vez. Chillida encontró una montaña de una piedra especial, que yo creo que es sagrada, y que con su obra va a ser más sagrada todavía. Sería una pena que se perdiera esta oportunidad, porque Chillida domina el espacio como nadie.

-Usted tiene una idea sobre el espacio interior de Tindaya.

-Imagínate que entras solo en el centro de la montaña, eso tiene que ser alucinante, ya no serás el mismo después de haber vivido esa experiencia espiritual.

-¿Quieres decir que la obra de Chillida sobrepasa el arte?

-Por supuesto, creo que, con la intervención de Chillida, Tindaya se va a convertir en el primer centro espiritual del mundo, el lugar donde el hombre se comunica con el Universo. La gente iría a Tindaya lo mismo que ahora va a Roma.

-El arte no lo justifica todo.

-Lo que Chillida hace es arte, pero lo que queda lo sobrepasa, porque yo me imagino lo que es estar en ese lugar en el 2003, solo y a las cinco de la tarde. Es tremendo, como la experiencia de que hizo Rothkot en Estados Unidos, con seis cuadros negros, que ahora llaman «La Capilla de Rothkot», porque el negro tiene matices, no es siempre un negro igual, y eso es una experiencia única. La montaña no va a valer más, sino que el ser humano va a sentirla en toda su dimensión, será más sagrada.»

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