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Fútbol, meteorito o tsunami

 

El poeta romano Juvenal criticó las prácticas del poder para tener el apoyo o al menos la indiferencia del pueblo. Daban o vendían a muy bajo precio comida a los más pobres y les celebraban jornadas de entretenimiento en el circo. Ese sistema populista fue utilizado durante siglos, pues sabemos que lo hicieron muchos, desde Julio César, que regalaba trigo, hasta Aureliano que daba pan directamente. Hoy, el entretenimiento es una industria muy poderosa, pero no es gratis, aunque los poderes económicos la mantienen en gran parte a través de la publicidad, que finalmente acaban pagando los consumidores porque forma parte del precio del producto, no de su valor.

Hemos llegado a la apoteosis en los últimos años con el fútbol. Las cifras se han disparado porque el negocio y el rendimiento mediático es extraordinario, y como muestra recordemos que hace un par de décadas hubo un gran escándalo porque un poderoso club español pagó por el traspaso de un jugador croata una cantidad que entonces se antojaba estratosférica, y que le asignaba un salario insultante, que no era ni la décima parte de las millonadas que se pagan hoy y a todo el mundo le parece normal. Da vértigo escuchar que en una población decenas de miles de personas hace una celebración porque su equipo de fútbol ha ascendido a lo que llaman División de Plata, y en otra docena de ciudades se preparan fastos similares, porque no es solo esa reiteración madrileña (Liga y Champion) de concentraciones y desfiles por plazas y estadios, es una orgía de bufandas y despendole general. Pan y circo, este año ha ocurrido en Tenerife y también pudo haber ocurrido en Gran Canaria. Eso, aunque procede del fútbol, nada tiene que ver con el juego, es la utilización política y económica que se hace antes y después del tiempo que dura un partido.

 

Estamos saturados de ascensos, descensos, ligas, copas, eurocopas, euroligas, mundiales y campeonatos varios que mantienen el balón rodando de forma permanente, hasta el punto de que, si nuestro paisano, el ingeniero Agustín de Betancourt, quien, mientras hacía grandes obras para el zar Alejandro I de Rusia, se obsesionaba con la máquina del movimiento continuo, habría encontrado la respuesta en una sola palabra: fútbol. Esas gestas deportivas se celebran con un recorrido glorioso por la ciudad, como se homenajeaba a los generales romanos que regresaban victoriosos de una gran batalla, para que el César los coronase de laurel en las escalinatas del Capitolio entre los vítores del pueblo. Ahora, quien hace de César suele ser quien ostenta el poder en la zona. Ya no se trata de un deporte sino de acumular copas en vitrinas, establecer ránkings, vender camisetas. Nada que tenga que ver con el deporte del balompié en sí mismo.

 

Otra vez tenemos dos canarios en la Selección Nacional, y si nos agarramos a cualquier estupidez esotérica, se necesitan esos dos canarios para ganar campeonatos. Los grandes triunfos reciente de la Selección tuvieron como participantes a Silva y a Pedrito, tres copas enormes que se trajeron hace casi dos décadas. Desparecieron los canarios y con ellos los campeonatos, hasta que irrumpieron en la lista de seleccionados Pedri y Yeremi Pino, la dosis de canarios que necesita La Roja, y ya se ha hecho con una Eurocopa hace dos años. Otra cosa es que el fútbol ya es cada vez más negocio y menos deporte, lo que puede acabar con él, porque es posible que estén matando la gallina de los huevos de oro. Ya no es posible para muchos viajar fuera para seguir el fútbol, como se ha hecho siempre con equipos y selecciones. Se han vuelto locos con el dinero, y tanta avaricia acaba siempre rompiendo el saco.

 

Tampoco entiendo que se presenten en las tribunas de los estadios jefes de estado, primeros ministros, alcaldesas y otras magistraturas, como si no tuvieran tareas más urgentes y provechosas para el interés general que gastarse un dineral a nuestra costa para acudir a un partido de fútbol. Y luego se extrañan de la desafección hacia la clase política. Si Juvenal anduviese por aquí, ratificaría su crítica, cambiando el circo romano por la adrenalina y la competitividad inducida alrededor de un deporte, que es muy bello cuando se juega bien, pero que debiera acabar cuando el árbitro pita el final del partido. Pero claro, eso no es negocio ni tiene utilidad política y económica.

 

Ahora nos sobrevuela el Mundial de 2030, en el que probablemente se juegue algún partido en Gran Canaria. Aparecen los millones rápidamente y cada día una cifra más potente para reformar el Estadio. Mucho movimiento comercial relacionado con el Mundial tendría que haber para empatar con el gasto que se hace, y la cantinela siempre es la misma, crear imagen exterior porque el turismo nos da de comer. Me gustaría saber cuántas personas de las que vieron el último partido de España recuerdan en qué ciudad se jugó, si lo único que se ve durante dos horas es el rectángulo de juego y poco más. Y si no somos capaces de saber en qué estadio o ciudad juega España, menos nos importa la cancha en la que juegan Egipto, Francia o Brasil. De manera que no veo el rendimiento para la isla, porque un campeonato así podría celebrarse en una sola ciudad con varios campos porque lo que genera los mayores ingresos es su pase por televisión.

 

Pero es de suponer que el negocio de los Mundiales no está solo en los partidos de fútbol, puesto que hay un pre y un post, y hoy todo se mide en dinero. El pan y circo de los romanos hoy se traduce en fútbol y otras competiciones que nos dicen que son deporte, festivales más o menos forzados, festejos varios sin una justificación seria y todo ello bien apuntalado por su proyección mediática que se sostiene con la publicidad y los impuestos. Es decir, el pan y el circo también los paga el pueblo. Está claro que algo no cuadra, si es que no falla todo.

 

Por otra parte, en Canarias, este año ya hemos tenido de todo. Pero ya se acabó la liga, pasó el Orgullo, se fueron las primeras figuras de la música pop del Estadio de Gran Canaria, el Papa de Roma no va a volver en un par de siglos y falta medio año largo para los Carnavales. Y con esa magua, el alcalde de Santa Cruz de Tenerife ha expresado su deseo de que nos visiten la Premio Nobel de la Paz venezolana María Corina Machado y la primera ministra italiana Giorgia Meloni, lo que tal vez se pueda explicar su enroque en el asunto de la escultura erigida en la confluencia de Las Ramblas y la Avenida de Anaga. El fútbol no es novedad, siempre está ahí. Lo mismo ya toca el meteorito, aunque con estos calores, mejor el tsunami; es más fresquito.

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