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El último trabajo de Hércules

Si celebramos ahora el centenario de la publicación de Las Rosas de Hércules es porque en ese año el librero y editor Gregorio Pueyo publicó el Libro II, ya que el Libro I se publicó en 1922, un año después de la muerte del poeta Tomás Morales, con prólogo de Enrique Díez Canedo. Tal como hoy lo conocemos, apareció en 1956, en un volumen conformado por los libros primero y segundo y se le añadió el Himno al volcán, que pudiera ser parte de un tercer libro que dejó inconcluso. Si ha llegado hasta hoy y cada día tiene más fuerza, es porque Las Rosas de Hércules es un manifiesto modernista, forzando la mitología conocida y la que nació del poeta hasta límites a los que no se hubiera atrevido el mismísimo Rubén Darío. Porque desde el primer verso, el poemario es la construcción de un puente que trata de conectar la realidad que se nos escapa con esa otra realidad que, por evanescente, tal vez sea más aprehensible; es decir, la celebración del mito, que no es otra cosa que la traslación de lo cotidiano, que es complejo y confuso, a arquetipos que simplifican las pasiones humanas.

Y es que Tomás Morales, seguramente sin que nunca fuese consciente de ello, personificaba un ser mitológico, que alcanzó su cima de admiración en el Madrid de la primera década del siglo XX. Eso explica que un estudiante de medicina de provincias centrase la atención de las personalidades más brillantes de la época. La lista de sus admiradores es muy extensa, y su nombre y el reclamo de su presencia corrió apenas pisó la primera tertulia madrileña de la mano de Luis Doreste Silva, ya estudiante en la Villa y conocedor de los ambientes literarios, y de las referencias de Domingo Doreste “Fray Lesco”, que había hecho buenos amigos en su estadía en Salamanca y en Madrid, algunos del tamaño de don Miguel de Unamuno, que vino a Gran Canaria por su medio para ser mantenedor de los Juegos Florales celebrados en 1910, en el que fueron galardonados Alonso Quesada y el propio Tomás Morales.

Para empezar, Tomás Morales era un poeta descomunal, probablemente el que más representa la esencia de Modernismo literario. Interviene también en esa magia su presencia física y una voz atronadora con una dicción perfecta sin perder el acento canario. Imaginen la impresión que debió causar en aquel Madrid de “nueve meses de invierno y tres de infierno” un tipo altísimo y corpulento, un gigante para la media de talla de entonces. Era, además guapo, elegante y exótico, de una simpatía muy seductora. Cuando recitaba sus poemas  en las tertulias de la librería de Pueyo, el Café Universal y en cualquier salón que él frecuentaba junto al poeta bohemio Emilio Carrere, extendía el silencio; cuentan que nadie osaba siquiera pestañear para no romper el hechizo.

Y los asistentes se olvidaban de la semana trágica de Barcelona, de la guerra de Marruecos, del imperio recientemente perdido, cuando un Hércules subtropical, acaso el que pudo llegar al Jardín de las Hespérides para robar la manzana dorada que otorgaba la inmortalidad, declamaba ante el colapso respiratorio de figuras tan importantes como los mencionados Doreste Silva, Pueyo y Díez Canedo, su inseparable Carrere, Valle-Inclán, Fernando Fortún,  Villaespesa, Gómez de la Serna o Carmen de Burgos, primera mujer periodista en España que firmaba como La Colombine, y su paisano Angel Guerra ya instalado en la prensa madrileña.

Solo un hombre como él, un coloso físico con poderosa voz de barítono y la apostura de un Apolo con levita y sonrisa de seductor podría ser él mismo el mito que trataba de construir en sus versos. Esa figura imponente que tan bien talló el escultor Victorio Macho llevaba escrito en su presencia formidable un libro que seguramente le fue encargado por los dioses, como uno más de los trabajos de Hércules.

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