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El gol de Iniesta y la pasión por lo público

Envidio la pasión, la afición desbocada por un actividad deportiva, artística, musical. No tanto por el objeto en sí (un equipo, un cantante, una escritora) como por la pulsión que se desata y nos sube la temperatura emocional, y nos absorbe todas las energías en un instante como si no existiera ni otra vida doméstica que satisfacer ni otro mundo ordinario al que asistir. ¿Hay algo histórico más extático para un fanático del fútbol español que el gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica? Es la metáfora del fervor. Todo nuestro cuerpo y nuestra mente secuestrada por un acto, por una resolución sublime. El deseo consumado de una explosión que se ha venido alimentando mucho antes con un mariposeo en el estómago que nos turba.
Pienso ahora en lo público, lo que es de todos, la sanidad, la educación, un parque público, una guagua pública, un funcionario o una funcionaria, las calles. Y pienso en cuánto ganaríamos si pudiéramos albergar una pasión semejante por lo público. Si nos convirtiéramos en hinchas de lo que nos pertenece a todos, si nos transformáramos en afanados y activos aficionados que jalean a los integrantes de la cosa pública y alentáramos el aplauso o la vibración colectiva similar a la de un estadio enfebrecido porque un médico de la Seguridad Social ha logrado recuperar a un enfermo con los medios que proporcionan nuestros impuestos, o un jardinero ha logrado la geometría perfecta de los setos de un parque, o los operarios de la limpieza han borrado de la arena de la playa los vestigios del descuido, o una funcionaria ha concluido con pulcritud incontestable el trámite requerido por una ciudadana.
Que no nos quiten el sueño de escuchar a un locutor deportivo transformado en narrador de lo público y transmitiendo con el ardor propio de su cometido una crónica radiofónica del siguiente estilo (pónganse en modo radioyente): «Ojo que una madre presenta al maestro de la escuela pública el problema del desinterés de su hijo. La desmotivación bajo palos. Bien resguardada por una defensa contundente: a un lado la playstation, al otro el móvil, y al centro el hervidero de hormonas arrebatadas. El público se impacienta. Una derrota sería letal para todos. Ataca por la banda el maestro con un tímido sermón. Pero el muchacho está bien pertrechado en su campo. Todo su equipo le responde. Atención, el maestro se lleva a su terreno al muchacho. Se encuentran frente a frente. El maestro lo deja jugar. El muchacho levanta la vista seducido por el gambeteo verbal del maestro y descuida su retaguardia, y el maestro aprovecha para zafarse de la defensa y ¡gooooooool! Lanza un trallazo de afecto e inteligencia que se cuela por la misma escuadra. El partido no se ha acabado pero este gol es sin duda un paso de gigante para la victoria final.»
No es como el de Iniesta, pero un gol como este, marcado desde una instancia pública, por un trabajador público, es merecedor de una afición entregada y pasional. Porque, al fin y al cabo, el gol de Iniesta ya solo abrillanta el pasado, pero el gol del maestro público contribuye a cimentar el futuro.