Euromenores que se han vuelto ludópatas

Euromenores que se han vuelto ludópatas8.jpgLa calle tiene fisiognomías, jóvenes fisiognomías que estiran sus arrugas en nombre de los higos; las pasas o la voluntad de la cebolla. Lloran, tiran de la culpabilidad para dar sentido y olfato al dolor. El dolor huele a jaqueca, mientras la culpabilidad se percibe-o se apuesta- en las caras imberbes ante la navaja de Ockhan: se electrocutan con una trenza de videojuegos, y enchufan sus rostros de zanahoria a la pantalla; olvidándose del tiempo y el vapor. He visto caras-zanahorias quemadas. Me olvido. Recuerdo la vitalidad de las pasas arrugadas y dulces: ganan con los años.
A alguien se le ocurrió ganar, lo bombardeamos con miradas nucleares ante la pasiva mirada de la comunidad binguera. Sigo viéndolos cómo tirotean, corren; entrenan con el pulgar o el índice. Pierdo el tiempo en esta vejez de bingos y soledades. No busco familia, busco silencio/tranquilidad. Un silencio amigo, cuyo único boss es la voz de la señorita. Cantan Bingo, y me alegro por esos. Cantan por Lola, y sonrío. Cantan los números, y me siento melancólico. El encargado de sala lo controla todo, es el hermano mayor que lo controla casi todo. El baño es zona prohibida, el otro día me encontré con Carpentier entre el tiranosaurio, la tarjeta de crédito y la melancolía dulce del arroz. Comimos algo de arroz, y prefirió tomarlo por la oreja: es más intelectual. Las celadoras lo llaman al orden. Las celadoras son las que lo controlan todo; absolutamente todo. Son ellas las que llevan el cotarro, y no el gordo emperchao. Carpentier se volvió al baño. Entretuve a las damas de labios rosas y rojos. Estuvimos charlando de los números y la socialdemocracia simplificada en una pantalla, una silla y un menú. Volvimos a nuestra ecuación, me he perdido en estas paredes. Disfruto de mi pérdida. Algunos buscan el tiempo perdido, otros lo encontramos en una luz tenue: geométricamente diseñada por el tiempo y la voz: “No va más”
El tiempo es cosa de sabios, lo decía Heidegger cuando nos daban las claras del día; nos pegábamos hasta las ocho de la mañana enfrente de esa máquina: espejo. Carpentier se ponía pesado. Yo saltaba. Heidegger ligaba más, después de esas horas de luz tenue.
Esta semana debería estudiar, pero me he dedicado a apostar en una de esas aplicaciones de 8X; veo un partido, y apuesto ayudado por una pitonisa que se sienta en la puerta del baño. Aparece y desaparece cuando le da el punto. Apuesto, y mi fisiognomía- pseudocientífica, según el tecnócrata- , ya, es la de un ludópata. Soy de esos ludópatas que se pasan cuatro, seis horas de clase con el móvil: apuesto, apuesto, apuesto; más y más y más. Es un proceso parecido al de amar, cada vez quieres amar: más y más. Algunos se pasan el día conversando/leyendo/amando o despotricando primitivamente a Heidegger o a Carpentier sin conocerlos. Yo me dedico a ir al Bingo con ellos, con mis colegas que clavan su mirada en una pared: el móvil o la pantalla táctil que solicita más y más de su tiempo.
Hoy, los ludópatas juegan en las facultades; institutos; hospitales (el que podría ser el Santo Tomás de la época, sigue apostando: sigue perdido encontrándose) Estas gentes tienen la necesidad de jugar, de apostar sus riñones en una silla- de Bingo, pupitre, escritorio-. Invierten sus ahorros en una bolsa de plástico negro, meten su tiempo: su oro, su patrimonio, su existencia y se lo pasan guay:
-¡Me he vuelto millonario con estas apuestas por internet!- le comenta Mario a sus amigos después de ganar 100 euros en el Bingo.
Mario se vuelve, una vez más, el mesías de un ejército teosófico cuyo credo está en la numerología y el azar; y la emoción de ganar pasta. Esa adrenalina de ganar, de ser felicitado por todo el mundo mientras el ejército continúa invadiendo/normalizando las apuestas imberbes; la educación y el ocio productivo es cosa de carcas. El ocio, bien manejado: relaja el alma; pero no todos los soldados saben manejar las armas de la numerología y el azar. Invierten a siegas, invierten en una virtualidad de agua y aire llamada “apuestas online”. El comandante Mario se piró al sur. El sur da suerte, a ver si las inversiones me van mejor. Conoció a un tal Schopenhauer, mientras se fumaba un piti. Ambos comparten mirada y nariz, se ponen agresivos cuando pierden la pasta- caso de Schopenhauer y Mario-; y Mario, especialmente, cuando se traviste de Avispado (y ella,//golondrina del aire lo estaba esperando) ante su Ana-mama o Ana-tacaña o Ana-depresiva o Ana-lacabronademiviejanomequieredarpasta.
Soplan las partículas místicas de la noche. Escucho a Ana:
“Soy la madre de ese niño. Mario, ¿se llamaba? Apenas lo veo, y cuando lo veo sentaíto en el salón no lo siento. Todo el día con el móvil, no para. No puedo más, tengo el hígado reventaito. ¡Para! Continúa con sus apuestas, y ahí estoy para soltarle sus euros. Mario estudia para que tu futuro sea como el de un buen hombre: peludo de dignidad. ¡Mario, escúchame! Chacho, ¿me vas a escuchar? Te voy a decir dos cosas, deja de invertir, tu cara y tu pelazo, en ese Bingo: estás calvo, estás viejo, estás bobo; tu voz es un pi…tido que apenas escucho. El poco tiempo que tienes para vivir lo inviertes en tus amigos y en las apuestas del furbo, ¿y mamá?”
Ana se rinde ante el chantaje de un ludópata, que confunde la Play, la App 8X y la beauty siniestra de la noche. La noche no termina para los ingenuos, la noche es un tipo que camina con la boca abierta. Tiene la boca llena de moscas, una mosca negra preside su conciencia de verduras putrefactas. Ni Schopenhauer, ni Mario supieron jugar: no se puede caminar en un Bingo, sin saber las reglas del mismo; de la misma manera que no se puede inseminar a la literatura, sin conocer sus caderas. El Bingo es un aire húmedo y caliente, que salva o destruye; es como el vino, amigo y rival según el uso que usted le dé. Quizás, Mario debería ser objeto de análisis por Él (no es celestial, sino administrativamente olvidadizo con la educación), y Schopenhauer debería ser formado en el buen uso del Bingo: ese objeto de estudio del sapientísimo Antonio Escohotado. El Bingo- sea virtual o físico, ¿u onírico?- es una copa de vino, en la que el ludópata posa sus labios azules. Está nervioso, se enamora de la Ley del menor que está escondida debajo de las mesas. Todos se ríen de ella, escondida debajo de las cuatro mesas: esa galaxia de pestañas con conexión a internet. Todos se ríen de ella. Está desfasada, el wifi le va fatal. Mario continúa apostando sin conocer las reglas del eurojuego. Ayer, fui al Bingo con mi amiga Elena: jugamos, comimos; nunca pisamos los límites, los conocíamos.

Un comentario en “Euromenores que se han vuelto ludópatas”

  1. Que manera tan gustosa de traer un tema tan actual pero tan oculto a nivel social pero tan notorio a nivel cultural, una manera muy inteligente de conocer lo que hay detrás de cada salón de apuestas y de las caras jóvenes de esos chicos que, cuando los ves,te preguntas que hacen ahí perdiendo su tiempo, pero como dices tú es un vino que ya no pueden apartar de su boca. Muy buen trabajo amigo y compañero de radio! Que coseches muchos más éxitos, un abrazo.

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