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Pequeño socialista

No puedo con esos «pequeñonicolases» que harían cualquier cosa con tal de llegar, de llegar a no sé qué sitio que ellos llaman poder. Estos sujetos harían cualquier cosa con tal de alimentar ese ego. Ese ego de monstruo, ese odio hacia el otro. Pisar al otro, aunque sea su madre. Son gentuza, chusma y lo peor es que en la política hay muchos. Gente analfabeta emocional y culturalmente, chusma de paja que busca la foto con cualquiera que tenga nombre y apellido. Estos seres, que son la peor categoría del género animal, no se forman con libros: algunos son técnicos, memorizan y ahí se queda la cosa. Otros se limitan a las conferencias (que no las entienden, muchas) o videos que resumen/manipulan; y ya con eso se creen cultos y ciudadanos democráticos.
Dejar de mentir, el ciudadano que vive en una democracia debe formarse continuamente y siempre sometiéndose a la voluntad de la verdad. Esta gente no sabe de eso, solo conocen de falos. Muchos son hombres, el que yo conozco es un hombre. Un hombre malo, nacido de las alcantarillas: de muy abajo. Muchos hemos venido de abajo, pero después de horas y horas y horas y horas de formación intensa- autodidacta o asistida-hemos llegado a ser ciudadanos. Este ni se forma ni es ciudadano. No soy nadie para repartir tarjetas de buen o mal ciudadano, pero un buen ciudadano no es un trepa. Continuar leyendo «Pequeño socialista»

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Suelo

Las paredes de este patio son como el aire fresco que me relaja la muñeca. Es raro que a un escribidor no le duela la mano. Escribir al igual que boxear son verbos que duelen: revientan ojos y destinos. En las paredes solo hay alegría, ilusión de quien viaja a la otra tierra porque para mí Tenerife es otra tierra. Otra tierra que hoy es mi tierra. Agito la mano, me duele el radio. Será de escribir boxeando, o boxear escribiendo. Un saco de ilusiones está en las paredes. Ilusiones en japonés, alemán, chino, croata, árabe; ilusiones que no están limitadas por una gramática o una nacionalidad sino por la identidad del viajero que no es turista. La identidad del viajero es multicultural, no se inclina ante las ideologías sino ante las llaves de su albergue si caen al suelo. Al suelo que es de todos.

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Patio tinerfeño

Un tipo de mi habitación duerme desnudo: un Adán caducado, una pasa cuando se le cae la sábana. Fuera, en el patio abierto a la noche tinerfeña, nos sentamos tres personajes. El marroquí entró: le ofreció un trago de cerveza a un tipo de piel fina, a mí no. No me dirige la palabra, ni la mirada. Tiene unos rasgos muy femeninos, me recuerda a una reina esclava que gobernó en Kenitra. Rasgos femeninos, salvajes y arrogantes. Una mirada profunda, parece lector de Ibn Jaldún: cosa rara en los árabes- no todos por si salta algún tigre- de hoy, formados en YouTube y en el discurso del Imán. El segundo personaje no para de mirarme. Escribo encima de una mesa, y debajo de una jaima que me protege del frío de las gotas de lluvia. La lluvia en Tenerife es poesía. La poesía prosaica de quien la sufre con placer. Continúa mirándome, creo que abriré una conversación con él. Conoceré quien está tras ese porro, esa cortina abstracta de humo natural que no me molesta. Una amiga, una gran amiga fumaba porros mientras llorábamos por el pasado. El porro es un género literario, ¡cómo me va a molestar! El del porro tiene pelos en el pecho, no es Hércules. Hércules está en Las Palmas, ahora. En verano se muda para Tenerife. Mi Tenerife querido. El del porro, o el del tupé o el que se está explotando los granos de los hombros. Ya no me mira. Sigo escribiendo. Suena una alarma, mi reloj está tan «tin, tin» como su dueño.