Esto es África
Después de que hace medio siglo se fueran descolonizando, de grado o por la fuerza, los territorios africanos, se había mantenido un status quo bastante hipócrita sobre todo en los países riberenos del Mediterráneo-sur y los de Oriente Medio. Mientras en Europa Occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón se entonaban himnos a la democracia, esas mismas potencias, antiguas metrópolis de territorios africanos y asiáticos, protegían durísimas dictaduras, regímenes feudales y extrañas componendas que nadie tocaba. Desde Yemen a Marruecos y de Jordania y Siria a Libia, Egipto y Túnez, sólo Argelia fue capaz de enfrentarse a sangre y fuego contra su colonizadora, aunque al final ha sido lo mismo, si bien sus mentores estaban en Moscú y no en Occidente.
Hacer una transición de la dictadura a la democracia no es fácil, ya lo vimos en España, y en países donde las diferencias sociales son tan grandes, los elementos religiosos también cuentan. Y da grima pensar que mientras se atacaba Irak porque Sadam Hussein era un dictador, se compadreaba con Mubarak, Gadafi y compañía, porque actuaban de guardianes de los yacimientos de energía que tanto necesitan en Europa y América. Finalmente, yo confío en que todo se ponga en su sitio, que será otro distinto al de ahora, pero los dirigentes occidentales siguen dando vergüenza ajena. Como dice la canción de Sakira para el Mundial, «Esto es África», pero una que de momento es un arcano porque nadie sabe qué va a pasar y las potencias de siempre ahora mismo no tienen capacidad para nada. Y menos mal, porque cuando intervienen lo único que saben hacer es usar la fuerza. Alguien hará negocio, no lo duden, porque hay quien dice que en el viaje de Cameron a Egipto la venta de armas estaba en la agenda. Pero aquí nos seguirán tratado de despistar con que si Messi o Ronaldo, La Esteban o La Campanario y los metros que hay que alejarse para echarse un cigarro sin que te multen.
Entiendo que una democracia tranquila y sosegada es menos espectacular que una dictadura estridente, y que una jornada normal de una sociedad democrática da menos titulares que un golpe de estado. La prueba la tenemos en las mil y una películas que se han hecho sobre el nazismo, con su parafernalia imperial y su gandilocuencia plástica. Desfiles que hubiera cantado Rubén Darío, uniformes resplandecientes, símbolos y saludos que para sí hubiera querido Georges Lucas en La guerra de las galaxias. Pero detrás de toda esa fascinación icónica hay una espantosa miseria moral que degrada y destruye al ser humano, incluso a quienes ejecutan ese enorme poder. Por eso se vuelve una y otra vez sobre el 23-F, como en el reestreno de una película, de la que no sólo ignoramos el guión verdadero, sino el nombre de los productores asociados y gran parte de los protagonistas, que fueron eliminados en el montaje posterior. Nos queda un tricornio como emblema del diseño de vestuario, un bigote como trabajo de maquillaje, unos disparos al techo del Congreso como efectos especiales y poco más. El 23 de febrero debería designarse como Día de la vergüenza.