Durante un curso escolar, en el centro en el que trabajaba se produjo una controversia que, pasado el tiempo, me ha hecho pensar en la importancia del status desde el que se emiten las opiniones. Discutíamos sobre la posibilidad de eliminar un programa para alumnado de riesgo por las consecuencias que tenía su conducta displicente en el funcionamiento del centro. El foro en que tenía lugar tal discusión se dividió apenas se formuló el debate: los profesores que impartían docencia en tal programa defendían su continuidad y los que daban clase en los cursos ordinarios ponían en duda su pertinencia. Independientemente de las razones esgrimidas, había de fondo una aspiración a conservar la plaza por parte de los primeros que ensombrecía toda posibilidad de valorar las condiciones objetivas que se buscaban con la discusión.
Dicho de otra forma, si desaparecía el programa disminuían las plazas de los docentes al cargo de dicho programa, y al mismo tiempo los otros profesores (cuyas plazas no estaban en peligro) aliviaban la tensión que producía la presencia del alumnado de riesgo.
Yo estaba en el lado de estos últimos, por tanto opinaba desde mi pupitre con mi plaza a salvo. Hace poco hemos asistido a la polémica desatada por la venta de armas a Arabia Saudí. Los trabajadores de la fábrica de armamento Navantia reaccionan contra quienes pretenden rescindir el contrato con el país saudí porque peligran sus puestos de trabajo, el sustento de sus familias, y se ensombrece el futuro laboral que ya es de por sí desesperante en Andalucía. Todo ello mientras las voces de las ONG y de toda la corriente pacifista que habita en nuestro país clama por la brutalidad de las actuaciones bélicas de los árabes. Un trabajador de Navantia afirma: «Cuando lo que está en juego es que tu familia no coma, ya no hay dilema moral. Lo primero es tener un trabajo.»
Yo asisto a la discusión desde la silla donde me siento para iniciar el almuerzo, frente al televisor. Y opino.Los críticos de cine o de literatura, pongamos que son avezados intelectuales que tienen muchas horas de metraje visto o de textos leídos y afilan su pluma para emitir un juicio sobre una película o un libro. Lo hacen desde su soledad ilustrada, con la leve servidumbre de su compromiso con una revista y el nulo riesgo de inestabilidad en su oficio. Y su efecto puede dar al traste con un trabajo (el de los artistas) que ha implicado un esfuerzo extraordinario de creación, corrección, perseverancia, además de la superación de decenas de obstáculos para producir una obra con solvencia.
Todos, el profesorado que ve inconvenientes en el alumnado de riesgo, los pacifistas, los críticos de cine y de literatura, tienen absoluto derecho a emitir libremente sus opiniones. Pero el hecho de que lo que se pone en juego con esas opiniones sea tan desequilibrado respecto a sus oponentes me hace dudar. No tanto sobre la legitimidad de lo que se opina, por supuesto, sino sobre la contribución a proporcionar a la discusión una visión compleja de las cosas que preste oídos a la legitimidad de los otros. Se puede ser radical y taxativo, pero a mí se me queda un regusto amargo cuando caigo en la cuenta de que con ciertas formulaciones yo arriesgo menos que los afectados por un sistema social o económico intrínsecamente perverso. No es cuestión de justicia, tiene más que ver con la sensibilidad.
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