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No te hagas selfis en el baño

La plataforma Spotify emplea un recurso burdo para conseguir que claudiques y acabes pagando la suscripción que te ofrece: cuando estás embelesado escuchando música irrumpe con un anuncio que te ha repetido machaconamente por boca de una dulce voz femenina con pretensiones melifluas. Es el mismo siempre, para que te aburras y te desesperes y explotes diciéndole al demoniaco algoritmo: ¡Basta ya, te pago lo que quieras, pero calla a esa mosquita muerta de una puñetera vez!

Yo no he picado todavía. Y contraigo los oídos como si tuvieran párpados para sortear a la inocente muchacha. Pero la escucho, no puedo evitarlo, y aunque procuro no prestar atención a los mensajes, la batalla es fiera y desigual, como las de don Quijote, y termino vencido.

Entonces hay un mensaje que se me queda flotando en el oído un día y otro, pero como mi interés no es florido flota en los alrededores del pabellón auditivo y no entra del todo en mis entretelas. O dicho de otra manera, me llega atrofiado y me quedo con él con una confusión que me trastorna. El mensaje dice: No te hagas selfis en el baño. Y yo, que ya ando pagando las consecuencias de la edad en esto de la eficacia auditiva, entiendo: No te hagas el pis en el baño. Si reparan ustedes en las ligazones de las consonantes convendrán conmigo en que el parecido justifica mi confusión.

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Ella, la testigo

Me mira. Nos mira. Estoy convencido de que en sus entrañas de cables y soldaduras cariadas nos lanza una mirada de auxilio aduciendo cuánto ha hecho por nosotros y con cuánta ingratitud la hemos ido arrumbando dejándola expuesta como una dama desatendida y crepuscular.

Cuando encontramos una por la calle, como en la que yo reparé para hacer este memorial de desagravio, la solemos hallar con la piel rañosa, el azul cielo de sus contornos afectado de rayas rasgadas a punta de navaja, el brazo negro resobado y pegajoso, el cordón umbilical resistiendo como una arteria remendada en tantos trechos y en sus paredes acristaladas que algún día acolcharon nuestras intimidades grafitis de mal gusto como si el carmín de sus afeites se hubiera emplastado con brocha gorda.

No se corresponde esta ingratitud del abandono con lo que nos ofreció en aquellos tiempos. Fue el reducto de nuestra conexión con el mundo, con nuestra familia. En La Laguna, bajo el frío inclemente o la lluvia copiosa, nos brindó el habitáculo confortable para anunciarles a los nuestros que sobrevivíamos a los exámenes, a la represión franquista y a la alquimia prodigiosa de la juerga y los ideales. Cuánto lamento materno encerrado en su auricular, cuánta nostalgia concentrada en los pocos minutos que podíamos financiar con nuestra calderilla, cuánta mentira consoladora para que las madres cogieran el sueño.

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Festival de Cine de San Sebastián

Nunca había venido al Festival de Cine de San Sebastián. Como a casi todos, me resulta un episodio familiar desde hace mucho tiempo. Por ese ejercicio de perpetuación virtual que realiza la televisión, me sonaba incluso el rugido de las olas rompiendo en las playas de Donosti, los últimos rayos del sol veraniego saludando el otoño y el glamour de las celebridades fotografiándose a las puertas del Kursaal. Pero este año he venido, gracias a mi condición de jubilado y a la curiosidad repentina aguijoneada por un viaje de última hora.

La experiencia ha valido la pena. Ha sido un atracón de cine, de distinto pelaje, con horarios estrambóticos para mis costumbres ociosas, con jornadas que me hacían recordar a las de sesión continua de mi infancia en el Cine Parroquial de Escaleritas. Pero ha supuesto algo más que el consumo desaforado de metraje y celuloide.

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