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¿A qué huele?

Uno entra en El Corte Inglés a través de la planta baja y lo recibe una nube de perfumes que de inmediato captura su olfato para conducirlo por los pasillos que llevan hasta el culmen del bienestar. Ese olor se convierte en un grillete amable que embriaga y transforma la acritud de la calle en fragancia balsámica. Nos entregamos a esa seducción aunque vayamos con prisas, porque en el fondo nos agrada esa transición momentánea al umbral del lujo, aunque seamos austeros o reneguemos del consumismo feroz que nos provocan los señuelos publicitarios.

Escuchando y leyendo a Marta Peirano, una joven que ha escrito El enemigo conoce el sistema y da charlas sobre la vigilancia de las tecnologías sobre los ciudadanos, se descubre que en el aparato multimedia que las empresas ¾y los estados¾ despliegan sobre nosotros para capturarnos como clientes, usuarios o identificados objetos manipulables el olor es un factor con una potencia seductora brutal, capaz de ofrecernos una felicidad administrada como las familiares pastillas de caldo saborizantes.

Da repelús conocer el grandioso laboratorio en que nos hemos convertido para las industrias que desde hace tiempo han fundido los mimbres del negocio con los del bienestar de los ciudadanos. La experimentación con la química de las fragancias, que busca reacciones agradables desde el cerebro, es una confirmación de este inquietante desafío. La British Airways, por ejemplo, ha ganado fama en sensación de seguridad entre sus pasajeros gracias a un aroma diseñado para estimular la recolección de buenos recuerdos. Lo mismo que ha conseguido Singapore Airlines con el olor de sus toallitas calientes. Las cápsulas de Nespresso han logrado despedir un aroma idéntico al de las cafeterías cuando muelen su propio grano. Rolls Royce Motor Cars debió centrar su innovación tecnológica en algo tan secundario como el olor a coche nuevo, cuando cambió elementos de su famosa tapicería de cuero y madera por otros de plástico y las ventas bajaron de golpe. Fue un descubrimiento de narices.

Pues bien, toda esta conspiración con perfumes para distraernos de la realidad inmediata y regalarnos un artificio del que brote el placer para los sentidos me ha hecho pensar en lo cerca que debemos de estar de la emisión de efluvios embriagantes desde el teléfono móvil. Si ya está más que cubierta la provisión de fantasías para el oído y la vista, pronto podrán afrontarse los otros sentidos. Imagino que en los sótanos de Silicon Valley trabajan ya para la aplicación odorífera. Vayamos preparándonos para subir un escalón más hacia el paraíso: mensajes urbi et orbi, imágenes de todo lo que habita en el planeta, conexión con las Antípodas. Y ahora, además de tener el mundo al alcance de la pantalla táctil, sentados en un cómodo sillón y aislados de toda esa fatiga que dan los cuerpos reales de los otros, desde una ranurita del Smartphone se elevará una fragancia hasta nuestra pituitaria amarilla que nos regalará una porción de felicidad perdurable hasta que se agote la batería. Y después, a pensar en cómo podrá cocinarse una pizza en ese talismán adictivo en que hemos convertido nuestro móvil. Pero eso ya es tentar al diablo.

 

Un comentario en “¿A qué huele?”

  1. Aunque la diversidad de narices es amplia, dicen los entendidos, y la industria los ha escuchado, que los recuerdos olfativos duran seis meses como mínimo, más que ningún otro recuerdo. O sea… a sonarse bien y… a mantener a la industria en su sitio.

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