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Abaddón y la belleza del músculo

El gimnasio tiene categoría de santuario, en el que uno entra para limpiar sus pecados con las grasas saturadas, las carnes caídas; y todo con el fin de glorificar al músculo. El músculo crea nuestro cuerpo. Y el cuerpo crea nuestra estética, y esa estética nos condena a unas categorías u otras dentro de las sociologías de la sociedad. Estamos ante la dictadura del músculo, donde la piel blanda no está de moda. Todo debe estar tonificado, todo debe ser músculo. Un elemento muy griego, por otro lado, por glorificar la mejor forma que pueda tener un cuerpo que es el músculo marcado, después de una jornada intensiva de deporte y creación de feromonas.

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Judas

El marinero permaneció mirando al mundo, a todo elemento que pisara la orilla del mar. Todo se construía ahí. Presidía el muelle desde una de sus orillas. Controlaba el mundo, mientras fumaba. Era el jefe. Sonreía a sus súbditos (en perspectiva). Apoyaba al personal: levantaba el puño como Fidel. Decían que era un buen tipo. Ese es Judas Iscariote, responde Andy. Algunos lo detestaban por ser el jefe. Nunca pude responderle la sonrisa. Era un fantasma o algo extraño. Estaba en todas partes. Su voz era un mantra inconsciente simplificado en una sonrisa poderosa:
-Estoy en todas partes.

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La orilla

El muelle está cerrado por cuatro muros. Pareciera una alberca, pero no. A pesar de los muros existía una corriente que agitaba las olas cuánticas o microscópicas; estas daban cierto sentido estético a la existencia laboral del muelle. Hacían de paisaje y melodía a las doce horas de trabajo. Las olas nos ofrecían una copa y un movimiento que recordaba al de nuestras mujeres. Ahora, solteras por culpa del océano.