Solsticio, Manolete y la madre de Islero

 

Todos creen que a Manolete lo mató en Linares un toro que se llamaba Islero, pero continuamente aparecen candidatos a ser los culpables de su muerte. Hagan memoria y verán que, en las últimas décadas, la lista de posibles criminales o conspiradores para acabar con el torero es enorme, da igual que la fecha oficial de la cogida mortal fuese en 1947 y que acusados vinieran de siglos anteriores, o al revés, que los candidatos ni siquiera hubieran nacido. Ahora mismo hay varios nombres que opositan al título. Con tantos criminales, conspiradores y pregoneros, la muerte de Manolete es la más inevitable de todas, pues nada es imposible en un país en el que ha habido un generoso desfile de conspiradores, absolutistas, intrigantes, inquisidores, déspotas y maquinadores incansables. Es lo normal en una sociedad que tal vez presume demasiado de cosas que otros ocultarían. Sin ir más allá de Manolete, era costumbre matar a la madre del toro que hería de muerte a un torero, de modo que esa madre vacuna sufrió tan arbitrario destino. No parece que nadie se avergüence de ello, pues en la sevillana plaza de toros de La Maestranza se exhibe orgullosamente la cabeza ósea de Islera, la vaca que parió a Islero.

 

 

En este solsticio de verano, resuenan en la bóveda de la memoria colectiva palabrones como dignidad, justicia, decencia y otra docena que vienen a significar lo mismo: nada. Y es así porque encubren intereses, manipulaciones y un saqueo inmundo que no parece importar debido a la ignorancia programada de una sociedad que no se respeta a sí misma. Los partidos políticos hacen y deshacen a su antojo, los poderosos conforman una especie de aristocracia del dinero, que finalmente es aceptada por esa sociedad que, por barrios, acaba justificando sus desmanes. Infamias que, aunque armen mucho ruido mediático, se quedan en eso.

 

No hay consecuencias, nada cambia, y cuando algo se mueve es a peor: el cielo por techo, abandono de los ancianos, exilio de la juventud, salarios de miseria… Y siguen hablándonos de dignidad, justicia y decencia los mismos que recortan derechos y hacen el Robin Hood al revés, hasta el punto de que ya no sé dónde van a guardar tanto dinero. También les encanta la palabra patria, que a estas alturas debe de ser lo mismo: mucho ruido y más indecencia, más injusticia y mayor indignidad, con el aplauso de los siervos educados para besar la bota que cada día les da una patada en el culo.

 

La lógica dice que así no funciona el binomio causa-consecuencia. Tal vez lo explique la tendencia humana hacia la fascinación. La mayor parte de las personas pueden sentirse atraídas de manera irresistible por algo, que puede ser real o engañoso. Puede pasar en ciertos momentos de la vida, y a veces ese momento se alarga hasta el punto de que, en algunos casos, ocupa muchos años o incluso la vida entera. Es una especie de adicción mental que abarca todo lo que nos rodea, incluyéndonos a cada uno. Francis Scott Fitzgerald estaba fascinado por la riqueza, lo que se trasluce en su novela El Gran Gastby; para él los ricos eran una especie de aristocracia elegida y respetable porque así se había establecido por una combinación morganática entre sociedad y naturaleza. Esta idea enlaza con una manera de pensar parecida que expresaba Cervantes en sus cartas, y en lengua germánica Goethe, que se debatía entre su amor por su patria alemana y su admiración ilimitada hacia Napoleón.

 

Esa fascinación por el poder no es una rareza, y no me refiero a quienes se arriman al sol que más calienta para medrar, sino admiración en sí misma de alguien que no necesita del poder para ser reconocido. Un arquetipo es Gabriel García Márquez, abducido por el propio concepto de poder, deslumbramiento que él mismo admitió más de una vez. Luego está la fascinación hacia uno mismo, que se iguala con la perfección en la valoración propia; son adorados y desprecian esa rendición ajena porque en realidad lo que les colma es la perfección que creen poseer, lo cual a veces se acerca a la verdad. Es el caso de Herbert Von Karajan, a quien el aplauso y el halago le importaban poco, porque sabía lo que hacía cada noche en el escenario; o esa vida fugitiva hacia el anonimato de escritores muy celebrados, como Thomas Pynchon o Juan Rulfo, aunque el paradigma de esa fobia a ser visto es J.D. Salinger, que algunos psicólogos interpretan como una muestra de soberbia, al considerar inconscientemente que la gente no merece su presencia y menos su simpatía. Otros, como Borges, exhiben su grandeza envuelta en una pátina que suena como ironía pero solo es falsa humildad.

 

Por el contrario, las más frecuentes muestras de este fenómeno son las que requieren una loa permanente, y sus protagonistas siempre están insatisfechos porque basta con que les suene mal una palabra en medio de una lluvia de parabienes para que entren en cólera, se depriman o se oculten majestuosamente. No se niega la grandeza y el talento de estas figuras, ya que su influencia en su campo y a menudo en toda la sociedad está por encima de cualquier discusión; es de su carácter de lo que hablamos. Ese encantamiento consigo mismos se da en determinados personajes que triunfan en disciplinas que tienen proyección pública, sean artistas, políticos, científicos o humanistas, desde Truman Capote y María Callas a Julio César, Edison y Miguel Ángel Buonarroti. Y los hay, incluso, que se consideran elegidos por los dioses, el destino o quien fuere, se saben grandes y se comportan de forma mesiánica, como John Lennon, cuando dijo en una entrevista de 1966 que The Beatles eran más populares de Jesucristo, o Bob Dylan, que en 1978 declaró a la revista Rolling Stone: «Dylan siempre ha estado ahí, siempre lo estuvo; antes de que yo naciera ya estaba Bob Dylan. Yo era el mejor preparado para interpretar ese papel». Y siguió tocando la armónica.

 

Cuando el día y la noche se igualan es la hora del fuego, no solo en el mundo mediterráneo y en el celta. ¡A la hoguera! Echemos a las llamas las mentiras, calumnias o injurias que arman quienes viven en la frustración, la envidia y el fracaso propio del que culpan a los demás. Quememos el odio, sea cual sea su tamaño, porque una leve brizna de su esencia se multiplica en el infecto alimento de sí mismo; tan malvado es el que pone sal en las heridas y las ilusiones como el que genera catástrofes humanas de dimensiones bíblicas. Solo es cuestión de oportunidad. Prendamos fuego a la indiferencia que nos hace cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno, y enviemos al olvido las ofensas, murmuraciones, traiciones e infamias que nos pesan en el orgullo.

 

Mantengamos lejos del fuego la memoria de los afectos, la fuerza de la generosidad y el peso de la lealtad. Manolete está muerto, es culpa de todos, o de nadie. ¡Feliz solsticio de verano!

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