Hola, me llamo Forrest, Forrest Gump. Mamá decía que la vida es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te puede tocar. Suena, ¿verdad? La figura de aquel personaje singular que concebía lo real con un grado de simplicidad asombroso. Cargado de cualidades ocultas, comenzó a exhibirlas sin pudor y a escalar socialmente hasta llegar a la misma Casa Blanca y compartir con el señor Presidente el saludo y las ganas incontenibles de ir a mear.
Los guionistas prefirieron reconducir la vida de Forrest hacia lo doméstico, porque de haber seguido escalando hubiera podido llegar a instalarse como inquilino principal del magno recinto y su trayectoria hubiera constituido el manual perfecto para un presidente bobilín. Se hubiera alzado con el liderazgo apoyado por los millones de seguidores que corrieron tras él por todo el país sin preguntarse por qué lo hacía, solo seducidos por el llamativo impulso de correr sin parar. Y, como en la película, no les hubiera interesado el motivo sino la confianza plena en que aquel espectáculo estrambótico era la fuente de la verdad. «Usted tiene todas las respuestas, señor Gump, así que voy a seguirlo», le dice el primer seguidor.
Al llegar a la Casa Blanca el presidente Gump hubiera pedido muchas cocacolas y montar en helicóptero, porque eran gratis. El presidente Gump estaría encantado de tener un micrófono para hablarle a todo el mundo cuando quisiera y les diría que estaba muy contento de estar en aquella casa, y que su mamá también estaría muy orgullosa de él, y que le habían dicho que aquella casa era suya, aunque él no la hubiera comprado. Y que ahora no podían quitársela, y que si se la quitaban él se enfadaría porque no había nadie que hubiera corrido tanto como él.
Hubiera sido otra película, claro. Y al salir del cine los espectadores subirían a sus vehículos, encenderían la radio y escucharían al presidente Gump hablando como cada día, y pensarían que era una novedad nacional que la película continuara fuera del cine, aunque tuviera partes de terror y no se supiera si tenía un final.
Los guionistas, que saben escribir atendiendo a lo que la gente quiere, no dudarían en reescribir el guión y nos propondrían un arranque parecido (porque el original era muy bueno) tal que así:
Mamá decía que en la vida los tontos son los que dicen tonterías y los listos son los que corren. Hola, me llamo Donald, Donald Trump.
Lo malo es que esta película tendrá secuelas y todas ellas terroríficas
Cierto, Fernando. Pero hay que esperar, como en las películas de nuestra adolescencia, que en esta triunfe el muchacho.