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Visión delirante de Las Canteras (II)

Esta vez fue Millás quien me llamó y contaminó la mirada absorta sobre la playa. Me recuerdo preso de un sopor que fue envolviendo los sentidos hasta dejarlos a expensas del delirio. Cuando sonó en mi cabeza el teléfono, no me sobresalté, ni hice por atender ningún dispositivo. Solo dije ¿sí? Y me habló Millás. Me preguntó si ya estaba sobre ella. ¿Sobre quién?, le dije. Sobre la ola. Ah, le contesté. Puede que sí, añadí. Entonces cierra los ojos, me dijo, y solo usa el pensamiento para evocar a Octavio Paz. El resto, para ella, para la ola. Yo te estaré viendo y contaré lo que te ocurre, terminó.
Y fue así como me acosté sobre una ola, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre mi pecho. Noté que reposaba sobre una humedad llevadera, que no penetraba en la piel. Había aprovechado una ola liviana que moría y resucitaba con la suavidad de la bajamar. Sentía las ondulaciones del arrullo y en cada viaje desde altamar a la orilla aquel ambiente de sal y densa maresía agregaba nuevos ingredientes a mi nueva identidad.
La incansable melodía del rugido constante, el respeto por la placidez que me brindaba aquella ola, el figurado brillo de las estrellas durante la noche, la sensación de conquista de la inmensidad, todo parecía convocado para llenar de gozo la definitiva estancia en el mundo.
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Buenas noticias desde Marruecos

Entre los hábitos que han implantado las redes sociales destaca el de alentar al apoyo a causas justas. Llueven las solicitudes de firmas o las promociones de actos simbólicos con que se patenticen la disconformidad, la indignación o la oposición contundente. Pero creo que no me equivoco si afirmo que el propio mecanismo de divulgación, el viaje frenético de la yema de los dedos por encima de enlaces y botones virtuales, ha podido ir conformando cierta actitud acomodaticia que tiene más de cataplasma para la conciencia que de pólvora eficaz.
Pero he aquí que se expande en Marruecos un fenómeno que me obliga a matizar lo que concibo al respecto. A mediados de abril una campaña tejida desde el anonimato en las redes propone boicotear tres marcas adscritas a empresas que han subido abusivamente los precios de sus productos. Y lo que fue en un principio el arranque de una furia internáutica se va extendiendo como una mancha sobre el océano y llega a los mismos salones de la Bolsa. Se trata de productos lácteos de la marca Danone, de agua mineral Sidi Ali (muy popular en Marruecos y en manos de un poderoso grupo económico) y de gasolina suministrada por las estaciones de Afriquia, empresa igual de poderosa que la anterior.
La actitud de los marroquíes, hombres y mujeres, frente a estos productos ha llegado al punto de provocar descalabro y rabia en las contabilidades de los empresarios, quienes no han tardado en tirar de demagogia para aducir que se perjudica a las familias que dependen de los salarios de sus empresas.
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Series, ficción y futuro

Sí, manifiesto que yo también veo series, pocas, sin continuidad, pero las veo. Y para que conste a los efectos oportunos de no alardear de vivir por encima de la turbamulta, firmo la presente en este momento. Veo Black mirror. No esperen un comentario sobre el valor de la misma. Ya el periodismo serio y el boca a boca culto han pontificado sobre su originalidad y su acierto. Solo me interesa resaltar que después de algún capítulo, lo que solo era trama, truco narrativo para seducir al espectador, me ha dejado un poso de cavilaciones palpitando suavemente en el imaginario.
Es más que conocida la literatura de anticipación. La mente iluminada de escritores como Orwell o Huxley que tejen una distopía que con el tiempo acaba acercándose a la realidad. Pero siempre tuve la impresión de que la creación de esos mundos tenía algo de levadura fantástica que los hacía demasiado épicos en el momento histórico de su publicación como novelas.
Sin embargo, en uno de los capítulos de Black mirror, por ejemplo en el titulado Caída en picado, están tan cercanos los mimbres con los que se construye el mundo distópico narrado que me resulta más difícil sustraerme al sobresalto. Muy resumidamente, el episodio transcurre en un mundo en el que las personas son calificadas (y pueden hacerlo con otras, claro) con puntuaciones de una a cinco estrellas en cada interacción social en las que son protagonistas. Nadie escapa a este forma de puntaje, de manera que hay un sistema (el oscuro sistema) que tiene registrado el cuadro de los honores y las pifias de cada uno. Y a partir de los dictados del sistema, los ciudadanos y las ciudadanas tienen acceso a los parabienes sociales: créditos, integración en círculos sociales, asistencia sanitaria, etc.
Hasta aquí todo podría parecer una imaginativa especulación anticipatoria. Continuar leyendo «Series, ficción y futuro»