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La ley desnuda es un pobre argumento

3ffttt.JPGCuando de las relaciones políticas e institucionales desaparecen el diálogo y la negociación, surge el encono. Si lo que arbitra estas relaciones es la ley sin más, crecen los muros. La ley es el pilar de todo Estado de Derecho, pero la política es la que viste el entendimiento, y aquí no ha habido política. Si un sector muy importante del pueblo quiere hacer oír su voz y solo se le devuelve el eco de la ley, surge la tentación de pasar por encima de ella. Cuando se entra en la ilegalidad política, siempre hay tiempo para evitar que sea solo la ley el argumento. Es obvio que las instituciones de Cataluña han incurrido en ilegalidad; este es un gran problema que no se resuelve solo con la ley, que, además, puede ser interpretada de muchas maneras, porque pudiera suceder que, tratando de resolver una ilegalidad, se estuviera entrando en terreno jurídicamente pantanoso, porque de un artículo generalista de La Constitución se extraen conclusiones de urgencia que parecen olvidar que las instituciones catalanas nacen de las urnas. No se discute la legalidad de un artículo de la Constitución, pero flaco favor se hace a la historia e incluso al futuro unido que se pretende defender si el único instrumento es la ley desnuda. Por ello hay que insistir en que es necesario poner sobre la mesa todo lo que no se ha puesto durante años. La ley, a secas, es un argumento muy pobre -en este caso excesivo- y, además, inútil, porque no resuelve el problema.

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El cansancio del juego del tonto

Aunque parezca que lo hago, no estoy hablando de Cataluña. Lo que quiero comentar es el cansancio que sobre este asunto agarrota a muchas personas que conozco. Cabría decir que somos unos blandos, que nos agobiamos por poca cosa, o bien que este asunto se alarga indefinidamente en el tiempo. Yo creo que no es por ninguna de las dos cosas, porque se han vivido momentos muy duros y también otros que se eternizaron, y hemos aguantado. Entonces la respuesta debe ser otra. Hace ya bastantes días me preocupó que me sintiera sobrepasado, pero pronto me di cuenta de que lo mismo está pasándole a otras personas. Y es raro, porque un hecho de este calado debería tenernos atentos; pero no, Fotos pruebauuu778.JPGse ha establecido una especie de intento de desconexión entre nuestros cerebros y el ruido que nos llega. Sé de mucha gente que, como yo, pasa directamente hasta de los envíos bienintencionados en clave de humor (chistes, memes, parodias). Los reciben y los borran sin mirarlos. Mi impresión es que lo que cansa no es el exceso de noticias, las distintas opiniones, los disparates que se gritan desde uno y otro lado; lo que realmente nos tiene quemados es que hemos empezado a percibir que lo que se hace, se dice, se grita o se mueve forma parte de una especie de juego, mezcla de escondite, ajedrez y póker, que se hace como espectáculo mediático, y que el verdadero juego es otro, del que desconocemos las reglas, los premios, el propósito y hasta los verdaderos jugadores. Es como el juego del bobo de nuestra niñez, en el que dos mayores se tiraban una pelota y el pequeño que estaba en medio nunca lograba cogerla porque pasaba muy alta. Y como todo esto es un arcano que nada tiene que ver con lo que nos llega, nos agota el constatar que lo ignoramos casi todo y nos negamos a que sigan haciéndonos luz de gas. Por eso, y constatando que en nada va a influir lo que pensemos o digamos (sobre todo porque no sabemos de qué va esto porque la pelota está fuera de nuestro alcance), la idea que ha ido incrustándose en nuestro cansancio es la de que nos torean mientras ellos hacen lo que quiera que estén haciendo. Y ni me molesto en preguntar porque dudo incluso de si algún día -como tantas cosas- llegará a saberse.

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Pandora y los nacionalismos: Yo los acuso

La identificación con una sociedad es un sentimiento noble tan viejo como la Humanidad y tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso, que es el que surge de la incertidumbre del ser humano ante lo desconocido, cuando tiene conciencia del azar, el destino y sobre todo de la muerte; la identificación con los demás surte de la necesidad del otro para seguir adelante, de donde nacen la colaboración, la solidaridad y la memoria colectiva. Nunca hubo un grupo humano, fuera grande o pequeño, poderoso o desfavorecido, tribu, ciudad o estado, en el que ese mito de la transcendencia y ese sentimiento de lo común no hayan hecho su aparición. Esto, que en primera instancia funciona como defensa de la individualidad y del grupo, empieza a pervertirse cuando se busca el control absoluto sobre la comunidad y especialmente cuando, lo que nace como factor de cohesión y de defensa, se convierte en instrumento de dominio y ataque a otros colectivos. Es entonces cuando el sentimiento religioso se convierte en religión y la identificación con una sociedad en nacionalismo.
Pandoraaa.JPGGeneralmente han ido juntos, pero también suelen darse por separado, y en regímenes totalitarios expresamente ateos se sustituye una abstracción por otra, Dios por el Estado. Tan discutible es que España sea un todo inseparable como que sea un estado plurinacional, porque ambas percepciones pertenecen al terreno de lo abstracto, y para llevar a mucha gente a tales convencimientos se utiliza la repetición de mantras (verdaderos o falsos, eso no importa) sobre la economía, las tradiciones o la historia. Los sentimientos se apoderan entonces de cualquier razonamiento, y los números, que teóricamente son fríos e imparciales, pueden ser interpretados de una forma y la contraria sin variar un solo guarismo. El nacionalismo se maneja por los mismos mecanismos que la religión, y es como un incendio, que una vez ha prendido, resulta muy difícil apagar. Así que, quienes abren la caja de Pandora para nutrir sus intereses personales o partidistas deberían saber que resulta a veces imposible volver a meter al genio en la lámpara. Y vale tanto para nacionalismos aglutinantes como para los separatistas. El mundo se formula a base de percepciones, y es lo que se percibe, aunque no sea la realidad. Por ello es una grave responsabilidad la de políticos, activistas interesados, medios de comunicación y otros agentes cuando crean situaciones como la que ahora mismo nos ocupa y preocupa. Porque, como ya dije, fabricamos realidades con mitos, y los mitos son ficciones; los representamos con banderas de colores a veces no tan opuestos, que físicamente solo son telas, pero que se convierten en instrumentos muy peligrosos cuando se enarbolan contra ideas de los otros, porque una vez colocada la bandera en el mástil, el diálogo se hace cada vez más laberíntico. Lo más triste es que quienes han hecho salir las banderas (todas las banderas) de la caja tienen las espaldas cubiertas y sabían a qué jugaban. En una sociedad justa, ahora mismo tendrían que dimitir quienes en cualquiera de las instancias de ambas partes han propagado el incendio. En este punto, nadie tiene razón, porque todos desprecian lo que nos hace humanos: el pensamiento para razonar y la palabra para dialogar. Y como escribió hace más de un siglo mi tocayo Émile Zola,YO LOS ACUSO.