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Ayer me encontré a Marruecos en el bar

Ayer, me encontré a Marruecos en el bar. Estaba hasta arriba de whisky y té verde, una rara combinación que le revuelve el estómago. Estaba en el suelo, después de cuatro copas. Lo levanté, y comenzó a maldecir a sus hijos. A su padre. A Dios. A sus primos. Y a todos los camareros del bar “Aziz Ajannouch”. Les escupía, maldecía en nombre de Dios. Pedía perdón a Dios, y al rato retomaba su batalla de gapos y golpes contra los camareros. Quiero más té, quiero más whisky: una metáfora de la alegría y el pan que tiene Marruecos, encima. Los camareros están a lo suyo. Le meten algún puñetazo ocular, no más; o dos o tres desprecios por segundo de indiferencia; o simplemente le impiden la entrada al bar. Tú en la puerta como los klab, como los perros. El primer camarero se llama “Sidi Ali”, sirve copas a todo el mundo y es el encargado de la barra. “Afriquia” es de esas camareras que harta de tanto acoso, dio un golpe en la mesa y la empezaron a respetar los monstruos. Y por último, “Centrale” que es algo así como el gerente del local. Éste abre el bar por las mañanas, y le sirve los leche/leche a los madrugadores: a los obreros, a los limpiadores, a los empresarios, a los comerciales, a los periodistas, a los basureros, a los estudiantes y a todo quisque. Le sirve cafelitos o bocadillos, la carta es muy reducida. A Marruecos se le ocurrió quejarse al padre de Aziz Ajannouch, el primer dueño del bar. Los camareros se enteraron, y le prohibieron la entrada después de drogarlo. Ayer, me encontré a un Marruecos con ganas de té, pasta, whisky. Vi a un Marruecos con ganas de vivir, de tirar hacia delante pero sus ojitos blancos y esa boquita temblorosa se lo impedían. Marruecos está drogado, por unos narcotraficantes emocionales que nunca han conocido la grandeza de mi hermano Marruecos.

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Complejo de Aristóteles

Obras
Obras

Muchos intelectuales se niegan a trabajar con las manos, prefieren el trabajo intelectual: oficinista: dignificado por la burguesía de los informes y el escritorio. Estos intelectuales, entre los que me encontraba; ¿me encontraba? En el fondo, era uno de esos que se negaban al trabajo digno y deportivo de transportar cajas; limpiar oficinas o limpiar cristales. Los tiempos pasan, y el hombre libre poco a poco va renunciando a su narcicismo; a su ego. Continuar leyendo “Complejo de Aristóteles”

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Lollipops

©Miniwallist
©Miniwallist

Todos sabemos lo que fue Goytisolo. De la misma manera que conocemos, casi, a la perfección las aficiones íntimas del poeta de la juventud, Gil de Biedma; y en las mismas líneas podríamos mencionar las biografías de Rimbaud- y su afición, a la hora de buscarse la vida, de comprar y vender con esclavos- o Houellebecq: un aficionado a pasearse con lollipops de Lanzarote o Irlanda. Este artículo se torcería con las innumerables biografías que a nivel moral son un vómito con sabor a jengibre e hígado, pero en eso mismo se fundamenta el entendimiento de una obra artística: el lector o el académico debe separar- como bien dijo el sadomasoquista de Foucault- la obra de la biografía. La obra nunca debe estar etiquetada por los chismes, o las adicciones que pudiera presentar el autor; el autor es dueño de una vida que puede- o no- compartir con la sociedad. Un autor, por lo general, es un personaje público sometido a la moral de su época. Continuar leyendo “Lollipops”