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Ítaca

Salimos del túnel. Vemos la luz. El hospital de mi infancia, a lo lejos. Asoma el mar. Ya tenemos mil toneladas de agua salada, encima. El mar andrógino, dios de las narcosirenas. Giro la mirada. El puente figura como una roca casi imperfecta de las políticas urbanísticas. Las montañas se elevan. El puente no es un puente, nunca lo fue. Las montañas, sí, montañas secas que vieron sufrir a Doña Ana (la abuela de Corina) cargando mil cajas de tomate con la mirada clavada en el suelo. Los cabellos movidos por el mar y los ojos cerrados por el aire cargado de tierra. La carretera, ya, no es lo que fue. Ahora, está más dura, más humana, menos primitiva, más generosa con los automóviles que van para Las Palmas o para Ítaca.

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Vengo llegando de Tirajana

Las tierras, que hay junto a la carretera, están repletas de tomates con forma de sietes y unos, que acompañan el camino de la lectora de Camus. Está impaciente, lo sé: mueve el índice de la mano derecha con melancolía. Camus la espera, más allá de la belleza del sol y la lluvia. El argelino se impacienta. A lo lejos, muy loin, la ve venir con su coche rojo (cargada de escopetas literarias y munición de clásicos que domina como pocos). Sale de su coche. Camus llora, alarga su mano izquierda. Teté continúa apoyada en el coche, lo observa con la firmeza de una existencialista:
-Ya estoy aquí, amigo. Pronto te llevaré a Tirajana, el sol en mi tierra te dará vida: volverás a ser mortal.

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En contra del ego

Todos los sábados y festivos hago un estudio sociológico, antes de entrar a trabajar. Voy vestido de azul, pero antes de entrar a trabajar paso por el supermercado. Hoy compré unas tortitas de arroz. Y en ese ir y venir de gentes no percibí la misma actitud, frente a las veces que iba vestido con una americana o unos levi’s. La gente menosprecia. No me sentí inferior a nadie, por supuesto, pero me pareció cruel lo siguiente. He entrado como tres veces a este súper, y en las tres ocasiones la gran mayoría de la gente mira mal: con cierto desprecio, pero un desprecio distante como si el personal de limpieza fuera criminal. Dos mujeres y un hombre, en lo que llevamos de experimento, se me adelantaron, en el pasillo, empujándome el hombro (¡tenga cuidado, por favor!) Y la gota que colmó este vaso fue, ya, dejado atrás el súper; casi entrando al trabajo: un tipo me miró de arriba abajo, y se burló de mí. No soy esclavo del orgullo, hace mucho que he escavado fosas para el vicio y el ego. La actitud habría sido hacerle ver que esa no era la actitud, pero en medio de la carretera y ese tipo dentro de su coche: habría sido difícil hacer lo que me gustaría haber hecho. Las circunstancias no acompañaban, o sí. Me siento feliz (tan contento como si estuviera en un tablao escuchando a Camarón, en directo) trabajando de limpiador todos los sábados y festivos. Limpio todos los ascensores de este sitio que tiene de todo, limpio junto a mis maravillosas compañeras (especialmente mi «tengo la cadera al queso«) los suelos con la mopa bailarina. Si bailas con ella, ella te ofrece la magia de barrer. La empatía es una necesidad. Quizás, reflejo mis valores en los demás y por eso me haya sorprendido por la actitud altiva de la gente: no lo entiendo, lo único que sé es que continuaré de limpiador porque me hace feliz y honrado.