Chacho, chacho, el Parlamento
Cuando hace unos días el pleno del Parlamento de Canarias aprobó una proposición no de ley apoyando por unanimidad la candidatura del físico Blas Cabrera para ser homenajeado en el Día de las Letras Canarias 2012, se saltó la normativa dictada al respecto, que establece que se dedique cada año a «un autor diferente de nuestra literatura». Visto que Blas Cabrera no fue un literato, y después de un debate social que ha trascendido a los medios, la parlamentaria Dulce Xerach rectificó. Lo consecuente es que el Parlamento -no una sola diputada- se retractase porque se ha equivocado. Pero no, no se desdicen y ahora la Mesa del Parlamento (los que se sientan arriba, que son cinco) decide proponer a Pancho Guerra, que sí fue un escritor y entra en la normativa. ¿Es que los cinco componentes de la Mesa no votaron en el pleno que aprobó la anterior proposición? ¿Por qué no rectifican el error anterior? Lo único que falta es que otro órgano parlamentario -la Junta de Portavoces, por ejemplo-, proponga a un tercero, y ya puestos que hagan proposiciones los grupos parlamentarios por separado, los servicios jurídicos, los ujieres y los operarios de mantenimiento del edificio del Parlamento. Un poco de seriedad, y dejen que las cuestiones específicas las traten y decidan los organismos que tienen competencias para ello.
Entiendo que una democracia tranquila y sosegada es menos espectacular que una dictadura estridente, y que una jornada normal de una sociedad democrática da menos titulares que un golpe de estado. La prueba la tenemos en las mil y una películas que se han hecho sobre el nazismo, con su parafernalia imperial y su gandilocuencia plástica. Desfiles que hubiera cantado Rubén Darío, uniformes resplandecientes, símbolos y saludos que para sí hubiera querido Georges Lucas en La guerra de las galaxias. Pero detrás de toda esa fascinación icónica hay una espantosa miseria moral que degrada y destruye al ser humano, incluso a quienes ejecutan ese enorme poder. Por eso se vuelve una y otra vez sobre el 23-F, como en el reestreno de una película, de la que no sólo ignoramos el guión verdadero, sino el nombre de los productores asociados y gran parte de los protagonistas, que fueron eliminados en el montaje posterior. Nos queda un tricornio como emblema del diseño de vestuario, un bigote como trabajo de maquillaje, unos disparos al techo del Congreso como efectos especiales y poco más. El 23 de febrero debería designarse como Día de la vergüenza.