Cuando los exploradores contratados por el comerciante y geógrafo florentino Américo Vespucio, acompañando a Alonso de Ojeda, llegaron a lo que hoy es la costa de Venezuela, lo hicieron probablemente (las crónicas son poco claras) por lo que hoy se conoce como Playa Verde, justo al lado del actual aeropuerto internacional de Maiquetía y el puerto de La Guaira. Se adentraron hacia el sur por el gran llano que los llevó hasta los torrentes de la Barranca de Apure, que eran escorrentías navegables y con poco fondo, por lo que los exploradores que trataban de negociar con los indios tacariguas y caquetíos del interior empujaban sus canoas con el sistema veneciano, perchando para impulsarse con largos palos contra el fondo. Este sistema de tracción debió recordarles a los gondoleros venecianos, por lo que Vespucio llamó a aquella tierra “La pequeña Venecia”, Venezuela, todo un contrasentido porque Venecia es apenas una brizna en tamaño comparada con la inmensidad territorial de lo que también llamaron la cintura de América en otro contexto. Es decir, Venezuela es un lugar en lo que lo grande se confunde con lo pequeño, lo correcto con lo injusto y lo inmediato con lo lejano. Venezuela es confusa empezando por su nombre.

El gran terremoto del Día de San Juan de 2026 se ha producido con mayor intensidad en el mismo lugar al que llegaron los conquistadores españoles, y que es un punto de destino geográfico casi obligado por la Corriente del Golfo, la misma que llevaba a los emigrantes clandestinos de Canarias hacia la zona del puerto de La Guaira, nombre sonoro donde los haya en la memoria de la emigración isleña en los años centrales del siglo XX. Con la mente puesta en ese puerto, zarpaban barquillos de breve eslora y marineros poco avezados, con la fe ciega que a menudo es hija de la desesperación.
Alguien descubrió que, mirando desde Arguineguín hacia poniente, la luna llena rielaba en el mar y trazaba una dirección: La Guaira. Unas veces, cuando la mar era amable, llegaban al destino soñado; otras, la mar rompía el trato y los barcos llegaban a costas muy distantes o, desgraciadamente, se perdían en un océano que, antes del siglo XV, recibió, entre otros nombres, el de Mar Tenebroso. Esa luna rielando hacia La Guaira como esperanza es el tema de la habanera “La noche en Arguineguín”, de Néstor Álamo, que sonó cuando León XIV visitó ese puerto que siempre es esperanza, cuando zarpas o cuando arribas. Mucha gente sigue creyendo que esa canción es un mero canto elogioso a ese puertito grancanario; pero no, es una denuncia, un desgarro, y tal vez una ilusión, tanto de ida como de vuelta, y siempre con la emigración al fondo.
Y es que esa zona de Venezuela por la que llegaron los conquistadores y que son lugares queridos porque están en la memoria y el agradecimiento de Canarias es donde América se enfrenta al océano y donde las placas terrestres se reajustan de vez en cuando. Allí está la capital y en toda esta zona se libraron las batallas y conspiraciones que nunca han cesado desde antes de Bolívar, incluso antes de Miranda. Es como si las fuerzas de la naturaleza quisieran participar en esa confusión que nunca a cesado en dos siglos. La gente de Canarias que tiene familiares que emigraron, hayan regresado o no, tienen familiaridad con toda Venezuela, pero especialmente con las zonas más castigadas por este terremoto y por casi todos los que ha habido, que son muchos. Es como si, salidos de un lugar bajo el que duerme un volcán amenazante, llegaran a otro en el que el suelo es inestable y peligroso.
Conozco quien fue a Caracas de niña y volvió siendo adulta, pero sigue pensando en caraqueño; a una mujer que se fue joven a trabajar como mecanógrafa para sacar adelante a su familia isleña. Sé de quienes se instalaron en Puerto Cabello y Valencia, hicieron fortuna y se les deshizo cuando cambiaron las tornas políticas. Hemos tomado café que nos enviaba una tía desde Barquisimeto, y recuerdo a un familiar cercano que volvió de dos guerras y saltó el charco para repartir leche en un motocarro por el barrio de San Bernardino de Caracas. Todas esas personas han tejido un vínculo que hace que, para Canarias, Venezuela nunca sea un lugar en un mapa o una noticia volandera en un noticiario. Nos interesa, nos importa, nos conmueve; gozamos y sufrimos con ella, aunque a menudo no entendamos por qué siempre, cuando capitanean los próceres o cuando se rebelan los desharrapados, el pueblo sufre, porque no hay término medio, tal vez una idiosincrasia heredada de la colonia.
¿Quién tiene la culpa de los terremotos? Nadie y todos. Los volcanes no se pueden predecir, pero los terremotos son cíclicos, debido a los acontecimientos geológicos que, más tarde o más temprano, se repiten. Algunos dicen que estas catástrofes son castigos divinos. Lo siguiente es preguntarse por qué Dios siempre castiga a los más vulnerables: Chile, Haití, Bangladesh, Nepal… Y nos olvidamos que tiene que ver con eso que los entendidos llaman tectónica de placas, y también tiembla la tierra en California o Japón, pero casi nunca el castigo es tan severo, aunque la gradación del movimiento sísmico sea tan alta como en donde produce gran destrucción. Seguramente tiene que ver con la manera construir, con la educación ciudadana frente a estas fuerzas naturales, y también con la fuerza económica de los lugares donde se produce. Comentaban esta vez ha temblado la tierra en una zona de San Carlos, capital del estado de Cojedes, y causó una destrucción similar a la ocurrida en otro terremoto hace más de medio siglo. Los edificios desmoronados entonces fueron sustituidos por otros de parecida estructura y sin ninguna especial prevención contra seísmos. La consecuencia es clara: cuando la tierra ha vuelto a temblar, los nuevos edificios repitieron la demolición de los anteriores. Esa es la diferencia entre Venezuela y California, ente Haití y Japón.
Ningún sistema político se ha ocupado de poner remedio a tanta desidia. Los chavistas carecen de capacidad de respuesta para responder a la hecatombe y, por supuesto, los Adecos y la COPEI tampoco respondieron en las ocasiones anteriores. No es un asunto político, es que la mentalidad es la misma, y en estos asuntos la imprevisión es letal. Y entre el dolor por una tierra y una gente que también somos nosotros, quedo como pan sin sal, como en la habanera de “La Noche en Arguineguín”. Me indigno y lloro contigo, Venezuela querida, no me consuela ni el resonante nombre de La Guaira, grabado en mi memoria por la voz de mucha gente que allí desembarcó.



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