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Las Canteras

Quiero, pero no debo. Quiero mezclarme con el mar sin convertirme en un narcosireno. Sólo quiero pasear por la orilla. Ver el horizonte. Sentir el frío mañanero que espabila a los obreros y a ese ejército de niños- y madres- que van al colegio Fernando Guanarteme. Quiero mar. Para saciar mi espíritu tengo que ver el mar, escribió Saulo Torón. Esta frase ya forma parte del ecosistema de Las Canteras, junto a la escultura del pescador. Ese pescador- o pescadora-es el artesano que se levanta para pescar, redactar sentencias, labrar o trabajar por el progreso de toda la sociedad. Me debo a la paciencia y a estos días hermosos, donde aprovecho para estudiar y disfrutar de cada instante. Somos humanos, nos podemos adaptar a casi cualquier ecosistema. Estoy adaptado a esta situación, a pesar de tener a Las Canteras muy lejos- y a la vez muy cerca-. Pronto volveremos a escribir poemas sobre la arena, pronto nos bañaremos en las aguas sagradas de nuestra playa.

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El cielo azul en tiempos de coronavirus

 

Estoy debajo de una ventana rememorando la alegría de la mañana. Me asomo al universo azul. Por primera vez en mucho tiempo disfruto del cielo. Del milagro atmosférico con sus nubes, que son como líneas picassianas sobre el gran lienzo de la vida. Este destino, en estos tiempos de coronavirus, me ha permitido levantar el freno de mano y sobrevivir volviendo a la esencia: disfrutar del paisaje que hay en mi ventana- ¡gracias a la vida que podamos asomarnos a la ventana o a la terraza!- o el paraíso que se está creando en mi interior, en estos tiempos -sin rey, ni reina-.

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Carmen de Mairena ha muerto

 

¡Olé, Carmen!
¡Olé, Carmen!

Carmen era nuestro icono más transgresor. Libre, simpática y buena persona. Vivió como murió: sin nada. Fue un ser humano tremendamente generoso en el amor y en la calle. Por amor transformó su identidad; y de la calle rescató a toxicómanos, putas, marginados sociales, etcétera. Carmen fue un ángel para los que tuvieron la fortuna de convivir con ella. Fue generosa, sí, demasiado generosa. Todo el mundo iba a casa de Carmen a pedir dinero para un pan, un porro, un condón o una dosis de heroína. Fuiste una mujer con una sensibilidad para el cante y el baile maravillosa. Tuviste como referente a Doña Carmen Amaya, un genio bailando. Tú, Carmen, fuiste la princesa de la tele. Diste de comer a muchos ejecutivos y tertulianos, para después acabar con tus cuadros-con tus pelucas, con tu maquillaje y con tu bata de cola-en la basura. ¡Qué poco respetamos a nuestros referentes! Nos has hecho felices. Eras algo más que un personaje televisivo. Fuiste, y seguirás siendo, una voz de oro que desde “El Cangrejo” de Barcelona se volvía eterna.  Cantabas con el corazón y con ese mismo corazón de claveles te dedico, tu canción:

Carmen, Carmen, Carmen… ¡Carmen!
Se murió Carmen, y España entera lloró.

Del somorrostro a la playa, ya su estrella se apagó
Se derrumbó su muralla, como la de Jericó.
Carmen, Carmen, Carmen…¡Carmen!
Se murió Carmen , y el mundo entero lloró.