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Especies bibliotecarias

Templo de las especies bibliófilas
Templo de las especies bibliotecarias.

 

Todas las subespecies humanas se encuentran en una biblioteca. Nunca falta aquel (casi siempre en masculino) que observa películas o fotos de altos grados centígrados. Tampoco falta la loca que te cuenta su vida o, directamente, se la inventa: hoy es pitonisa, mañana médico y pasado viajera en el tiempo. Lo mismo estuvo desayunando con Enrique VIII o aprendiendo idiomas con Cleopatra. El ecosistema de la biblioteca es especial: convivimos los locos y los genios. Algunos van a estudiar: otros van a hacer cosas malas: otros pasan la tarde hablando con la segurita y casi todos son felices. Cada uno a su manera: desde estudiar a pasar el día. Todos hacemos lo posible por ser felices. Hace un momento me he referido a la loca que viaja en el tiempo. No es la única. Yo también viajo en el tiempo. Leer a Ibn Jaldún durante unas horas es viajar a las calles del Damasco de antaño, pero solo viajo si lo leo en la biblioteca rodeado de toda esa especie humana: es broma. Yo a lo mío y ellos a su suyo. Cada uno a lo suyo, mientras se haga en silencio y sin molestar al otro. Vivan las bibliotecas donde el silencio, el respeto y el amor por el conocimiento cohabitan.

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La toxicómana de los dulces

 

Dosis de helado de dulce de leche.
Dosis de helado de dulce de leche.

Perdida en sí misma. Se siente mal. Vagabunda que recorre las noches en busca de un helado de dulce de leche, una tarta de queso con mermelada de arándanos o algo dulce. Cuando dan las once se transforma en una toxicómana en busca de su dosis. Llama por teléfono o se pide algo por alguna app. Se presenta el chico y le deja propina. Ella lucha, ella combate contra la ansiedad. Su única arma es esa tarrina de dulce de leche, o esa cucharita que barre con cualquier trozo de tarta. Su adicción es dulce: se niega a las drogas duras. Lleva mil noches así. Le cuesta respirar. Está gorda, pero es feliz comiendo. Solo es feliz comiendo, pero (¡ay!) de esas noches donde la app no funciona o la cocina cierra pronto o. Se convierte en una loba, una loba carnívora. Corre como un camión en medio de las dunas. La loba compra a su presa. Es feliz. Sabe que cada vez que engorda está más cerca de la muerte. Lo sabe y mejor que nadie: es médico. Si ella quiere ser toxicómana en su libertad, ¿qué podemos hacer sus amigos?

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Kafka tenía derecho a ser incinerado

 

 

Franz Kafka
Franz Kafka

Creo que leyendo a Kafka le estamos faltando el respeto. Si la decisión del escritor fue quemar su obra, porque en esos papeles estaban sus miserias, sus miedos, sus locuras, sus amores, sus desamores, su vida e incluso parte de su muerte: se debió respetar su voluntad. Su amigo Brod fue desleal a Kakfa, y en la misma línea está la Esther Hoffe, su secretaria; ninguno de los dos respetó la voluntad del difunto. Realmente me siento mal. Es una tontería (puede ser), pero: si yo le dijera a mi familia o alguno de mis amigos quema esos papeles, porque no (¡no!) quiero que vean la luz. Y estos no cumplieran mi voluntad. Mmmm: me molestaría mucho, sería una traición (es una exageración, pero es una traición). Esos escritos eran propiedad de Kafka, y por ello se debió respetar la voluntad de su creador (si nos ponemos juristas). El autor de «Carta al padre» tenía derecho a la intimidad, ¿por qué usted señor/señora/señorx lector (me incluyo) debe saber las intimidades del escritor kafkiano? Kafka tenía derecho a ser quemado, más allá de la belleza inteligente de su literatura.