Werther
Werther ha muerto. El amor de mi vida ha muerto. Lo he amado con todos los elementos celestiales y circunstanciales posibles, me habría convertido en el Anticristo por él. Pero, él ya no es él. Fue el hombre y la mujer de mi vida junto a Dios. Su mirada era la de un Cristo llorando ante el aura de María Magdalena, su mirada era un prado donde habría soñado con decirle: Te quiero. Fui cobarde, fui esclavo de los falsos moralistas. Sí, falsos somos todos los moralistas. Amamos, pero tras los portones y los sótanos escondemos azufre y semen. Lo mío con Werther no fue azahar: es amor platónico o más bien agustino; era mi Dios, aunque él no supiera de ese poder. ¿Debería haberlo sabido? Quizás, sí. Quizás, no. Quizás, la respuesta se la llevó la muerte y el tiempo. Es tarde para besar los labios secos e ilustrados de mi amado. Creo que puedo amarlo como quien ama a un Dios que no se ve; si lo viera estaría- y lo está por desgracia- encima de una nevera. Unas cenizas que fueron un cuerpo duro, una mirada maravillosa, unos muslos que nunca rocé. Una ángel que amé, callado.