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¿China o EEUU?

 

¿Quién ganará el pulso?
¿Quién ganará el pulso?

 

No importa el color del gato, pero sí sus valores. No todo vale, gigante asiático. Existen reglas de juego en el tablero internacional que deben respetarse. Si tuviera que posicionarme entre Estados Unidos o China, apoyo a Estados Unidos porque sí le importan los valores del gato. Está bien que el gatito cace, pero respetando. No es justo que el gatito se coma un ratón, mientras mamá ratona está dando de amamantar a su hijo (Plaza de Tiananmen). A China le da igual. La cuestión es llegar a controlar el mundo, a ganar capital aunque sea matando de hambre a cuarenta y cinco millones de chinos. Estados Unidos también se ha equivocado y lo he denunciado públicamente, pero la diferencia sustancial que hay entre Estados Unidos y China es la libertad de expresión. En China debes obedecer y no llevar la contraria al Partido. En Estados Unidos puedes ser tú mismo, en China eres lo que Estado quiere que seas. Todo es estatal y eso a mí no me gusta, y más cuando te las das de socialistas. Si China es socialista, yo soy un gatito. Post data: Criticar a China no es criticar a mis amigos chinos o a la cultura china. Creo que debe democratizarse seriamente el régimen chino. Democratizarse no es abrir una tienda «Dior», sino permitir que existan los opositores. Menos Confucio en el plano político y más Teresa Teng en el día a día.

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Erdoğan, ¿nos aclaramos?

 

Erdogan toma un yogur rodeado de estudiantes en Ankara. ©AP
Erdoğan toma un yogur rodeado de estudiantes en Ankara.©AP

 

Las series turcas están revolucionando el panorama televisivo, pero son más revolucionarias en cuanto a su contenido. A día de hoy está prohibido, y mal visto por la sociedad erdogana, darse besos en el espacio público. Escribo «sociedad erdogana», porque Turquía es lo quiera el señorito Erdoğan. Es el mesías de la patria, es el Mahoma posmoderno y lo demuestra en cada una de las tonterías legislativas que realiza él y sus parásitos. Este señor tiene mentalidad de dictador: «mejoro sustancialmente la economía turca, pero yo soy la ley. Yo soy la democracia. Yo soy la verdad. Yo exporto series turcas donde se comen la boca, el alma y visibilizo, falsamente, la diversidad que hay en Turquía pero eso de puertas para fuera. Dentro de la nación, no». En casita la gente no debe quejarse. Las minorías deben estar alienadas a la santa voluntad  del mesías Erdoğan, sino papi se enfada; te censura o manda a sus servicios secretos. Lo malo de Erdoğan es lo camaleónico que es, lo falso que es, la cantidad infinita de caras que Allah le ha dado. Con Arabia Saudí tiene una cara. Con Qatar otra. Con Israel otra. Con Irán otra. Con Siria otra. Conmigo otra. Y con los espectadores de series turcas, otra. En estas series venden la libertad que hay en Turquía: mentira, no existe la diversidad de opiniones. Todo se hace según la sharia del mesías Erdoğan. Sé que estás enfadado por estas palabras, camaleón turco: me prohibirás entrar a Turquía para hacerme un microinjerto. Me da igual. Tu poder tiene fecha de caducidad, la democracia no.

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Houellebecq y las máscaras de un provocador

 

Michel Houellebecq y Depardieu en la película "Thalasso".
Michel Houellebecq y Depardieu en la película “Thalasso”.

 

Escena de fondo anaranjado. Ambiente tenso. Houellebecq es apedreado por salafistas y reaccionarios, mientras unos simpatizantes de Marine Le Pen se burlan de su dolor imitándolo. Todo el mundo se burla de Houellebecq. Todo el mundo se burla del escritor, pero como dice verdades (algunas bien maquilladas y otras de látex) y nos retrata tan bien: lo perdonamos. Decir verdades te salva aun siendo un provocador. Ser provocador, para Houellebecq o para mí, es una forma de divertirse como ir al karaoke y molestar al público con tu horrorosa voz. Provocar es divertirse, no más. Pero si esa provocación viene acompañada de una verdad, ya eres peligroso para el sistema; y por eso Michel tiene mi admiración personal e intelectual porque dice verdades sobre el sistema sin salirse del sistema y alimentándose del sistema en sus múltiples variables. Otra cosa hermosa que tiene Houellebecq es la generosidad. Es más generoso con sus enemigos que consigo mismo. Lo supe leyendo “Sumisión”. Jamás he visto un análisis tan moderno, tan de calle, tan coloquial, tan natural de los musulmanes que viven en el mundo occidental. Critica esa vertiente radical/politizada del islam a favor de un islam democrático, de un sistema multicultural, de una Europa democrática que progresa apartando a los intrusos ideológicos, financieros, políticos, teológicos. Europa tiene que ser, más allá de lo dictámenes de los enemigos (o falsos amigos) de Europa. Houellebecq es eso: un amigo que se hace pasar por enemigo, porque decir verdades a casi ningún amigo le interesa.