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Sombras del Bentayga

Roque Bentayga
Roque Bentayga

Tras de mí hay un foco eléctrico que refleja una sombra obesa. Esa sombra habla por mí, esa sombra soy yo. No. Ni yo soy yo, ni esa sombra forma parte de mí. Las sombras lo han tomado todo, y la mía-en este caso- lo ha invadido todo. Soy un reflejo de ella. Voy a donde ella quiera y como lo que ella desea comer y vivo sin vivir en ella; o ella vive sin vivir en mí. Es una sombra outsider, se la suda la física o la lógica. Va por libre. Sale por ahí a sabiendas que siempre la defiende el foco eléctrico. Comienza a encenderse. Shpppff. Aparece en la pared para escaparse de mí. La persigo. Se esconde dentro del Roque Bentayga. Es nuestro punto de unión. Ahí ella se reconcilia con mi cuerpo y conmigo. Ahí se encuentra a sí misma junto a la piedra y la luz del cielo.

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La vida aburrida

La vida es un soplo. Un ladrido. Un gemido angustiado por la monotonía de los días, las semanas, las décadas y las vivencias que giran como una noria. Una vez le dijeron a Julia «la vida era un aullido interminable: un aullido agudo y temible que te empuja». La vida es lo que quiera que sea, será alegre o acompañada de algún ruido. La mía estuvo ahogada de bostezos, sin aire. De bostezos perfumados y estáticos que te obligaban a parar los pies contra un muro. Comenzabas a dar golpes contra el muro hasta romperte las piernas. A ver si así mueren los bostezos. Nunca he llegado a asesinarlos. Los bostezos con aire, aire caliente y maloliente son necesarios para las pócimas de los brujos: lo respiras y giras en círculo hasta perderte de la verdad (ellos no mueren, tú sí). Los bostezos acaban con la vida. Te condenan a morir después de haber muerto en vida habiendo renunciado a ella: a la niña bonita, a la vida activa.

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Pacha Mama

 

Me levanto. Son las cuatro de la mañana. Cojo la 24. Abro una bolsa. Si me sale un Actimel de fresa entre los otros sabores tendré un  día maravilloso. Todas las casas estaban cerradas. Las calles estaban escondidas en la luz tenue de las farolas. Los caminos circulaban. Yo caminaba hacia una puerta. La primera puerta está cerrada. La entrada al trabajo será por otro sitio. Pregunto. Entro por la trasera. Después de entrar se arma un motín dialéctico. Los trabajadores quieren lo que quieren: un buen salario, unas buenas mascarillas para luchar contra el fantasma multiforme del humo que quema los pulmones. El salario dignifica el trabajo, pero currar- en mi caso- me eleva más allá de los cinco euros por hora. Dos se los queda la Seguridad Social. Y tres se lo queda el esfuerzo de unos hombres. No mantengo a una familia. Vivo con mis padres aún. Mi única carga es formarme. Los compañeros discuten. No hablo. Soy novato. Veo y escucho con serenidad. Para todo hay una solución. Vino el encargado. Se solucionó el tema, después de un abrazo atlántico entre el administrativo- o el representante de la empresa- y los trabajadores. Después de una solución, entre el representante y mis compañeros. Después de ese algo, entre el repre y mis compañeros. Después de un bla-bla técnico entre él y nosotros empezamos a trabajar. Me encuentro a siete corazones, siete compañeros que me ayudaron y me abrazaron con sus conocimientos. Tanto que un compañero me llevó a la parada de la guagua que está a medio kilómetro de mi trabajo. Hablamos de negocios y de cómo está el mercado. El mercado es un reflejo de la democracia que haya en un país. Me encuentro a la reina más grande que haya existido en la civilización inca, mi Manuela. Admirada y respetada por Inti y Pacha Mama. Manuela es un género humano, un corazón que camina. Camina, caminamos; nos encontramos en la guagua para después cada uno tomar una línea distinta. Enciendo el móvil. Me encuentro con una carta recitada, una oda en prosa de la princesa de la copla y la purpurina. La purpurina simboliza la vida de un maestro, que ha volado de abajo hacia arriba como lo hacen los quetzal. Esa princesa es Ylenia, mi Yle.