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Póngame dos kilos de presunción de inocencia

 

No existen los imputados, ni los investigados ante los ojos de la sociedad. Ser «investigado» por un caso de corrupción de menores o acoso no sale gratis. Tus vecinos, tus enemigos, tus compañeros de trabajo (o Facultad), tus enemigos, tus exs no entienden de eso. Algo habrá hecho, dirán. ¡Qué desgracia más injusta para los que son condenados siendo absueltos! Seguro que se acuerdan de Jesús Vázquez con aquel caso: pobre Jesús, ese caso es una manchita negra (muy, muy negra) en su carrera. Fue absuelto, pero: ¿quién repara toda esa humillación? ¿Y ese dolor? Ahora está pasando lo mismo (supongo) con Plácido Domingo. Lo acusan de acoso sexual. Lo peor, lo asqueroso, lo repugnante es que sin existir una sentencia ha sido condenado por la profesión. La Asociación de Orquestas de Filadelfia lo mandó a tomar viento y en la misma línea la Ópera de San Francisco. Todavía no hay ni una investigación, y el pobre hombre (pobre, repito) ha sido condenado. ¡Qué poca vergüenza!, no se me ocurre otra expresión. Si Plácido cometió lo que le imputan, y se demuestra ante un juzgado que así fue: debe ser condenado, pero después de la sentencia. Este blog siempre se ha caracterizado por su honestidad, por ello continuando en esa línea (de la que nunca saldré) juro seguir escuchando a Plácido sea inocente o culpable: es una afirmación políticamente incorrecta, pero el arte es otra cosa. Será condenado (en un supuesto o no), pagará y será el mismo Plácido musicalmente hablando. Moralmente será lo que cada cual opine, porque opinar es gratis como dice Ranya.

Dos amigos en concierto ( Miami, 1991)

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Filalisis

Dijo un griego que jamás te bañarás en el mismo río dos veces. Las cosas cambian y las relaciones humanas también. Ahora todo es líquido. Todo es frívolo, casi todo es aquítepilloaquítemato, vendo millones a precio de céntimo. L’amour, como cantó la Callas, es un pájaro rebelde… al que hay que explicarle las cosas. El amor es un mentira para el posmodernismo, es un verdad líquida que cualquiera puede transformar en lo que quiera (cada uno interpreta el amor a su manera olvidando la fórmula). Las relaciones humanas están sujetas a la moral, a la personalidad de las gentes, a la ética y a la fórmula mágica de la lealtad. Aquí cada cual hace lo que quiere: todos hablan de sus emociones, de sus derechos, de su corazón; ¿y el corazón del otro? La gente (concepto abstracto que todos utilizan como si no formarán parte de la gente) ya no es leal, no cree en: 1+1 igual a la verdad del 2 como escribió el amante filalisis de Zizek, Alain Badiou. Sin esa ecuación no existe la verdad del dos, ni con el ménage à trois ni con esos poliamores desconfigurados (amar a tres a las vez y que estos se amen entre sí, ¿hasta cuándo, alma de cántaro?).La gente pasa de tó. Está perdía y se cree profeta, ¡qué días más raros! Parece que el amor se alimenta de la venganza y la amistad de la envidia. Óle por ese gitano que escribió estos maravillosos versos:

 

Yo estoy perdía y m’alegro

De verte perdío a ti;

Y otro perdío s’alegra

De verme perdía a mí.

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Maspalomas huele a libertad

 

 

Otoño de 1969. Jóvenes del Frente de Liberación Gay manifestándose en Times Square. ©New York Public Library.
Otoño de 1969. Jóvenes del Frente de Liberación Gay manifestándose en Times Square. ©New York Public Library.

 

Maspalomas huele a libertad. Ver a los homosexuales pasear en libertad con sus tatuajes (o sin ellos), con sus músculos apolíneos (o sin ellos) y sin ataduras: eso para mí es elevarme como lo hizo San Juan de la Cruz. En el mundo oriental, o no tan oriental, ser homosexual (eufemismo de maricón, marica, bollera, marimacho, travelo; etcétera para los dogmáticos y los reprimidos) es condenarse a la muerte en vida. Es tomar una cuerda y suicidarte en vida. Ser homosexual en un ambiente represor va más allá de la violencia, es el mismo infierno. Es morir, una y otra vez. Es ver la luz de la libertad con tu pareja; y volver a la monotonía represora de la sociedad, el qué dirán, el me expulsarán de mi trabajo, me quedaré sin familia, seré un huérfano de la sociedad. En mis viajes al África ismaelita siempre hago de periodista o de preguntón políticamente incorrecto. Les planteo preguntas tabú sobre, como en este caso, la homosexualidad. Todas, absolutamente todas las respuestas están enfocadas en la pederastia. Ser gay, en el caso de los varones, es sinónimo de pederasta. Existir como lesbiana no es tan duro como ser « maricón». En las sociedades patriarcales ser lesbiana no es algo tan «pecaminoso», testigo de ello es el porcentaje de varones consumidores de pornografía lésbica en países donde la homosexualidad es delito y, por otro lado, los textos sagrados se han referido, siempre, a los varones en su condena a la homosexualidad (de una manera muy, muy ambigua todo sea dicho). Les encanta ver a dos mujeres en faena. No podemos negar que la lesbiana está reprimida por estos monstruos, también. Si su condición fuera conocida estaría condenada al ostracismo, al repudio social al igual que el gay. Sufriría todos estos males, pero aquel que las condena- a las lesbianas-; las ve follar tras la pantalla de su ordenador (o del cibercafé para quienes no tengan un PC en casa). En el caso de los transexuales varones, gays, transformistas (cualquier categoría que no sea «varón heterosexual») si no pasan por el aro son sometidos a violaciones por parte de sus verdugos. Ahí tenemos el caso de Abdelá  Taïa, magnífico escritor donde los haya. Aquellos que lo follaban a la hora de la siesta eran los mismos que querían verlo lapidado. Lo cierto es que en el África ismaelita actual; el Estado, gracias a Dios, no asesina a los homosexuales. No los asesina con la soga o la silla eléctrica, pero no les permite bañarse en libertad como lo hacen en Maspalomas. O hacer el amor como lo hacen en los apartamentos del sur y el norte. O agarrarse de la mano. O mirarse con cariño y libertad. O cenar en un espacio público sin esconder su condición. Todos los que ocultan su homosexualidad condenan su libertad a la esclavitud. Rompamos los armarios. Rompamos las etiquetas. Rompamos las cadenas de los hipócritas, y hagamos un «Stonewall» por todos los homosexuales que lloran en este momento.