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Mudanzas, tribulaciones e imbéciles

 

Escribió San Ignacio de Loyola que en tiempos de desolación no hay que hacer mudanza, aunque luego alguien cambió la palabra desolación por tribulación, cuando es obvio que no es lo mismo la devastación y la ruina que equivale a la primera que la angustia o la desdicha que es la segunda. El caso es que el fundador de los jesuitas aconsejaba no hacer cambios cuando las cosas no están claras. Es obvio que, creyente o no en sus ideas religiosas, hemos de convenir que el de Loyola fue un hombre inteligentísimo y con unas habilidades sociales que aún hoy se proyectan en sus sucesores, razón por la cual no han gozado de muchas simpatías en el Vaticano de los últimos 500 años.

 

 

Para empezar, si cuando hay problemas (sean desolaciones o tribulaciones), nos aferramos a dejar las cosas como están, nunca se producirían cambios y por lo tanto habría sido como ponerle pausa a la evolución de la Humanidad. Se me podría decir que los cambios han de hacerse en tiempos de bonanza, pero en estos, si es que alguna vez alguien pensó que lo eran, no iban a hacer cambios, porque lo que funciona no se toca. Ya diría Einstein más tarde que si queremos obtener resultados diferentes no podemos hacer siempre lo mismo. Es decir, los grandes cambios se producen y nunca se acaba de saber muy bien por qué. La gracia es que, después de muchas tiranteces y que incluso durante la Ilustración el Papa disolviera la Compañía de Jesús, ahora mismo es un jesuita el que se calza las sandalias del pescador. Lo que es evidente es que los conflictos de los jesuitas con los estados y con la Iglesia Romana tienen casi siempre su base en que a sus componentes les daba por pensar, y se metían a hacer cambios. Es decir, que se pasaron una y otra vez las normas del de Loyola por el arco del triunfo, y muchas veces fueron vistos como los nuevos Templarios, porque han llegado a alcanzar en algunas épocas enormes cotas de poder, y eso al Vaticano y a las coronas europeas no les gustaba (salvo a la zarina Catalina de Rusia, que los protegió).

 

 

Vivimos tiempos de desolación y por consiguiente de tribulación, de eso no hay duda. Y empezamos a no entender la lógica que se aplica aquí, en Madrid y en todo el planeta. De manera que nos asaetean con conspiraciones que ya habrían querido dirigir los jesuitas expulsados de España por Carlos III, organizaciones secretas y revoluciones cósmica por todas partes. Los adivinadores e intérpretes de la realidad y el futuro están forrándose a costa de la ignorancia y la desesperación. Hoy se lee todo, desde las mancias tradicionales como la lectura de las manos, las cartas o los posos del café, a otras más peregrinas o exóticas, como la suelta de cangrejos en una cesta o cualquier otra manera. Hay quien hasta lee las nalgas. No es raro que tengan nutrida clientela en un mundo en el que los y las llamados “influencers” tienen legiones de abonados, que siguen sus consejos sobre asuntos médicos, económicos o psicológicos sin haber pisado nunca siquiera el vestíbulo de una universidad. Estamos en la era de la ciencia infusa. Las consecuencias suelen ser catastróficas.

 

 

¡Ah, y los extraterrestres y seres de otras dimensiones!  No es una novedad la teoría de que los alienígenas anduvieron por aquí en tiempos remotos, o que incluso continúan infiltrados entre nosotros quitando y poniendo reyes y llevando a la Humanidad a donde ellos quieren. Libros, películas y documentales de canales supuestamente serios se nutren de renombrados investigadores que aseguran que las pirámides eran generadores eléctricos o que los mayas o los sumerios hablaron directamente con astronautas de otros mundos, que confundieron con dioses por sus extraordinarios poderes. No solo refutan toda la ciencia histórica y los trabajos arqueológicos, sino que directamente los desprecian y los tienen como parte de una gran conspiración de silencio en el que han estado y están todos los gobiernos del mundo (pronto nos enteraremos de todo, seguro que Milei acabará largando). Es más, los hay que aseguran que hombres singulares como Leonardo Da Vinci o Nicola Tesla tenían contactos estelares (incluso hay quien afirma que estas figuras eran extraterrestres o híbridos).

 

 

Lo paranormal manda, y a veces me sumo a lo de las conspiraciones porque tratan de explicar hechos históricos con insinuaciones esotéricas que podrían exonerar a los culpables en las conclusiones que saquen los desprevenidos. Se especula, por ejemplo, con Federico García Lorca, al que convierten en cinco minutos en una especie de chamán adivinador y casi en un ángel exterminador, porque toman unos versos en los que habla de su propia muerte. El misterio del asesinato de Lorca nada tiene de paranormal; todo el silencio cómplice o miedoso que rodea su muerte es el fruto deseado por los asesinos, no otra cosa. Se dijo, como gran ejemplo del misterio, que, aunque Lorca habló muchas veces para las cámaras de cine y para los fonógrafos, no se conserva ni un solo registro de su voz. Eso no es un misterio, se trata de la concienzuda limpieza que trató de hacer el franquismo de una voz que sonaba muy fuerte y en contra. Lo raro es que aún haya películas mudas y fotografías, tanto era el odio que atrajo el gran Federico. Por eso me parece indignante que se trate de convertir en un hecho esotérico algo que fue, ni más ni menos, que un vil asesinato, meditado con saña porque temían que Federico, incluso después de muerto, fuese un catalizador de la rebelión.

 

 

Y así andamos, como en una de las variadas versiones del viejo proverbio, dicen que judío: «No te acerques a una cabra por delante, a una mula por detrás y a un imbécil por ninguna parte». Y eso es lo que quieren, que nos volvamos imbéciles, porque como tales nos tratan.

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Etiquetas, mentiras y totorotas

 

Son tantas las cosas que suceden a la vez, las tonterías a las que lo medios le dan rango de histórico o los hechos importantes que pasan desapercibidos, tantas las mentiras que tragamos como manjares, mientras ponemos en cuarentena verdades como puños, que, si nos descuidamos, nos volveremos locos, a menos que tengas un sentido del humor muy entrenado o un equilibrio mental a prueba de bomba. Esta semana, el festival de disparates ha ido más lejos que de costumbre (que ya es bien distante), y no consigo centrarme en un asunto, porque no sé si merece la pena devanarse los sesos con uno de ellos, o pasar por encima y seguir viendo los telediarios como si fueran verdad. Tampoco sirve para mucho, aunque saco de ahí la miseria moral de las bombas sobre gente inocente, las hambrunas que se usan como arma política, la degradación del planeta o la ineficacia general de cualquier institución política canaria. Y paro de contar porque empieza a aumentar el diámetro de mi cráneo y puede estallar en cualquier momento.

 

 

Por ejemplo, las redes sociales están llevando al paroxismo agresiones que hacen mucho daño, y como se trata solo de pulsar mensajes, se producen con una crueldad terrible. Hay una serie de ideas que parecen estar aceptadas por el inconsciente colectivo. Y si no, comprueben: los bajitos tienen muy mala leche, los gordos son unos bonachones, los delgados son muy estrictos, las rubias son tontas, los altos son elegantes, las delgadas tiene estilo, los funcionarios son muy tiquis-miquis… Etiquetas que acaban generalizándose y resulta que son falsas, porque conozco a rubias muy inteligentes, a funcionarios muy amables, a delgadas sin estilo o a flacos relajados. Hay de todo, y la profesión, el color del pelo, la altura, el peso, las creencias o cualquier otra circunstancia permanente o transitoria no es un indicativo del carácter, la manera de ser o la imagen de las personas.

 

Si tienes los dedos finos y largos dicen que tienes manos de pianista, guitarrista o músico, y todos recordamos cómo las enormes manos contra catálogo del prematuramente desaparecido timplista José Antonio Ramos acariciaban con talento, maestría y agilidad los trastes del pequeño instrumento. Si seguimos esas ideas preconcebidas, ¿qué podríamos decir de alguien que es bajo y gordo? ¿Que es bonachón por el peso o que es una hiena por la talla? Hay altos elegantes y bajos también, y de igual manera los hay de todas las estaturas que no lo son. Y lo mismo podríamos decir de otras etiquetas que suelen achacar violencia, ternura, tacañería, generosidad o paciencia según el lugar de procedencia, la religión o cualquier otra característica. Que una persona sea castaña o pellirroja, de Polonia o de Bolivia, trabaje en la sanidad o el comercio, mida o pese más o menos, no la define, y por eso a la gente hay que tratarla de forma individual. Ya lo dice el refrán: «Cada persona es un mundo y cada doce una docena». Pero eso era antes, ahora primero disparan y luego piensan.

 

En el mismo listado que organismos internacionales o estatales han ido poniendo fechas para recordar asuntos importantes para la convivencia, la salud, la cultura o cualquier otro aspecto importante de nuestra vida en común, aparecen días señalados, incluso internacionales, dedicados al tequila, al chiste, a la tapa o la cerveza, que se igualan en el ránking con aquellos que llaman nuestra atención sobre asuntos tan graves como la trata de seres humanos, el Alzheimer o el racismo. Bien está que se reivindique que se pueda llevar el perro al trabajo, o que haya gente que encuentre importante promover la broma, pero eso no debería estar mezclado con asuntos como el cáncer, el comercio de armas o el agua potable como elemento vital. Ya se celebra el Día más triste del año, porque sí, y lo que se consigue con esto es que las cosas verdaderamente importantes queden diluidas en un cajón de sastre en el que tienen el mismo rango que los días dedicados a la croqueta. Si no ocurre un milagro que nos despierte de esta hipnosis colectiva, habría que proclamar no el día, la semana, ni el año, sino el Siglo Internacional del Totorota.

 

Para reducir la circunferencia de mi cerebro, invoco a los grandes poetas de siempre, que, con su absurdo oficio construido con imágenes imposibles, me ayudan a mantener la cordura. Tagore escribió: «No debes llorar por el Sol porque las lágrimas te impedirán ver las estrellas». Atahualpa Yupanqui cantaba: «En esas anochecidas, / llenitas de oscuridad, / a ‘naide’ le ha de faltar / una estrellita prendida». Los chinos dicen que todo hombre es capaz de ver en el cielo tantas estrellas como días vivirá. Espronceda hablaba con el Sol, Buenaventura Luna con el satélite de su nombre, Agustín Millares con las estrellas y Bécquer comparaba la sonrisa de la amada con el cielo. El hombre, desde su más íntima expresión transcendente, a donde primero mira es al cielo, porque venimos del cosmos y acabaremos siendo polvo cósmico. La poesía de los astros y el firmamento no es una cursilería, es la constatación física y real de la pequeñez del hombre en la infinitud del tiempo y el espacio. Cada vez que sabemos de un meteorito o de una lluvia de estrellas debemos recordar que nosotros también estamos compuestos por leve materia de cometa envuelta en vapor de agua. Y lo olvidamos siempre. Feliz semana.

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La coctelera

 

Ante lo que está sucediendo en Palestina ya casi no queda nada por decir. Por eso no he dicho nada. Es tan flagrante el genocidio y tan vil la hipocresía de la comunidad internacional, que no hay palabras en ningún diccionario siquiera parecidas a semejante torre de mentiras. Y ya que hablamos de torres, da vergüenza cómo una y otra vez se alude al terror acaecido en la Torres Gemelas, como si no fuese el mismo terrorismo el que arrasa hoy y de manera continuada al pueblo palestino.

 

 

Choca una avioneta en un poste, y tienes a todos los informativos interrumpiendo emisiones para dar espectáculo. Pero las muertes sistemáticas de inocentes en la Franja de Gaza son casquería y no interesan. Qué vergüenza. En estos momentos se echan muy de menos voces muy importantes que ya no están, como mi entrañable amigo Carlo Yuma, mi admirado Rafael Morales, el profético José Saramago, y otros amigos y amigas que se niegan al abuso, a la mentira y a la vergüenza. Aunque no los conozca son mis amigos. El mundo entero está lleno de gritos contra la barbarie decretada por el Gobierno de Israel, y finalmente escribo, pero nada nuevo tengo que añadir más allá de mi dolor ante tanta estulticia.

 

 

La hipocresía del mundo, que baila el agua a Norteamérica, es espeluznante. Retiran del mercado un modelo de muñeca Barbie porque por lo visto daña la imagen de los judíos, pero no retiran a Netanyahu, que ese sí que da mala imagen a los israelíes que quieren vivir en paz. Se me erizan los pelos cuando escucho la palabra patria, porque inexcusablemente conduce a la guerra. Las patrias solo existen para matar y morir por ellas. Alguien ha dicho que la tercera guerra mundial será un choque de civilizaciones; pues ya la hemos empezado, y la verdad es que la mayoría de nosotros no sabe en qué lado está.

 

 

Yo no soy antisemita, ni antiárabe, pero sí que soy anti-Netanyahu, anti-Biden/Trump y anti-Hamás, pues no olvido lo ocurrido el 7 de octubre pasado, porque no puedes violarse todos los derechos (también el derecho a la vida), y el martirio permanente del pueblo palestino no es justificación. Por eso hay que llamar a la acción como un acto de terrorismo, que encima funciona como espoleta para que Israel lance toda su ira contra civiles inocentes. Y aunque me tilden de loco, yo digo que hay gato encerrado, hay demasiadas cosas inexplicables, porque no cuadran las acciones y las posturas de los dirigentes actuales.

 

 

También es verdad que tampoco tenemos grandes lumbreras, aunque no sé si eso serviría cuando el planeta parece volverse loco, y tener a un Roosevelt, un Churchill o un Mandela tampoco ayudaría (ya sé que no invoco mujeres, pero Margaret Thatcher o Golda Meir tampoco creo que irían más allá). Seguramente muchos de nosotros no viviremos lo suficiente para saber qué está pasando realmente, pero nuestros biznietos sabrán un día la verdad, como hoy sabemos lo que pasó con el acorazado Maine al comienzo de la Guerra de Cuba o con la conspiración que acabó con el Archiduque Francisco Fernando, que fue la chispa que prendió la guerra de 1914. Eso si le quedan al mundo algunos minutos de prórroga.

 

 

Todo es una gran mentira, pero es real que Palestina necesita más que palabras. Los pueblos de Occidente tienen que ser conscientes de lo que ocurre. Es que seguimos bailando la raspa que tocan para distraer, anteayer Taylor Swift y su irracional espectáculo, luego una Champions de fútbol, después unas elecciones europeas en las que parece que se juega la presidencia de la Generalitat lo mismo que en las elecciones catalanas lo que estaba en juego era La Moncloa (la cosa ahora va así). Ya sufrimos Eurovisión, pero queda una Eurocopa y más tarde unos juegos olímpicos. Hay distracción a mansalva, y no sabemos qué conejo sacará Sánchez de la chistera o qué extraño juego armarán jueces, fiscales o mandatarios extranjeros. Lo mismo afeitan de una vez a la mujer barbuda.

 

 

Queda pendiente saber qué va a pasar con el asunto Rusia/Ucrania. Entiendo que darle 1.100 millones de euros en armamento a Zelenski y permiso para usarlo racionalmente (matar flojito supongo que es eso), es una forma de aplacar el mosqueo de la UE y USA por haber capitaneado con otras dos naciones el reconocimiento de Palestina. Todo el mundo se cabrea con todo el mundo, por lo que sea, aunque un amigo vasco me ha hecho notar que, a pesar del discurso majadero alrededor de ETA, el PP deja terminar sin interrupciones las intervenciones del PNV en el Congreso. Debe ser que sabe perdida toda esperanza con la vieja CiU catalana, y sumar 176 diputados es el sueño dorado del líder de la derecha. Como todo se está liando de manera ilógica, es posible que el PP llegue a La Moncloa como consecuencia de la renovación de cargos en mi comunidad de vecinos. Ya toca, y quién sabe qué consecuencias puede tener incluso en Islandia. Es como si compras un cupón de la ONCE y te tocan los euromillones. Esto es una coctelera.