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Mujeres escritoras y otros debates

Desde 2016 se celebra el Día de las Escritoras, el lunes de octubre más cercano al 15 de octubre, fiesta de Santa Teresa. Podrían haber escogido otra fecha y como estandarte otra mujer, tipo Virginia Woolf o la griega Safo, pero, como la idea surgió en España, al final paramos en la tradición de siempre. Si la cosa iba de escritoras en nuestra lengua, Teresa de Ávila está bien, ya que en el seno de sus congregaciones enarboló la bandera de la igualdad de géneros, aunque tal vez yo habría pensado en otro tipo de escritoras, más conectadas con la vida real, como Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Carmen de Burgos, Rosa Chacel o María Zambrano, por no alejarnos demasiado. El caso es que en estos días se reivindica justamente la figura de la mujer en la literatura, y como suele ocurrir cuando una represa se desborda, a veces hay excesos, pero todo eso forma parte del movimiento que pretende que cada persona que se dedique a la literatura tenga el eco que merece su obra, independientemente de si es hombre o mujer.

No tengo la vitola para medir la calidad literaria de cada mujer u hombre que publica libros, sea literatura o ensayo en cualquier disciplina. Está claro que es impresentable que en una institución con la Real Academia de la Lengua, si quitamos el antecedente más político que técnico de doña María Isidra de Guzmán a finales del siglo XVIII, la primera mujer que formó parte de la RAE fue la escritora Carmen Conde en 1979. Es decir, solo en los últimos 40 años ha habido mujeres en una Academia centenaria, y desde entonces solo 7 mujeres han accedido a un sillón de los más de 50 que tiene la RAE. Como algunas ya han fallecido, podríamos decir que ahora mismo menos del 10% de los sillones de la RAE están ocupados por mujeres. La desigualdad es tan evidente, que como muestra basta recordar que la insigne y laboriosa doña María Moliner nunca entró en La Academia.

Y este es solo un botón, porque lo mismo podríamos decir de ilustres listados oficiales como el Cervantes, que ha concedido 43 galardones, ha premiado solo a 5 mujeres, de las cuales dos españolas. Desaparecieron sin ese reconocimiento escritoras tan imprescindibles como Carmen Martín Gaite, y resulta inexplicable que no lo haya recibido María Victoria Atencia una de las grandes voces poética de nuestra lengua, por poner solo un ejemplo. Cada año salían airados reivindicadores clamando por Juan Marsé, y ya empiezan a gritar por Javier Marías, pero no vi que nadie se preguntara por qué iba a morirse sin él nada menos que Ana María Matute, que al fin lo recibió, pero otra imprescindible, Carmen Martín Gaite se fue sin él, y a nadie pareció importarle.

La literatura de una sociedad es fruto de muchas manos, unas son reconocidas y otras no, y a veces, cuando los “olvidos” son continuados y diría que deliberados, uno piensa que al final se impone la literatura, que no importa que murieran sin el Nobel Borges y Onetti, o que de momento sigan negándoselo a Margaret Atwood. Ocurre por aquí con el Premio Canarias. Mientras los jurados estén compuestos mayoritariamente por anteriores galardonados, será un club privado en el que la literatura queda en segundo plano. Por ejemplo, la poesía tiene un largo y sólido recorrido en Canarias, pero hay que fijar las referencias, pues esa y no otra es la misión de los premios institucionales. Hace unas semanas, hablaba con gente que tiene menos de 40 años, lectores habituales de poesía, algunos poetas ya publicados e incluso galardonados. Les pregunté por sus referencias poéticas y saltaban varios nombres canarios de distintas generaciones, pero había dos que se repetían: Eugenio Padorno y Elsa López. Me sorprendió que algunos de los presentes creyeran que ambos eran Premio Canarias desde hace mucho tiempo, no concebían que no lo fueran, lo cual vendría a abonar la idea de que al final los premios no importan. Pero sí importan, porque son el espejo en el que se mira una sociedad, y que estos poetas no sean Premio Canarias quiere decir  que este galardón no está cumpliendo su principal objetivo.

Pues lo mismo sucede con las mujeres escritoras en general. No hay que sobrevalorar a las mujeres para cubrir cuotas; se trata simplemente de ser justos, que cada cual ocupe su lugar en razón de su obra y no de su sexo. Esa es una demanda justa porque, como se ha visto en los ejemplos que aquí se han mencionado, son demasiadas las veces en que se ha hecho exactamente lo contrario, minusvalorar la obra de las mujeres. El año anterior se distinguió por este motivo a la mencionada poeta Elsa López y este año el homenaje ha sido para Isabel Medina. Hay que visibilizar a las mujeres escritoras, y trabajar para que llegue un momento en el que no haya necesidad de recordar que el talento literario es independiente del sexo de quien escribe, porque será señal de que se reconocen  trayectorias literarias, sin más. Ojalá veamos ese día.

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Falsear la Historia, deshonestidad peligrosa

Siempre he pensado que hay que mirar al futuro, pero precisamente por eso es necesario no olvidar el pasado. El valor de la Historia es ese, conocer de dónde venimos y aprender de los aciertos y errores que  hemos cometido como sociedad. Pero para que eso se materialice de forma transparente y didáctica, hay que buscar siempre la verdad. Adulterar la Historia es como conducir sin espejo retrovisor, porque lo que vemos a través de él también afecta a lo que tenemos delante de nuestra mirada. Por ello, porque creo en que hay que avanzar, porque necesitamos todos los elementos que nos permitan hacerlo de la mejor manera, abomino de quienes falsean la Historia buscando su propio beneficio, porque la concordia, la avenencia y la unión como sociedad son incompatibles con el olvido, y es delito de lesa humanidad mentir adrede para generar crispación y violencia. Las cicatrices siempre estarán ahí porque son el resultado de nuestra memoria. Reabrir heridas con mentiras es de miserables.

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Es cierto que cada tiempo revisa la Historia desde sus propios parámetros, y los buenos historiadores no desprecian los contextos en que tuvieron lugar hechos acaecidos hace mucho tiempo. Si obviamos esos componentes, conoceremos los datos, pero nunca descifraremos el porqué. No se trata de justificar sino de entender. Con la historia no hay que ser equidistante, hay que ser honesto y veraz. Y si ya resulta complicado para historiadores honestos acercarse a una verdad absoluta si se manejan muchas fuentes -algunas interesadas-, más confusión se produce cuando se miente deliberadamente, si se reescribe la historia y, sobre todo, cuando se arma un edificio dialéctico que es puro sofisma porque prescinde de datos comprobados y crea una ficción con mala fe, asunto al que ni siquiera se atreven quienes escriben novelas históricas con honestidad, pues juegan con las circunstancias pero nunca alteran los hechos. Hay supuestos “historiadores” que hacen más ficción que Alejandro Dumas.

Vivimos tiempos en los que la demagogia se ha enseñoreado de los discursos de la derecha, omitiendo datos que son básicos. Cuando se habla de dar una sepultura digna a los asesinados que yacen sin nombre en cunetas, tapias de cementerios y otros lúgubres panteones del oprobio, sacan enseguida los también asesinados de su bando, y el argumento más frecuente es el de los muertos por las sacas de las cárceles republicanas que realizaron durante la guerra milicias fanatizadas del bando republicano, que terminaban con el fusilamiento en Paracuellos del Jarama. El más conocido de los asesinados fue Pedro Muñoz Seca, ilustre dramaturgo católico muy crítico con la II República, autor, entre otras obras, de La venganza de Don Mendo. Esos hechos ocurrieron, y otras atrocidades similares, ocasionadas por el odio irracional a cuyo origen no fueron ajenos los incendiarios y demagógicos discursos pronunciados desde tribunas supuestamente legítimas y respetables. Esa es la forma en que se gestan las brutales guerras civiles, en las que, con todo el horror que supone el enfrentamiento sin motivos personales de seres humanos que ni siquiera se conocen, lo menos maligno suele ser el combate de soldados contra soldados en un frente de batalla, pues a ambas partes se les supone posibilidad de defensa. Lo más brutal, satánico y aborrecible suele ser lo que ocurre lejos de las trincheras.

Por lo tanto, estamos en que hubo una guerra civil, pero esta acabó teóricamente el 1 de abril de 1939. A partir de entonces hubo un bando vencedor, y a los asesinados propios se les dio una sepultura digna. Pero no solo no sucedió lo mismo con los muertos del bando republicano, sino que los vencedores siguieron sus matanzas sistemáticas (en Canarias tenemos como paradigma la Sima de Jinámar), los encarcelamientos y la destrucción social de quienes tuvieron alguna participación política o militar en la contienda. Es decir, la guerra civil acabó en 1939 para los vencedores, pero no para los vencido, que fueron masacrados y perseguidos con saña durante años, hasta el punto de hasta sus hijos sufrieron el ostracismo de un régimen genocida. Si comparamos nuestra guerra civil con otras muy sangrientas, vemos que aquellas terminaron el día que se firmó la rendición del bando perdedor. Un ejemplo es la Guerra de Secesión norteamericana, en la que no hubo revancha contra los perdedores, y Lincoln decretó una amnistía para funcionarios y militares que estuvieron con los confererados, y que podrían haber sido acusados de alta traición. Hasta los más destacados dirigentes del Sur vencido, el Presidente de la Confederación Jefferson Davis y el comandante del ejército sureño Robert Edward Lee, a pesar de su rango militar anterior, pudieron rehacer sus vidas y tuvieron una vida civil sin represalias, incluso prestigiosa.

Por ello, cuando se reclama una sepultura digna para quienes fueron asesinados en esa larga noche de piedra que reflejara el gran poeta gallego Celso Emilio Ferreiro, no se miden magnitudes equivalentes con lo que ocurrió con los vencedores, cuyos muertos están todos dignamente enterrados y reivindicados. Así que decir lo contrario es falsear la historia, mentir, volver a generar odio desde los púlpitos. Parece que no han aprendido nada de la Historia, porque la desconocen o porque la tergiversan. Y el colmo de la miserabilidad es cuando encima convierten a las víctimas en verdugos, como ha ocurrido esta semana con las acusaciones terribles vertidas sobre Las Trece Rosas. No menciono al personaje que lo ha hecho ni el partido al que pertenece porque van a basar su campaña electoral en decir burradas y ocupar espacio mediático. El fusilamiento de las trece jóvenes pertenecientes a las Juventudes Socialistas fue en agosto de 1939, cinco meses después de acabar la guerra. Pura venganza. Por ello, mentir, falsear y revolver en la basura como hizo la semana pasada la Presidenta de la Comunidad de Madrid es jugar con fuego. Demuestran que en ellos sigue anidando esa España rancia, inquisitorial y vengativa, la que con triste acierto definiera Antonio Machado. Qué pena que haya quien siga creyendo en quienes tratan de sacar tajada del odio. Solo debería preguntarse -como botón de muestra- por qué alguien puede poner flores en la tumba de Pedro Muñoz Seca y no puede hacerlo en la de Federico García Lorca. Entonces tal vez entienda la justicia que busca la Ley de Memoria Histórica.

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Nuestro Ateneo de La Laguna

El fuego parece empeñado este año en  dañar nuestro patrimonio natural y cultural. Ahora arde el Ateneo de La laguna y se nos abre otra dolorosa herida. Porque el Ateneo es mucho más que un valioso edificio centenario ubicado en una ciudad que no es ajena a ningún canario de las siete islas, es memoria lagunera y un corazón que lleva más de un siglo latiendo por toda Canarias. Cuando he sabido que las llamas atacaban a la venerable institución, sentí que también ardía parte de mi memoria, porque El Ateneo  me ha acogido en muchas ocasiones, entre sus paredes he compartido palabras e ideas y, sobre todo, he aprendido de los demás. No es solo un edificio y una institución que se circunscribe a La Laguna, es un lugar espiritual que ha sido espacio de muchos momentos fundamentales en el devenir de Canarias, su cultura y su sociedad.

Hoy quiero compartir el dolor con la gente lagunera y con todas las personas que valoran un emblema de nuestra cultura, y me alegro de que, en la desgracia, no haya habido que llorar pérdidas humanas, aunque es muy humano lo que el fuego ha liquidado. Por las noticias que me llegan, gran parte del tesoro documental y artístico que alberga el edificio ha podido ser salvado, pero lo que nunca destruirá el fuego es la memoria colectiva de una entidad ejemplar.  Por eso estoy seguro de que el querido Ateneo de La Laguna seguirá siendo lo que siempre fue, un refugio para todas las libertades, y la primera la libertad de expresión. Queda mucho futuro.