Gratitudes

Acabo de leer la novela Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Es una obra escrita con vocación minimalista, pero condensando en la secuencia que se narra una enorme sensibilidad. Es admirable la pericia de la autora para concentrar todo su esfuerzo en contar la vivencia durante un periodo breve de los tres personajes y producir en el lector con ese relato de apariencia sencilla un leve y grato estremecimiento emotivo. Goza la novela de esa virtud de combinar el placer de la historia con la puesta al día de sentimientos comunes. No es de extrañar en Delphine de Vigan, cuya novela Nada se opone a la noche recomiendo vivamente.

Me atrajo el título Las gratitudes porque es una obsesión que me persigue desde hace tiempo. Dar las gracias constituye un acto voluntario que refuerza nuestro vínculo con la Humanidad, algo así como el verso que reclamaba Whitman para proseguir con el poderoso drama de la vida.

Claro que las formas, y la propia intención, con que se dan las gracias son diversas y con variada intensidad y desigual compromiso. Muchas veces no es más (ni menos) que una fórmula de cortesía que aparece para corresponder a un beneficio obtenido o una atención recibida. En esta era de la economía verbal, las gracias aparecen disfrazadas de emojis ya populares, lo cual, a mi juicio, contribuye a desnaturalizar el valor intencional de la gratitud, si bien ese es otro asunto que no procede ahora.

Me refiero al agradecimiento medular, a ese que pone en juego toda nuestra humanidad para tejer en torno a la persona a quien se agradece un vínculo, llámalo deuda, nunca favor, que visibiliza la cálida red de la solidaridad. Pienso, por ejemplo, en gratitudes universales como las que debemos a nuestros padres y nuestras madres. A veces da la impresión de que dicha gratitud se institucionaliza y queda desdibujada por una suerte de obligaciones y cuidados contraídos con la iniciativa de la paternidad o la maternidad. Pues no, también ellos y ellas deben ser destinatarios de ese gesto y debe expresarse en voz alta, lejos de una fórmula de cortesía y con las miras puestas en compensarles su constancia, sus desvelos, su preocupación, aunque lo rechacen y en ocasiones se indignen, como hacía mi madre («Por Dios, mi niño, déjate de boberías»). Eso que la cultura ha dado en llamar amor incondicional es una construcción sentimental que solapa el derecho (o la dicha) de unos padres a recibir la gratitud de unos hijos.

Se pregunta uno de los personajes de Delphine de Vigan: «Es tan importante para mí. Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? ¿Fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó?».

Solo me ocurrió una vez en mi condición de docente. Una alumna cuyo suspenso en mi asignatura fue responsable de su repetición de curso pasados los años se me presenta en mi despacho espontáneamente. Me comunica que quiere disculparse por el resentimiento que ha tenido durante todo ese tiempo hacia mí y me agradece de corazón que haya contribuido a su madurez como estudiante y como persona. Hoy es docente como yo y, además, funcionaria en la enseñanza pública. Yo no le pedí nada, como se pueden suponer, y actué bajo los principios de lo que me pareció correcto cuando la suspendí. Acepté que el sino de la adolescencia que está a nuestro cargo pasa por esas reacciones primitivas. Pero la fuerza de la gratitud de aquella alumna traspasó como un escalofrío que estremece toda mi coraza de obligaciones y servicios. Y aquí está, con el paso del tiempo, inscrita en los anales de mi modesta memoria. Y, en ella, en mi alumna, consagrada como un peldaño honrado en la escalada de su humanidad.

Por cierto, si alguno o alguna tiene a bien leer este escrito, gracias de antemano por tan inmerecida gentileza.

3 opiniones en “Gratitudes”

  1. Gracias Juanjo. Mi gratitud por dejar que te acompañe, que me dejes entrar en asuntos de esos que nunca concluyen y que nos acompañan de por vida. Los escritores nos permiten ver cosas importantes escondidas porque las empequeñecemos con acciones rutinarias de la vida cotidiana, sobre todo el trabajo y las obligaciones formales. La gratitud, mira tú, la has despertado en mí, y me he dado cuenta. También comparto que lo mismo que te ha pasado con esa alumna me ha pasado con otros alumnos, universitarios, que suspendían por esa inmadurez que debemos «reeducar», porque el educador eres tú. Y mira, no me extraña que sea una mujer la que te llevó su agradecimiento, pero esta es otra discusion. Gracias.

  2. Muchas gracias a tí por el deleite de tu escritura, por tus recomendaciones literarias, por el disfrute de tu amistad y por tu desbordante ternura y humanidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



El contenido de los comentarios a los blogs también es responsabilidad de la persona que los envía. Por todo ello, no podemos garantizar de ninguna manera la exactitud o verosimilitud de los mensajes enviados.

En los comentarios a los blogs no se permite el envío de mensajes de contenido sexista, racista, o que impliquen cualquier otro tipo de discriminación. Tampoco se permitirán mensajes difamatorios, ofensivos, ya sea en palabra o forma, que afecten a la vida privada de otras personas, que supongan amenazas, o cuyos contenidos impliquen la violación de cualquier ley española. Esto incluye los mensajes con contenidos protegidos por derechos de autor, a no ser que la persona que envía el mensaje sea la propietaria de dichos derechos.