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Carta a Juan Espino “El Trota”

 

 

 

Juan Espino, eres uno de los mejores embajadores de Canarias en el mundo. Tu labor en Senegal o en Estado Unidos es admirable, por tu capacidad de unir culturas sin renunciar a tus raíces canarias. Siempre que puedes patrocinas Canarias en el mundo. Una labor encomiable. Todo tu esfuerzo se queda en nada con el espectáculo que montaste en La Resistencia con Ignatius. Sentí vergüenza ajena.  ¿Ser canario se cuantifica según lo mucho o poco que defiendas el refresco Clipper? Qué vergüenza. Lo más iluminador fue el comentario del Ignatius: «Cuádrese ante su mencey». Ustedes dos han hecho el ridículo de la década. Dos canarios, uno de Gran Canaria y el otro de Tenerife. Juan, se te notaba incómodo y ponías caras de asco- a lo Rafa Mora- humillando a tu paisano. Estuvo bien simular la lucha canaria, pero no dejando al cómico tanto tiempo encima de ti. Lo noté asfixiado. No me gustó. Tu actitud en el programa de Broncano no te hace justicia. Cuando uno se llama Juan Espino “El Trota” no se representa a sí mismo, sino a mucha gente. Eres una estrella, por eso no debes alimentar el odio Tenerife-Gran Canaria (mencey-guanarteme) ni crear conflictos de la nada. Fuiste con tu bolsa de gofio, Clipper y demás cosas, ¿no habría sido más interesante promocionar la denominación de origen canaria sin meterse a medir la canariedad de nadie? Decías que «Clipper es algo sagrado» e Ignatius en la misma línea. Señores, parece que en Canarias desayunamos Clipper. Promocionar está bien, pero no tanto, no tan descarado y menos metiendo cuestiones de mal rollo (odio) entre las dos islas capitalinas. Y todo esto sin distancia de seguridad.

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Carta a Josefina de la Torre

 

Josefina de la Torre, años 20. Copyright Biblioteca Nacional de España.
Josefina de la Torre, años 20. Copyright Biblioteca Nacional de España.

 

Estimada Josefina: El tiempo nos ha enseñado, a vos y a mí, que todo se encuentra. Hasta uno a sí mismo; uno con los otros, uno con el mundo y uno con la nada, porque al fin y al cabo somos una nada que se perpetúa en hijos y nietos. Rondabas por las sordas paredes sin saber que eras fruto, fruto bello que da sombra a miles y miles de estudiantes que se han replanteado la maternidad por tu poesía. Todos ellos somos tus hijos. Considera a cada uno de los lectores que han pasado por las sábanas de tus páginas como hijos tuyos. Permíteme el halago, quizás la osadía: eres maravillosa, una mujer que cantó bailó y se lo pasó bien en una época donde ser feliz no estaba de moda. Duele querer dar frutos y no poder, pero la adopción es la solución: dar fruta a quien no la tiene, dar una mejor vida, un cariño inmenso y tener un hijo de la vida. Ese niño ha sido parido por la vida, pero usted podría ser  su madre. Te digo otra cosa, algunas veces es mejor no tener hijos a tenerlos. Son muy pesados y otros acaban con la tierra, la esencia y la armonía de quien los cría.

 

Un beso,

Sikabi.

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El hombre de las aceitunas

 

Mirad al hombre moreno de pelo largo, pantalones vaqueros, sonrisa firme y ojos claros que va todos los días de casa al templo y del templo a la oficina. Su rutina cambia todos los viernes, cuando va a una cueva a esconderse del mundo porque hay que esconderse, algunas veces, de todo. Ahí está con su puñado de aceitunas. Cada aceituna que se lleva a la boca es un enemigo menos que tiene, que perdona. Se alimentaba y enterraba después los huesos, porque eso le enseñaron las piedras de esa cueva: a perdonar, a enterrar el pasado y ver con paciencia cómo crece el olivo.