Templo

 

©Javier Valido
©Javier Valido

Descampado seco. Los animales se niegan a pasar por él. Todo está muerto. El templo de enfrente intenta no caerse. Recorriendo el mundo; me topé con este espacio donde azota la sed, el hambre y una extraña melancolía que se siente como “alegría”. Los pocos que viven por aquí parecen alegres. Te dan los buenos días y te invitan a pasar tres noches en su casa. El descampado huele a muerte. Las gentes de aquí parecen muertos sonrientes: delgados, consumidos por el sol. Paso tres noches en casa de unos vecinos. ¡Qué Dios se lo pague! Quiero rezar. Hace tiempo que no me confieso. No hay iglesias por aquí. Vi una mezquita inclinada a lo lejos. Entré descalzo, solo y con ánimos de rezar. Eso hice más allá de cualquier dogma. Llegué a otra aldea. No había mezquitas. Entré a la sinagoga y recé como lo hizo, cronológicamente, Abraham: Moisés: Confucio: Cristo: Mahoma: Spinoza.

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