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Póngame dos kilos de presunción de inocencia

 

No existen los imputados, ni los investigados ante los ojos de la sociedad. Ser «investigado» por un caso de corrupción de menores o acoso no sale gratis. Tus vecinos, tus enemigos, tus compañeros de trabajo (o Facultad), tus enemigos, tus exs no entienden de eso. Algo habrá hecho, dirán. ¡Qué desgracia más injusta para los que son condenados siendo absueltos! Seguro que se acuerdan de Jesús Vázquez con aquel caso: pobre Jesús, ese caso es una manchita negra (muy, muy negra) en su carrera. Fue absuelto, pero: ¿quién repara toda esa humillación? ¿Y ese dolor? Ahora está pasando lo mismo (supongo) con Plácido Domingo. Lo acusan de acoso sexual. Lo peor, lo asqueroso, lo repugnante es que sin existir una sentencia ha sido condenado por la profesión. La Asociación de Orquestas de Filadelfia lo mandó a tomar viento y en la misma línea la Ópera de San Francisco. Todavía no hay ni una investigación, y el pobre hombre (pobre, repito) ha sido condenado. ¡Qué poca vergüenza!, no se me ocurre otra expresión. Si Plácido cometió lo que le imputan, y se demuestra ante un juzgado que así fue: debe ser condenado, pero después de la sentencia. Este blog siempre se ha caracterizado por su honestidad, por ello continuando en esa línea (de la que nunca saldré) juro seguir escuchando a Plácido sea inocente o culpable: es una afirmación políticamente incorrecta, pero el arte es otra cosa. Será condenado (en un supuesto o no), pagará y será el mismo Plácido musicalmente hablando. Moralmente será lo que cada cual opine, porque opinar es gratis como dice Ranya.

Dos amigos en concierto ( Miami, 1991)

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Especies bibliotecarias

Templo de las especies bibliófilas
Templo de las especies bibliotecarias.

 

Todas las subespecies humanas se encuentran en una biblioteca. Nunca falta aquel (casi siempre en masculino) que observa películas o fotos de altos grados centígrados. Tampoco falta la loca que te cuenta su vida o, directamente, se la inventa: hoy es pitonisa, mañana médico y pasado viajera en el tiempo. Lo mismo estuvo desayunando con Enrique VIII o aprendiendo idiomas con Cleopatra. El ecosistema de la biblioteca es especial: convivimos los locos y los genios. Algunos van a estudiar: otros van a hacer cosas malas: otros pasan la tarde hablando con la segurita y casi todos son felices. Cada uno a su manera: desde estudiar a pasar el día. Todos hacemos lo posible por ser felices. Hace un momento me he referido a la loca que viaja en el tiempo. No es la única. Yo también viajo en el tiempo. Leer a Ibn Jaldún durante unas horas es viajar a las calles del Damasco de antaño, pero solo viajo si lo leo en la biblioteca rodeado de toda esa especie humana: es broma. Yo a lo mío y ellos a su suyo. Cada uno a lo suyo, mientras se haga en silencio y sin molestar al otro. Vivan las bibliotecas donde el silencio, el respeto y el amor por el conocimiento cohabitan.

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La toxicómana de los dulces

 

Dosis de helado de dulce de leche.
Dosis de helado de dulce de leche.

Perdida en sí misma. Se siente mal. Vagabunda que recorre las noches en busca de un helado de dulce de leche, una tarta de queso con mermelada de arándanos o algo dulce. Cuando dan las once se transforma en una toxicómana en busca de su dosis. Llama por teléfono o se pide algo por alguna app. Se presenta el chico y le deja propina. Ella lucha, ella combate contra la ansiedad. Su única arma es esa tarrina de dulce de leche, o esa cucharita que barre con cualquier trozo de tarta. Su adicción es dulce: se niega a las drogas duras. Lleva mil noches así. Le cuesta respirar. Está gorda, pero es feliz comiendo. Solo es feliz comiendo, pero (¡ay!) de esas noches donde la app no funciona o la cocina cierra pronto o. Se convierte en una loba, una loba carnívora. Corre como un camión en medio de las dunas. La loba compra a su presa. Es feliz. Sabe que cada vez que engorda está más cerca de la muerte. Lo sabe y mejor que nadie: es médico. Si ella quiere ser toxicómana en su libertad, ¿qué podemos hacer sus amigos?