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Las memorias de J.J. Armas Marcelo

J.J. Armas Marcelo en la presentación de "Ni para el amor ni para el olvido" junto a Santiago Gil.
J.J. Armas Marcelo en la presentación de «Ni para el amor ni para el olvido» junto a Santiago Gil.

Ni para el amor ni para el olvido es un libro sincero como casi ninguno. En todas las crónicas y en casi todas las biografías se omiten verdades por otras. Personajes por otros. Unos tiempos por otros. Eso no ocurre en este libro, corazón abierto ante el cirujano de la ética y la conciencia. El encuentro con la sinceridad de quien se expresa en absoluta libertad sobre su vida, el derecho universal a escribir sobre lo que se vive. Sobre la vida, sobre su vida, que en parte, es la de los otros: sean amigos o enemigos. Escribir, amar, maldecir. Esa fórmula, quizás, marca el destino de cualquier escritor: escribir mucho, maldecir a los hijos de pupa y amar mucho, mucho, mucho, mucho. Continuar leyendo «Las memorias de J.J. Armas Marcelo»

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El amor caduca

Desde mi cama, a lo Onetti, escribo estas palabras con la rapidez de un tren. Quizás porque el amor es un tren, pasa una vez: quizás, dos: quizás, tres. O realmente solo una vez, el gran amor es uno: pasa, se desvía del curso natural, rompe las vallas y acaba con todos. El amor, ay: herida putrefacta por el tiempo. Uno puede amar a un ser toda la vida, pero no podrá toda la vida ignorar ese sentimiento. Es imposible ignorar al amor de tu vida, la herida asoma. Duele. Maldita, cállate. A más la callas, más se rebela. Es como si Baudelaire dejara de tomar hachís de la noche a la mañana, una dependencia recorrería su cuerpo que es el de todos los adictos. Una dependencia, un mono que te muerde con rabia las orejas. Sangras, apartas al mono. Pero, cada cierto tiempo-cada cual tiene los suyos- reconoces tu sentimiento. Lo ignoras, te psicoanalizas con los espejos: te engañas, te mientes a sabiendas que a solas vendrá el mono del amor.

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María

Recorrió siete montañas y siete lagos y siete angustias, antes de caminar sobre este manuscrito. Sobre esta ciudad-manuscrito. Es llamada ciudad-manuscrito porque todo lo que ves, en ella, es conocimiento: palabras en las paredes, en los carteles, en el suelo, en las cimas de las montañas. Cada rincón es un eslogan, una publicidad filosófica, una cita o un proverbio. Nadie puede entrar a la ciudad, digo nadie porque (casi) muy pocos conocen de su existencia; también, es cierto que pocos mortales se interesan por la luz. Casi nadie entiende leyendo, o lee entendiendo: o lee viviendo. María leyó y enseñó, conoció el conocimiento. Y ese mismo conocimiento la abrazo hasta la asfixia, para finalmente-casi muerta-invitarla a la ciudad de las luces.