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El gol de Iniesta y la pasión por lo público

Envidio la pasión, la afición desbocada por un actividad deportiva, artística, musical. No tanto por el objeto en sí (un equipo, un cantante, una escritora) como por la pulsión que se desata y nos sube la temperatura emocional, y nos absorbe todas las energías en un instante como si no existiera ni otra vida doméstica que satisfacer ni otro mundo ordinario al que asistir. ¿Hay algo histórico más extático para un fanático del fútbol español que el gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica? Es la metáfora del fervor. Todo nuestro cuerpo y nuestra mente secuestrada por un acto, por una resolución sublime. El deseo consumado de una explosión que se ha venido alimentando mucho antes con un mariposeo en el estómago que nos turba.
Pienso ahora en lo público, lo que es de todos, la sanidad, la educación, un parque público, una guagua pública, un funcionario o una funcionaria, las calles. Y pienso en cuánto ganaríamos si pudiéramos albergar una pasión semejante por lo público. Si nos convirtiéramos en hinchas de lo que nos pertenece a todos, si nos transformáramos en afanados y activos aficionados que jalean a los integrantes de la cosa pública y alentáramos el aplauso o la vibración colectiva similar a la de un estadio enfebrecido porque un médico de la Seguridad Social ha logrado recuperar a un enfermo con los medios que proporcionan nuestros impuestos, o un jardinero ha logrado la geometría perfecta de los setos de un parque, o los operarios de la limpieza han borrado de la arena de la playa los vestigios del descuido, o una funcionaria ha concluido con pulcritud incontestable el trámite requerido por una ciudadana.
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