Estoy por la labor de rezar un Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino (…) Amén por todos aquellos que se desnudan en las redes y crean tener un amigo en su móvil. Todo en esta vida tiene un coste de oportunidad. El coste de esta era digital está en renunciar a la intimidad. Cualquier adolescente imberbe, cualquier frustrado con unos conocimientos mínimos en programas de virus/software puede invadir tu sagrada intimidad. Puede entrar como un barco en una casa. Puede arrasar con todo, con él o ella. Conocerá tus secretos en diez clics. ¿Y después? Solo nos quedará rezar un «Padre nuestro» por todos los ingenuos, por todos los inconscientes, por todos los ignorantes que confían en un cuchillo tan afilado como internet. Cuchillo carnívoro que devora a familias, saca las arañas del armario o simplemente te fastidia la vida. Lo de mi generación no tiene nombre. ¿Cómo es posible que publiques un vídeo fumando porro en las historias de Instagram? ¿En qué mundo estamos? Pero, ¿este qué es? Tarde o temprano saldrá a la luz ese vídeo, cuando menos te lo esperas: cuando tengas hijos a los que educar o alumnos a los que enseñar. Hay que tener más cuidado con las redes. Antes tenías una intimidad para ti, hoy le pertenece a cualquiera: uno te hace una foto, otro puede pagar unos euros al hacker de turno para saber de ti. Quieren saber de mi vida privada, como dice aquella canción de Don Luis Valls Bosch, interpretada magníficamente por Erika Leiva. Una de las múltiples naturalezas del ser humano es saber de los demás y jugar al doble juego de la hipocresía. Critican a los que se entrometen en la vida ajena, pero no se diferencian mucho, de ellos, mientras cantan «no puedo con la gente que tiene hipocresía». El ser humano es tan especial, pero más allá de las fotos/documentos azules, verdes, rojos, amarillos que tengas en tu dispositivo; llamémoslo móvil (por ser lo más familiar en la vida humana): uno debe- como dice la canción- seguir su camino «como el peregrino (…) ¿por qué somos así?». Hay que tirar pa’lante como un torito de miura, aunque sepan de ti; aunque invadan tu intimidad hay que caminar- insisto- pa’lante. Lo de mis contemporáneos no tiene nombre. Cada dos por tres- expresión popular donde las haya- sale un vídeo de una joven manteniendo relaciones sexuales con un chico. El vídeo se difunde. La joven sale llorando, quejándose, prometiendo venganza. Denuncia, pero para la gran mayoría de la sociedad es considerada- desgraciadamente– una prostituta. Él es un titán, ella no. Ella es una cualquiera (según la sociedad patriarcal de estas generaciones Z y millennial) aunque la culpa- y la gran culpa- está en él, pero esta sociedad machista es lo que es. Ay, nadie se solidarizó con la última víctima. Todos la machacaron, casi todos quisieron acabar con ella por Instagram. Comentarios jocosos, insultos, fotografías fálicas donde aparece su rostro. Tuvo que cerrar su cuenta de Instagram. Esa veinteañera continúa encerrada en su casa. No le pasó lo mismo a A. V. cuando le hackearon el móvil. Todos supimos de su fisiología. Fue un golpe duro, pero se lo tomó a risa. Acabó siendo actriz porno en Barcelona. «Porque es pecado mortal hablar de los demás», cantó Erika Leiva mientras miles, miles de mujeres y hombres elevan su categoría humana encima del chismorreo y el qué dirán y qué debo/ puedo hacer para acabar con el otro. Quisieron eliminar la memoria del dispositivo, pero el big data sigue atentando contra la intimidad como un espíritu maligno.
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