Podemos morir tan temprano, tan rápido. La vida es eso, morir. Todos existimos para morir. Una curandera senegalesa, de Bandafassi, me dijo: «La gran verdad es la muerte». Uno puede prescindir de casi todo. Puedes elegir este camino u otro, una carrera u otra, una amante u otra pero el peso de la muerte está ahí. La cabrona está ahí con su guadaña, que llega a ser graciosa. Nos vamos para no volver, aunque se empeñen en reencarnarnos en perros o ratas. ¿Volveremos? No lo sé a ciencia cierta, pero lo que sí sé es que este Yo de ahora será un pasado; un eterno pasado que ya no irá a hacer footing, ni pensará, ni escribirá, ni cenará con su amante, ni nada. Todo es nada en términos físicos, después de la muerte. Nos veremos con Dios, en mi opinión. Tomaré té de néctar. Conversaré con Él en glosolalia. En cualquier caso, la vida como concepto seguirá existiendo como el amor en el corazón de las buenas personas.
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