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Visión delirante de Las Canteras (I)

Absorto con la contemplación del mar desde algún punto de Las Canteras, rompe mi embeleso una extraña llamada proveniente de no sé qué interlocución inmaterial.
-¿Diga?, pregunto.
-Joven, me dice una voz, hablo en nombre de la Trinidad Hispanoamericana. Como quiera que en el limbo en que nos hallamos no nos queda más sentido que el de un remoto paladar literario, lo hacemos depositario de nuestra devoción por la vida y le pedimos que nos diga qué ve en este instante.
Les ahorro los pormenores de una conversación que ganaba en extravagancia a medida que se alargaba en mis oídos incrédulos. Solo les diré que la tal Trinidad la formaban García Márquez, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, que en algún lugar del parnaso debieron de sentir el amargo tedio que provoca la eternidad y notaron el cascabeleo de este humilde vago dedicado al oficio baldío de delirar sin fiebre.
Le dije a la voz que comenzaría con García Márquez y que intentaría hablarles a cada uno en su idioma inmortal.
¿Qué veo, querido Gabo?
Embutidos en sus trajes negros de neopreno, confiados a la dulce esclavitud de su aleta de escualo fibrosa y grácil, los hombres peces, enterrándose una y otra vez en el vórtice espumoso del oleaje y resucitando victoriosos sobre sus crestas en una levitación de sal y yodo, como el santo de un paso procesional, habrán de recordar el día en que fueron de arena y sabían qué era un secadal y comían carne al calor de las brasas de una retama agostada. Hasta que se dejaron embriagar por el olor de las algas marinas y Neptuno les regaló las agallas y las escamas que hoy los retienen en el mar perenne sin la nostalgia de la tierra caduca.
¿Qué veo, maestro Borges?
Digo con firmeza que en la biblioteca de Ibn Almansur no había un solo libro que hablara de «La Barra», un arrecife calcáreo que abriga la playa. Me precio de haber indagado incluso hasta en las notas y los preliminares de los tres tomos en sánscrito que Michael Straigton regaló al célebre descendiente de los almorávides. Y allí no había más que una descripción pormenorizada de los sutras de algún monje hindú, algunos por cierto de elevado cariz erótico. Pero alguien, muy posteriormente, debió de dejar en algún anaquel el manuscrito en el que hacía constar que detrás de ese balcón al abismo al que denominan «La Barra» había visto su infancia de sol mortificante y castillos de arena, y había visto a sus padres redivivos, y había visto su primera novia con diez años avasallante como la reina Victoria, y sus miedos a la oscuridad abisal y al ridículo, y el primer fracaso indigesto con la verdad, y la Biblia anegando de literatura su memoria, y la primera pedrada en una ceja, y el unánime amor partido en amores fragmentarios, y su habitación vacía esperando un sueño menos febril.
¿Qué veo, admirado Julio?
El lector pide una cerveza y se instala bajo una sombrilla en la avenida junto a la baranda. Se deleita unos minutos con la vastedad del océano y se sumerge en la lectura de la novela por la página en la que el protagonista está demasiado absorbido por sus quehaceres laborales (la redacción de un informe para una subvención oficial cuyo plazo de entrega acaba hoy mismo) y no presta atención al anuncio de una subida extraordinaria de la marea que podría afectar a los bajos de los edificios, en uno de los cuales trabaja a marcha forzada peleándose con su computadora. A media mañana el pronóstico se cumple y el oficinista continúa con el frenesí de su tecleo a pesar de que el agua ya le llega por las rodillas. Cuando las olas ya rompen contra las puertas de la oficina y el nivel del agua ya le llega al cuello, el oficinista se dispone a guardar el archivo que contiene el informe, pero un golpe de mar le arrebata el libro al lector que se agarra a la baranda para evitar ser arrastrado, mientras observa perplejo cómo la novela desaparece engullida por el mar embravecido.