La competitividad y tres piedras
Hace tiempo que vienen dándonos la murga con lo de la competitividad. Políticos, analistas, empresarios y periodistas especializados erre que erre con lo mismo. Siempre nos han venido a decir con mayor o menor delicadeza que en España somos unos gandules, y que los cojonudos son los alemanes y los noruegos. Para empezar, acabamos de enterarnos de que en Alemania se trabajan menos horas y menos días que en España, y es bien patente que en Noruega tienen un nivel de vida altísimo, porque son cuatro gatos y controlan millones de toneladas de salmón y otras tantas de petróleo. Son ricos, directamente, y no se rompen la espalda trabajando, que para los trabajos más duros vienen los vecinos suecos y daneses. Tienen de bueno que la riqueza del país se reparte y todos viven bien, mejor que en ningún otro país del planeta, son líderes en nivel de vida. Pero trabajar, lo que se dice trabajar, no mucho. Si otros estados ricos en materias primas siguieran la política noruega, también serían ricos todos y no multimillonarios unos pocos. Por eso, cuando me hablan de competitividad me lleno de preguntas: ¿cómo se mide la competitividad de un policía, de un taxista o de una enfermera? Me da que esa palabrita es otro cuento chino para colarnos otra forma de capitalismo, pues ahora dicen que ya no hay crisis propiamente dicha, ahora lo que hay es una «nueva situación». Y tan nueva, mientras los que la propiciaron siguen tan panchos y tan forrados sin que ningún juez les pida responsabilidades. Y luego, la culpa es del currante porque dicen que no es competitivo. Vaya cara más dura.
La libertad de creencias es algo que debe estar por encima de cualquier cosa, pero siempre me pregunto cómo es posible que una creencia legítima cruce la línea del fanatismo. Por aquí se hacían promesas de ir caminado a ver a un santo, un Cristo o una Virgen. Es una tradición que se vaya cada año caminando a visitar a las patronas. Hace años llegaban a Teror peregrinos con los pies destrozados porque acudían descalzos desde cualquier punto de la isla, por caminos reales terribles, y luego remachaban haciendo de rodillas el recorrido entre la plaza y el altar. Recuerdo con horror ver el suelo de la basílica de Teror regado de la sangre de los peregrinos, que en su buena fe hacían ese sacrificio. Afortunadamente eso ya no se ve por aquí. Las autoridades eclesiásticas se oponen, el Arzobispo de Manila ya no sabe qué hacer ni decir, pero el fanatismo pasa por encima hasta de las normas de La Iglesia. Entiendo que haya ritos pero no esas acciones terribles que en el siglo XXI tendrían que acabar.