Me gusta el fútbol, pero no soy un futbolero. Es un juego-espectáculo muy interesante, y también deporte, pero solo para quienes sudan la camiseta, y puede ser el centro de la atención de millones de personas a través de los medios de comunicación de masas, que los modernos de los setenta denominaban “mass media”, y al menor despiste te colocaban aquella frase de Herbert Marshall McLuhan que decía que el medio es el mensaje. Ya nadie habla de los mass media, y, chacho, era un nombre muy fardón, porque encima estaba en inglés. No lo mencionan, pero el filósofo canadiense, fallecido en 1980, solo con sus trabajos sobre prensa, radio, televisión, cine y libros, pues todavía no habían dado sus frutos el desarrollo de la informática y el salto de la electrónica, vio venir lo que ahora sucede en esta Sociedad de la Información (raro, raro que no haya un anglicismo para nombrarla, cuando los hay para todo).

Y gracias a esa capacidad de penetración de todos los medios, hoy el Mundial de fútbol es el gran acontecimiento, y medio planeta se preocupa por una decisión del VAR en un partido muy lejano o en cómo van los distintos ránkings, porque esos medios tecnológicos permiten controlar los pasos de un futbolista, la velocidad de un balón o cualquier otra circunstancia que se mide en milímetros, segundos y récords. El gol más tempranero desbancado por otro por 2 segundos, el número de pases o los rescates sobre lo que se hizo en el pasado, fuesen goles, faltas o remontadas. Hace unas décadas, se sabía que un equipo había jugado mejor “a ojo”, pero hoy nos dicen los metros que ha corrido cada jugador y hasta los kilómetros que ha recorrido el coche de una prima del árbitro.
Quien gana no piensa en lo esquiva que es la suerte, y por el contrario quien pierde ve trampas de la suerte por todas partes. Todo puede depender de que una bota golpee el balón con un grado de más o de menos de inclinación y por eso entre en la portería, dé en el poste o se vaya fuera. Y ese grado de inclinación de la bota convierte a quien la calza en héroe o villano. Por eso, siempre digo que los partidos para mí abren cuando empieza a rodar el balón, y cierran cuando el árbitro pita el final. Si veo algún partido, que no siempre estoy de humor para aguantar peloteos aburridos, es por interés personal, no porque quiera ver qué hace este o aquel jugador. Quiero que gane la UD Las Palmas y la Selección Española, por simple cuestión geográfica.
Entiendo lo de la tribu que nos queda en los ancestros psicológicos, y por eso voy con el equipo de mi barrio, mi ciudad o mi país. A mí un partido entre Francia y Argentina en un Mundial me interesa muy poco, de hecho, esa final de Catar de 2022 no la vi. Pero sí el partido entre España y Argentina, y por supuesto, iba con España. Pero que haya ganado me afecta lo mismo que si hubiera perdido. El partido acabó el domingo por la noche, y todo el jaleo multitudinario del regreso de los triunfadores me pilla en fuera de juego. Ya dije que no soy muy futbolero, pero sé lo que es un fuera de juego, un caño, una plancha y una chilena, y me encantan las historias que hay alrededor del fútbol… Es que, en realidad, me encanta cualquier historia.
Ese montaje y esfuerzo que cuesta millones y produce más millones no significa nada, y no tiene relación con el nivel de vida, pues países muy fuertes como Alemania o Francia han sido campeones, y otros como Japón o Estados Unidos no. Y pasa lo mismo en países menos poderosos, porque Brasil y Argentina sí, pero Egipto o México no. Y da que pensar que haya dinero para que Haití vaya al Mundial y no para salir de la pobreza. Es como si se hubiese perdido la capacidad para valorar los hechos, pues los medios abren sus noticiarios con algo relacionado con un jugador estrella del Mundial y un poco más tarde hablan de las bombas que están cayendo en todo Oriente Medio. Los muertos en lugares como Sudán del Sur, Congo o el sureste asiático hace semanas que no existen. Ni un segundo de atención, horas y horas debatiendo si un árbitro debió sacar tarjeta roja a un jugador y ni una palabra sobre el drama del ébola en el centro de África.
Es decir, el mundo es de una manera y los mass media nos lo muestran de otra, porque al final el mundo es como lo percibimos, o hacen que lo veamos así, que fijemos la atención en lo intranscendente y ni nos enteremos de lo importante. Pues va a ser verdad que el medio es el mensaje, que dijo McLuhan. Hoy he ido a renovar el pasaporte, por si hay largarse, aunque a la hora de la verdad, entre que vivimos en unas islas lejanas y que el mundo está como está, lo de tener el pasaporte en regla es un mecanismo de defensa mental, porque en realidad, en caso de emergencia, ni se puede salir corriendo porque todavía los mortales no podemos caminar sobre las aguas, ni se me ocurre un lugar seguro en todo el planeta hacia el que correr.
Los días siguientes a un evento de esta incidencia general suele darse una de estas dos situaciones: una gran alegría colectiva, como sucede estos días en España, lo cual es muy bueno porque hay que agarrarse a todo lo que produzca alegría. La segunda opción es que cuando se pierde una final, Cuando esto ocurre la gente está de mal humor, aunque se haya conquistado el subcampeonato. Es curioso que si quedas segundo es una catástrofe; entonces pienso en el ánimo que tendrán hoy los habitantes de los países que no pasaron la primera ronda, si quienes se quedan segundos de 48 están destrozados. Pero no hay un ambiente de gran derrota si te eliminan a las primeras de cambio, pero sí cuando estás al lado de la gloria y no llegas a tocarla. Aunque Argentina es un país que quiero y admiro, después de la marrullería que derrocharon sus jugadores con la permisividad del árbitro, creo que, si mucho celebro la victoria española, más me alegro de la derrota argentina. Con los amigos y hermanos se compite a fondo, pero con deportividad. Hay que saber ganar y saber perder. Lo siento mucho y acabo, que tengo costura; voy a bordarme la segunda estrella en la camiseta.



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