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Nuestro Ateneo de La Laguna

El fuego parece empeñado este año en  dañar nuestro patrimonio natural y cultural. Ahora arde el Ateneo de La laguna y se nos abre otra dolorosa herida. Porque el Ateneo es mucho más que un valioso edificio centenario ubicado en una ciudad que no es ajena a ningún canario de las siete islas, es memoria lagunera y un corazón que lleva más de un siglo latiendo por toda Canarias. Cuando he sabido que las llamas atacaban a la venerable institución, sentí que también ardía parte de mi memoria, porque El Ateneo  me ha acogido en muchas ocasiones, entre sus paredes he compartido palabras e ideas y, sobre todo, he aprendido de los demás. No es solo un edificio y una institución que se circunscribe a La Laguna, es un lugar espiritual que ha sido espacio de muchos momentos fundamentales en el devenir de Canarias, su cultura y su sociedad.

Hoy quiero compartir el dolor con la gente lagunera y con todas las personas que valoran un emblema de nuestra cultura, y me alegro de que, en la desgracia, no haya habido que llorar pérdidas humanas, aunque es muy humano lo que el fuego ha liquidado. Por las noticias que me llegan, gran parte del tesoro documental y artístico que alberga el edificio ha podido ser salvado, pero lo que nunca destruirá el fuego es la memoria colectiva de una entidad ejemplar.  Por eso estoy seguro de que el querido Ateneo de La Laguna seguirá siendo lo que siempre fue, un refugio para todas las libertades, y la primera la libertad de expresión. Queda mucho futuro.

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Congresistas, ¿cuándo piensan hacer su trabajo?

Señoras y señores que en teoría custodian y administran la soberanía popular depositada en el Parlamento estatal y en las asambleas legislativas autonómicas:

Desde hace cuatro años, la política española está pillada en un bucle que una y otra vez repite las mismas situaciones e impide que se aborden los verdaderos problemas que tiene la sociedad. Se ha roto el histórico bipartidismo (viene desde hace siglo y medio, cuando se turnaban Cánovas y Sagasta), y los partidos nuevos se han metido en la misma dinámica, cuando creíamos que llegaban con otros modos de hacer política. Los parlamentos se prolongan en los medios de comunicación, y ya no se sabe dónde empiezan unos y terminan los otros. Han llevado a la realidad la ficción calderoniana de El gran teatro del mundo, en el que cada persona no es exactamente ella, sino el papel que decide o le obligan a representar. Tengo para mí, que, si la gente que se dedica a la política transitara de vez en cuando por los clásicos, tal vez entendería que la política, aunque está bien que tenga su puesta en escena, se refiere a la vida real, no a entelequias de las que hablan los políticos y sus voceros y que ni ellos saben definir.

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Dice la Constitución de 1978 en su artículo primero que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Es decir, que los 350 diputados y diputadas que se sientan en el hemiciclo de La Carrera de San Jerónimo tienen el mandato de generar leyes y gobiernos, por lo que pensar que tal o cual mayoría es más legítima que otra contraviene a la propia Constitución. Es cierto que el actual sistema se pensó para unos parlamentos en los que solían reunir solo dos partidos porcentajes de escaños que ahora no alcanzan ni la suma de las cuatro fuerzas mayoritarias. Y esa es la coartada, que no es tal, porque sean dos, cuatro o un número indeterminado de grupos, deberían seguir siendo 350 voces representativas y dialogantes, porque el propio nombre de la institución, Parlamento, invita a la palabra desde su recorrido etimológico e histórico. Enrocarse en posiciones numantinas es exactamente lo contrario de lo que debe primar en una asamblea representativa de una sociedad.

Esta situación que tiende siempre al bloqueo es motivo de acusaciones cruzadas. Se señalan culpables unos a otros, pero en realidad lo son todos, por cuanto siempre van delante los intereses partidarios y el eco mediático que palabras y posturas puedan tener, porque una sesión parlamentaria se alarga en horas y días de radio, televisión y prensa escrita. Y da vértigo escuchar con qué desvergüenza se cambia de discurso según se esté en el poder o en la oposición, lo que nos lleva a lo más profundo del refranero, pues no es lo mismo predicar que dar trigo, como bien desarrolla el psicólogo Francisco Gavilán, en su Guía de malas costumbres españolas, muy popular a finales de los años ochenta, porque, por desgracia, esto pasa también en la vida cotidiana, pues viene a resultar que quienes ocupan los escaños parlamentarios son fiel reflejo de la sociedad a la que representan.

En esta madeja en la que, unos por otros, todos parecen empeñados en que siga enredada, destacan claramente varios factores: los nacionalismos, la partitocracia, los lastres históricos y el personalismo. Los nacionalismos impregnan toda la actividad del Estado, porque si hace unos años era Euskadi la que determinaba gran parte de la vida política, ahora es el procés catalán el que está siempre al fondo. Y en este embrollo, sale de la madriguera el nacionalismo español, vestido de moderado, de obsesivo o de extremado. La agenda política estatal y muchas de las autonómicas están siendo marcadas por minorías que tienen una representación parlamentaria muy pequeña. Y no solo marcan, sino que bloquean. Los partidos, por su lado, parecen más empeñados en su propia supervivencia que en cumplir el objetivo para el que fueron creados y los lastres históricos de siempre han hecho galopar nuevos campeadores y Torquemadas que ven caminos al infierno por todas partes. El personalismo, el cuarto jinete, también galopa por las tribunas de los parlamentos y por el eco mediático que otros alientan. Parece ser que a algunos les conviene lo de “cuanto peor, mejor”. Pero eso no es lo que han dicho quienes han votado por las 350 delegaciones de poder popular.

Así que, señoras y señores que se sientan en el Congreso, sepan que a la ciudadanía nos importa más un pepinillo en vinagre que el futuro de su partido, los porcentajes de las encuestas y las letanías cansinas de sus discursos. Les hemos mandado resetear España, equilibrar la realidad con las leyes, ejercer las acciones necesarias para el bien del interés general… Entre esas acciones, es necesario que se apliquen para que haya un gobierno que saque a este país de la parálisis. Las antipatías interpersonales las arreglan ustedes en privado, los personalismos en el psicólogo y para los nacionalismos centrífugos y centrípetos se me abonan a la serie “Cosmos”, para que de una vez por todas se hagan una idea de la nimiedad de tiempo y espacio que controlamos en el Universo. Pues eso.

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La tribu de los cuerdos

Los resultados de las elecciones o las previsiones o especulaciones sobre las que se nos vienen encima no han resuelto las preguntas de siempre. Se supone que, en una democracia, las dudas se resuelven votando, pero resulta que luego los votos se interpretan según y cómo, de tal manera que a veces cuentan hasta las intenciones de los votantes. Y eso no puede saberse, solo son cifras, pues el sentimiento o el impulso de cada persona al depositar su papeleta o al decidir abstenerse es un arcano. Eso sí, luego está la sociología, pero ya sabemos que las ciencias exactas no existen.

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El palabrerío habitual en las campañas se ha convertido en un griterío que uno no sabe cómo digerir, porque, según se mire, si prestas atención y sigues la lógica interna de estos discursos, resulta que todos tienen razón; o al revés, todos tienen agujeros por donde cabe cualquier interpretación contraria. Y es que estamos inmersos en una fase muy curiosa, porque hay tanta información y a la vez tantas manipulaciones que ya no puedes fiarte de casi nada. Vemos cada día cómo noticias, fotografía y vídeos son falsificados o datados según conveniencia. Y conviven diversas maneras de ver el mundo, que van desde la ingenuidad hasta el delirio, y que podríamos agrupar de muchas maneras. Por ejemplo, así:

Conspiranoicos.- El mundo está dirigido por las grandes fuerzas económicas y políticas, y estas se reúnen periódicamente para diseñar estrategias de dominio, quitar y poner reyes y crear estados de opinión que favorezcan sus actuaciones.

Antiimperialistas.- Muy parecido al anterior, pero el centro de gravedad de estas decisiones está en Estados Unidos, más concretamente en Washington, y se ejecutan a través de las muchas agencias del gobierno federal de ese país.

Estándar.- La realidad es exactamente la que vemos en los noticiarios; ocurre de esa manera porque sí, y cualquier opinión o aclaración responde a intereses muy oscuros.

Revolucionarios.- Hay que cambiarlo todo, pero cada cual tiene en su cabeza su propia revolución, y es fácil que piense que la del otro es fascista, comunista o entreguista al poder. No hay acuerdo.

Utópicos inactivos.- Entramos en la Era de Acuario y las tensiones actuales son las propias de un cambio en el que va a haber paz y amor. Todo se arreglará en cuanto se produzca determinada alineación planetaria.

Espirituales.- El mundo se mueve por fuerzas superiores a las que hay que ligarse (re-ligare: religión), y desde el Yin y el Yang hasta los millonarios predicadores televisivos, hay toda una gama de estadios de práctica, culto, meditación o mera creencia.

Esotéricos.- Hay unas sociedades secretas que son las que impulsan y detienen los procesos. Coexisten masones, iluminatis, rosacruces, realianos y otras minorías, algunas de las cuales se creen “los elegidos”, donde no son descartables teorías surrealistas, fantásticas o delirantes en las que se agarran de Einstein para explicar la curvatura del tiempo y la relatividad del espacio, además de conexiones incluso con fuerzas alienígenas. No es un comentario humorístico, hay más gente de la que pensamos que cree ciegamente en este tipo de discursos, que a veces están tan bien construidos que penetran apenas se baje la guardia, sobre todo cuando las situaciones personales son complicadas.

No me inscribo en ninguna de estas corrientes, porque soy racional pero no ingenuo, pero sí está muy claro que todos estos mundos paralelos están alentados para distraer la atención de aquellos que son inmunes al fútbol y a los realitys (Noam Chomsky dixit). También se pudiera decir que los “no inscritos” formamos otra familia que nosotros suponemos que es la tribu de los cuerdos, pero que los de otros grupos suelen tildar de ignorantes, desinformados o las dos cosas. Y quién sabe si tienen razón. Pues eso.