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Googlitud

Ese rollo de la intimidad es una bobería en términos prácticos. Google ha acabado con la intimidad. Las gentes del armario o las personas de dobles/triples vidas o el fetichista de turno están condenados a la transparencia. Ellos mismos o cualquiera de nosotros se condena a la transparencia, cuando busca un video subido de tono- y de todo-, o cuando mantiene una correspondencia donde los plátanos y los onanismos son primeros actores de un video casero remitido- vía Whatsapp-.

 

Todo lo que buscamos en la red con el fin de descargar nuestros deseos o nuestra ira contra el cabrón de turno se almacena en una cajita muy hermosa- algunas veces de procedencia rusa o americana- con nombre de gobernanta anglosajona. Big Data. En la Big Data está todo el mundo, desde el cura de la parroquia que te come la oreja con no fornicar antes del matrimonio hasta los dedos gruesos de un juez tanzano. Dedos que entran y salen del Tribunal Superior de Dodoma (tercera ciudad más grande de Tanzania, rima con Sodoma) enfrente de una cámara que te observa y un ordenador que lo almacena todo.

 

En resumen, tus claroscuros está en manos de cualquier informático imberbe con intenciones de chantajear o pasar la tarde vacilando.

 

En Canarias se escandalizan con las grabaciones a personajes públicos. Más escandaloso es hacer tu vida enfrente con un ordenador o un móvil. Somos perros de una nomofobia que nos controla. La Ley podrá prohibir o limitar lo que crea conveniente, pero la realidad virtual está al margen de la legalidad y la moral. Es un gangster cotilla. Lo virtual almacena tu ubicación, tu historial, tu todo. Mientras escribo, un informático me sonríe. «Ten cuidado con lo que escribes, que tarde o temprano le venderé tus cartas al diablo».

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Marruecos es un buen hombre

 

Ayer me encontré a Marruecos en el bar. Estaba hasta arriba de whisky y té verde, una rara combinación que le revuelve el estómago. Estaba en el suelo, después de cuatro copas. Lo levanté y comenzó a maldecir a sus hijos, a  su padre, a Dios, a sus primos y a todos los camareros del bar «Aziz Ajannouch». Les escupía. Maldecía a Dios. Pedía perdón a Dios. Al rato retomaba su batalla de escupitajos y golpes contra los camareros. «Quiero más té, quiero más whisky», una metáfora de la alegría y el pan que tiene Marruecos, encima. Los camareros están a lo suyo. Le meten algún puñetazo ocular. No más. O dos o tres desprecios por segundo de indiferencia, o simplemente le impiden la entrada al bar. Tú en la puerta como los klab, como los perros.

 

 

El primer camarero se llama Sidi Ali, sirve copas a todo el mundo y es el encargado de la barra.

 

 

Afriquia, la camarera, se hartó del acoso. Dio un golpe en la mesa y la empezaron a respetar los monstruos.

 

 

El tercer camarero es Centrale que es algo así como el encargado del local. Éste abre el bar por las mañanas y le sirve los leche/leche a los madrugadores, a los obreros, a los limpiadores, a los empresarios, a los comerciales, a los periodistas, a los basureros, a los estudiantes y a todo quisque. Hace cafés o bocadillos. La carta es muy reducida. A Marruecos se le ocurrió insultar a Aziz Ajannouch, el dueño de bar. Los camareros se enteraron. Le prohibieron la entrada.

 

Hace tiempo que no  lo veo, pero la vida siempre te pone lo que deseas en tu camino. Ahí estaba Marruecos tirado en una esquina de la plaza con ganas de té, dulces, whisky. Vi a un Marruecos con ganas de comer, de vivir, de tirar hacia delante pero sus ojitos blancos y esa boquita temblorosa se lo impedían. Marruecos no es una empresa, querido Aziz.

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Lollipops

©Miniwallist
©Miniwallist

 

Todos sabemos lo que fue Goytisolo. De la misma manera que conocemos casi a la perfección las aficiones íntimas del poeta de la juventud, Gil de Biedma, y en las mismas líneas podríamos mencionar las biografías de Rimbaud- y su afición a la hora de buscarse la vida, de comprar y vender con esclavos- o Houellebecq: un aficionado de las lollipops conejeras o irlandesas. Este artículo se torcería con las innumerables biografías que a nivel moral saben a jengibre e hígado, pero en eso mismo se fundamenta el entendimiento de una obra artística: el lector debe separar- como bien dijo el buen sadomasoquista de Foucault- la obra de la biografía. La obra nunca debe estar etiquetada por los chismes, o las adicciones que pudiera presentar el autor. El autor es dueño de una vida que puede o no compartir con la sociedad. Un autor, por lo general, es un personaje público sometido/condicionado a la moral de su época.

 

¿Qué sería de Foucault si se hubiera sabido, en vida, de sus paseos nasales por las rayuelas de harina blanca-o morena, si viene de Ketama-? El autor de La arqueología del saber habría sido condenado a un solo golpe: el ostracismo, habría sido silenciado como, hoy, son silenciadas miles y miles de lenguas indiscretas. Si la vida inapropiada, o moralmente sucia, de los autores sale a la luz de los medios de comunicación oficiales sólo nos queda rezar para seguir publicando.

 

Defiendo la libertad del creador, dentro de un marco estético (ético, aunque muchos intelectuales la confunden con la moral). Para juzgar están los jueces y magistrados; no los medios de comunicación. Es superfluo renunciar a «Una temporada en el infierno», porque el autor vendía y compraba etíopes. A nivel ético, Rimbaud o cualquiera de los mencionados, son lo que son; pero como artistas que nadie los toque porque son tan inmaculados como mi Virgencita de Guadalupe.

 

En resumen, separar la obra de la biografía es más sano para aquel que busca realizarse.