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César nos enseñó a mirar

No voy a entrar en el contrastado talento de César Manrique como pintor, escultor e investigador de materiales para las artes plásticas, ni en su capacidad para diseñar espacios o para adaptar la Naturaleza al deleite humano, porque está claro que estamos ante uno de los grandes artistas con dimensión universal que Canarias dio en el siglo XX. Por otra parte, es bien conocida su persistente defensa del equilibrio medioambiental, que lo convierten en uno de los grandes ecologistas que, como Cousteau, Dian Fossey, Rachel Carson  o Rodríguez de la Fuente, ejercieron en tiempos en los que el futuro físico de La Tierra como hábitat compartido y sostenible era asunto de minorías, que tenían un eco limitado a pesar de su enorme prestigio, y poco o ningún caso se les hacía a estas voces pioneras que advertían y alertaban sobre la degradación del planeta.

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En el centenario de su nacimiento, es obligado hablar de su pedagogía necesaria y de su generosidad. Tuve ocasión de tratarlo justamente los últimos meses de su vida, porque trabajábamos en un proyecto común. En esos meses pude comprobar de cerca que Manrique era un hombre apasionado, cuando él hablaba yo me preguntaba cómo demonios tomaba aire, pues no dejaba huecos para el silencio. Las ideas se agolpaban en su boca, pero lo más importante es que fue un hombre de acción y con capacidad de convicción que le funcionó sobre todo en su isla y con su isla. Pero no fue fácil. César había regresado a finales de los años sesenta de Nueva York y, con el apoyo de su amigo Pepín Ramírez, entonces presidente del Cabildo conejero, se lanzó a la tarea de quitar de Lanzarote esa mala fama de isla inhóspita y maldita.

Entonces, para muchos César era una maldición que había caído sobre la isla. Hoy son todo loas y parabienes, pero hace cincuenta años se le criticaba ferozmente porque estaba haciendo en Mozaga un Monumento al Campesino que nadie entendía, y metía mano en Los Hervideros, La Cueva de Los Verdes y otros elementos que hasta que él no puso sus ojos en ellos no contaban o se desmoronaban piedra a piedra, como es el caso del Castillo de San José. Había voces furibundas que se oponían a que interviniera en Los Jameos del Agua, entonces en su primera fase, y veían como una locura que planease hacer un mirador desde el que se pudiera contemplar desde lo alto el Archipiélago Chinijo. Graciosa, Alegranza y Montaña Clara empezaron a tener tres dimensiones, porque hasta entonces solo eran siluetas planas vistas desde el nivel del mar, que para verlas en toda su belleza había que desafiar la trabajosa ascensión al volcán de La Corona o el vértigo desde el farallón del risco de Famara. Todo eso por lo que hoy se enaltece a César, entonces fue motivo de críticas, y tuvo que emplear mucha pedagogía para que se entendiera que lo que siempre se vio feo y despreciable era en realidad bello por diferente. Una persona con menos tesón que Manrique habría abandonado.

Las noticias de las razzias de los piratas berberiscos o británicos que tienen como recordatorios los castillos defensivos de sus costas y sus altozanos, las crónicas de las erupciones de Timanfaya en el siglo XVII, o de los volcanes de Tao o Tinguatón dos siglos después, las propias coplas del salinero Víctor Fernández que muestran la desigualdad y la miseria ya al filo del siglo XX y la literatura de Ángel Guerra, Ignacio Aldecoa, Agustín Espinosa o Rafael Arozarena, todos grandes literariamente, hacían que se pensara en Lanzarote como lugar de sufrimiento y, por extensión, se tuviera su espacio físico quemado desde dentro como las puertas del infierno. Fue César Manrique quien, con su palabra apasionada, nos hizo ver a todos que lo que creíamos fealdad era belleza única. En realidad, César apenas tocó un centesimal espacio físico de Lanzarote, su mayor logro fue impedir que destrozaran un paisaje tan especial y su obra maestra hacer que nuestras miradas fueran capaces de ver como algo magnífico lo que antes creíamos detestable. Manrique cambió algunas cosas en Lanzarote, pero sobre todo cambió la manera de mirar la isla desde fuera y de mirarse a sí mismos los lanzaroteños, que desde entonces fueron habitantes de un particular y extraño paraíso labrado a fuego.

LA GENEROSIDAD DE ARTISTA

Su generosidad se certificó una y otra vez cuando se sumaba a lo que entonces llamábamos causas perdidas, pero que había que ganar. Lo he contado muchas veces, pero no quiero dejarlo pasar en su centenario. Me refiero a su pasión y su  empeño en arrimar el hombro a un proyecto de creación de un corpus literario canario para los más jóvenes. Entonces, hace 27 años, la literatura infantil y juvenil escrita en Canarias era un desierto apenas interrumpido por un par de nombres pioneros. Había que hacer una operación de choque que tuve la fortuna de coordinar. Para un desembarco de esta envergadura, rescatamos obras de clásicos que eran perfectos para la edad a la que se dirigían. Con ello queríamos -y conseguimos- estimular la creación de nuevos textos sobre temas canarios. César Manrique realizó los diseños de los libros dedicados a las tres franjas de edad que respondían a los nombres de Chinijo, Guayete y Galletón. Ya se habían escogidos los primero títulos para cada nivel: Alondra de las letras castigadas, de Pedro García Cabrera, para los más pequeños, una colección  cuentos de Angel Guerra para la edad intermedia y Noticias del cielo, un texto inédito de Viera y Clavijo para la edad mayor. Ya solo esperaba por los diseños de César para enviar los libros a maquetación e imprenta.

El día 25 de septiembre de 1992 fue un viernes caluroso. A mediodía, minutos antes de abandonar su Fundación en Tahiche, el artista lanzaroteño dio los últimos retoques a los diseños y me llamó por teléfono para decirme que me los daría en mano en Las Palmas ese fin de semana. Colgó el teléfono y se fue al coche con la carpeta de los diseños en la mano. En la rotonda que hay justo enfrente de La Fundación tuvo el accidente que le costó la vida; en el maletero estaba lo que ya sería su último trabajo, dedicado a los niños y niñas de Canarias, que realizó desinteresadamente porque vio la necesidad de dar un empuje y se sumó sin reservas. Probablemente fui una de las últimas personas que habló con él (por teléfono) y guardo en la memoria el entusiasmo por el proyecto que destilaban sus palabras. Hoy, cuando la literatura infantil y juvenil está normalizada en Canarias y es un género valorado y respetado, es justo recordar que César Manrique fue partícipe fundamental en el inicio de este proceso.

Para terminar, insisto en que, mientras en Canarias seguíamos destrozando los recursos naturales sin darnos cuenta de que matábamos a la gallina de los huevos de oro, César era la voz discordante y molesta para algunos intereses económicos, pues fue de los primeros en difundir y enarbolar el término ecología, acuñado a finales del siglo XIX por el científico alemán Ernst Haeckel y luego olvidado. Manrique se sumó al rescate del concepto y a la corriente liderada por el biólogo Barry Commoner, que en 1971 enunció los principios de la sostenibilidad, todo lo que ahora se dice pero que es un discurso que tiene casi medio siglo. Entonces sonaba raro, pero es probablemente la idea colectiva más importante del siglo XX, porque determina la supervivencia. Una y otra vez, el visionario artista que veía que transitábamos el camino de la autodestrucción lanzó su grito apasionado. Pocos escucharon. Ahora, cuando tanto hablamos de conservación de nuestros ecosistemas, hemos de resaltar que César lo dijo alto y claro hace cincuenta años. Hora es de que, por fin, lo escuchemos. Y ojalá no sea tarde.

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¿Dónde diablos se ha metido Superman?

Cuando empecé a conocer a los superhéroes de ficción, fuera en los cómics con solera, en novelas de serie o en el cine, pensaba de buena fe que los villanos que aparecían en aquellos universos eran seres imposibles (también me pasó con las historias de las mitologías clásicas). Eran personajes hiperbólicamente malvados, hasta el punto de ponerse ellos mismos en riesgo de morir por su enfermiza obsesión de adueñarse de una ciudad, un país o incluso todo el planeta, para así obtener un poder absoluto que pondría a sus habitantes de rodillas a sus pies. Si no lo lograban, siempre disponían de un arma o un mecanismo que generaría un apocalipsis brutal en el que perecerían todos, incluyendo al pérfido ejecutor de la maldad suprema, repitiendo la frase de Sansón antes de su propia inmolación (Libro de Los Jueces 16:30)  “¡Muera yo con todos los filisteos!” Solo que en este caso Sansón funcionaba como el bueno de la película.

Aunque mucha era la malignidad y más la depravación del Joker, Goldfinger, el doctor Octopus, Ming el Despiadado o Lex Luthor, siempre se conseguía impedir el desastre por medio del arrojo, la inteligencia y la tecnología superior de Batman o James Bond, o los superpoderes de Batman, Flash Gordon, Spiderman y, sobre todos, Supermán. Estas capacidades sobrehumanas se obtuvieron de maneras tan inverosímiles que empiezo a pensar que son posibles, porque lo que siempre tuve por ficción está volviéndose aterrador presente. Y no debiera sorprenderme después de haber leído muchas veces la Historia universal de la infamia, en la que, forzando los datos y creando otras realidades, Borges nos pone sobre aviso sobre las infinitas posibilidades y grados de vileza del género humano.

Poco a poco, además del propio Borges, otras plumas de renombre me acercaron a ficciones que eran verosímiles porque funcionaban como espejos de la realidad. Historias como El Cuaderno dorado, de Doris Lessing,  Cónsul honorario, de Graham Greene y lecturas de obras literarias perseguidas en el país que abren en canal me alertaron de que no solo es posible la existencia de personas reales con la maldad de Lex Luthor, sino que sería probable que este se pusieran de acuerdo con los muchos Goldfingers y Jokers siniestros y desalmados que nos rodean, con un poder enorme para perpetrar iniquidades a gran escala.

Ahora creemos tener más información por la velocidad a la que circulan los datos por los canales que ayer imaginábamos ciencia-ficción y que hoy manejamos, pero rapidez y fiabilidad no tienen por qué ir juntas. Incluso diría que ahora es más fácil desinformar. Durante la Guerra Fría, con noticias supuestamente veraces que nos llegaban, creíamos saber con claridad cegadora de qué lado estaba cada uno de estos bellacos, Somoza nunca estaría con Kruchev, Fidel Castro siempre se colocaría frente a Estados Unidos, Pakistán le pondría una vela a Dios y otra al Diablo y Francia era la cima de la lucha por la libertad, porque todavía Patrick Modiano no había publicado (o se le leía poco en España) la trilogía narrativa en la que le quitó la venda de los ojos a Francia y al mundo. Ahora es más complicado, se cruzan las tramas, se superponen varias guerras: la económica, la religiosa, la geopolítica, la ideológica, la militar o la cibernética; cada participante se apunta donde mejor le conviene, y en algunas guerras se alían con los que se enfrentan en otras. Lo privado se ha envalentonado y hay empresas como Google o Amazon que ya planean emitir moneda propia, con lo que los gobiernos perderán el control de un sistema en el que el capitalismo es el juego básico hasta para quienes dicen combatirlo. Ya no sabemos quién es quién. La pregunta es: ¿lo saben ellos?

La literatura a veces tiene elementos proféticos, porque el mencionado Borges inventa a un Billy El Niño rubio anglosajón, cuya obsesión es la de matar mexicanos, y ya hemos visto cómo la vida imitó al arte en el reciente atentado de El Paso, en el que un supremacista blanco asesinó a personas que le parecieron latinas, aunque los comunicados oficiales dicen que  disparó indiscriminadamente. Y es que también hay  una séptima guerra que se libra por el control de los medios de comunicación. Ya hemos visto que los temores de Borges, Mary Shelley, Verne, Huxley, H.G. Wells, Stanislaw Lem, Orwell, Margaret Atwood o Bradbury se han hecho realidad o están muy cerca de serlo.  Después de leer algunas novelas escritas por gente que conozco, a los que se les ha desbocado la imaginación (Anturios en el salón, Entrelazamientos, Los que sueñan), ambientadas en un mundo supuestamente de ficción futurista o en claves de otra dimensión, siento que algunas cosas que inventan casi pueden tocarse hoy con las manos. Aterrado estoy por cuál va a ser la teoría de la próxima novela de Elio Quiroga, porque empiezo a pensar que esas maquinaciones que creía de cómics están haciéndose realidad palpable e inmediata, y que las musas visitan a estas mentes creativas para que les sirvan de mensajeras sin que sean conscientes de ello. O siéndolo.

Y lo peor es que no veo a Supermán por ninguna parte. Ni siquiera está el coche en su plaza de aparcamiento. Si no se ha ido de vacaciones puede que él y los otros superhéroes hayan sido secuestrados, extorsionados (asesinados no, porque matarlos es muy laborioso) o, peor aún, se hayan unido a Lex Luthor, el Joker y Goldfinger. Teniendo en cuenta los tiempos que corren, tal vez haya que encomendarse a Catwoman, Lara Croft, Supergirl o Thena, si es que todavía no han recorrido el mismo camino que los machitos invencibles. Todo puede ser. O sea, que no esperemos ayudas milagrosas, tendremos que arreglárnoslas solos, pero también observo que nadie mueve un dedo mientras todo se va por el sumidero.

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Las flores antes del funeral

El buitreo periodístico, que es ya lo habitual, ha ido estos días como la seda. Si normalmente tienen que hurgar en entelequias imposibles para montar buen espectáculo, esta semana los difuntos notorios y los juicios mediáticos han facilitado el trabajo, porque empieza en Almería el juicio por el asesinato del niño Gabriel Cruz, que tantas horas de audiencia facturó hace unos meses cuando ocurrió la desgracia. El juicio es magnífico para debatirlo desde diversos ángulos. Teniendo en cuenta la personalidad de la única acusada, ya se oyen cantares de sirena que hablan de xenofobia, racismo, antifeminismo y no sé cuántas lacras más, que pueden o no darse en este caso, pero eso es lo de menos, lo importante es armar ruido, y las circunstancias que concurren son muy propicias para sacar banderas.

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Por otra parte, el devenir de las vidas de personajes conocidos por su trayectoria, en este caso grandes éxitos en su campo, tiene siempre huecos por los que meter el cuchillo. En la desaparición de Blanca Fernández Ochoa, su búsqueda en masa y el triste resultado final ha habido materia para mucho espacio mediático. Todo el mundo opina, y cuando ya no hay remedio hasta salen Quijotes que denuncian el abandono de que fue objeto la deportista a la que ahora le cuelgan todos los honores. Esas voces que tienen tanto eco nunca se escucharon cuando la esquiadora vivía, pero es muy típico en España que se aventen supuestos malditismos, que tal vez existieron, pero que siempre aparecen cuando ya nada puede hacerse, solo pillar un micrófono a la entrada o la salida de un tanatorio para aprovechar los minutos de gloria que reivindicaba Andy Wharholl. Ahora aparecen pontificando personajes que se autoerigen en grandes amigos de Blanca, y en el siguiente párrafo afirman que hace ocho meses que no sabían de ella. Algunos de estos denunciadores del olvido tienen mucho poder y más dinero, y por lo visto no se les ocurrió mover un dedo cuando la esquiadora pasaba esas horas tan bajas que ellos aseguran conocer.

Si no había bastante munición, ha muerto Camilo Sesto, uno de los iconos de referencia de la música pop de los años setenta y ochenta. De repente, apenas expirar, Camilo Sesto, que fue un gran cantante y un compositor con mucho éxito, pionero de los musicales en España y con una vida privada que no debiera interesar a nadie, lo han convertido en un gigante, los comentaristas multiplican sus méritos y da la impresión de que sin él no habría música en España ni en Latinoamérica. Las exageraciones al final se vuelven contra la figura elevada a altares que nunca tocó en vida. En su partida, Camilo Sesto merece respeto y un aplauso de todas las personas (millones) que disfrutaron y disfrutan con sus canciones. Pero eso no vende, hay que buscar el morbo, y cuando todavía está el cuerpo caliente ya se escuchan comentarios no muy bien intencionados sobre la supuesta guerra que se desatará alrededor de su herencia. En estas cosas, siempre nos comparamos con otros países. Da envidia el respeto ciudadano en vida a figuras como Bernard Hinault, Françoise Hardy o Catherine Deneuve, por poner solo tres ejemplos franceses. En Italia, Celentano o Sophia Loren son intocables, y en Gran Bretaña que nadie ose burlarse de Glenda Jackson ni en Estado Unido de Willy Nelson.

En España, apenas pasa el momento del éxito, las grandes figuras son tratadas como carnaza. Decía Alfredo Pérez Rubalcaba que en España enterramos  muy bien. La verdad es que somos como las siete y media, o no llegas o te pasas. Cuando hablamos de nombres que en un momento fueron grandes, en España se tiende a menospreciar, y aparece con frecuencia la degradación, interpretando situaciones del pasado con los parámetros de hoy. Salvo contadas excepciones, si no hay olvido hay arrastre.  Hemos visto cómo en vida han sido objeto de la burla y el sarcasmo figuras que en el pasado fueron muy grandes en lo suyo. De ambas cosas son ejemplos Blanca Fernández Ochoa y Camilo Sesto, la deportista como paradigma del olvido y el desagradecimiento y el cantante por ser objeto de una falta de respeto permanente. Ahora todo el mundo sabe y dice, enaltece y proclama, pero, como decía la canción de la también desaparecida Cecilia, por favor, las flores antes del funeral.