La espera

Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.
De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.
Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.
La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.
Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.
He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).
Y no miré el reloj.

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