Aunque no lo parezca, la primavera avanza, aunque sintamos nostalgia de aquellos tiempos en los que los titulares de los medios abrían a bombo y platillo con la estampa marinera de un velero buque-escuela de un país lejano que hacía en puerto una de sus escalas a la vuelta al mundo. Luego, ese fin de semana dejaban pasar a ver el velero, y eso también era noticia. Los lunes, si el equipo de fútbol local había ganado se saboreaba en sitio preferente el golazo de la victoria marcado por Fulanito; si había perdido, podía aparecer un titular muy catastrófico y se abría un debate sobre fichajes, la cantera o la idoneidad del entrenador. A menudo comentábamos que se le estaba dando demasiada importancia a noticias frugales, con falta de calado o directamente frívolas. Ahora nos da miedo encender la radio o la televisión, navegar por las redes o leer un periódico. Cada cabecera es realmente algo tremendo, pero no en sentido figurado como en el fútbol, sino que realmente afecta a nuestras vidas como una amenaza que no es broma.

Claro, ahora echamos de menos que nos informen de forma preferente y en titulares de una feria del queso o de una jornada en la que todas las bicicletas salen a la calle. Al principio, nos agobiaban esas noticias terribles, pero tengo la sensación de que se nos ha endurecido la retina y las entendederas con tanta desgracia real y colectiva, que antes solo veíamos como hipótesis en las películas de catástrofes con un gran presupuesto para simular la voladura de una refinería o el tsunami producido por un terremoto marino. Había desgracias, sí, pero todas ocurrían muy lejos y nuestro inconsciente se defendía con esa disculpa estúpida, porque todo nos acaba afectando, por aquello del efecto mariposa, solo que ahora las mariposas que aletean son gigantescas y el aire nos llega hasta aquí con todas sus consecuencias. Luego ya veremos, pero las inmediatas son económicas; si quiere comprobarlo, pruebe a llenar el depósito de su coche en la gasolinera o simplemente comprar una bolsa de víveres en el supermercado.
Que nos muestren cientos de cadáveres de personas asesinadas en un bombardeo o que asistamos en primera fila de nuestro sofá a la voladura de un puente empieza a parecernos eso que llaman normalidad. También hemos visto cómo la geología enfurecida de un volcán se lleva por delante los medios y la forma de vida de personas con las que nos sentimos identificadas porque viven una realidad geográfica y humana como la nuestra; que ahora, por decisión política, en medio de tanto horror, se sigan manejado cifras y proyectos millonarios para servir de escenario de un par de partidos de fútbol, o que el gran debate ciudadano sea sobre el Carnaval es surrealista, porque, sin tanta publicidad, hay mucha gente muy cerca de nosotros que lo está pasando muy mal, y uno piensa que habría que hacer algo con el drama de la escasez y los precios de la vivienda, con el abandono de los más vulnerables o que simplemente haya un médico de cabecera que sepa nuestro nombre.
Pero, no, lo que nos salvará del cataclismo pasa por el Mundial de Fútbol de 2030, y ya importa poco al PIB, que el trabajo no dé para vivir dignamente, que corramos el peligro de escasez debido a la insularidad y al lugar que ocupamos en el mapa… Pero en julio vendrá Juan Luis Guerra y su merengue dominicano y, no sé de dónde, aparecerán los euros que cuestan las entradas. Y antes, en junio, el mismísimo Papa de Roma. La espiritualidad también está carísima. Todo lo que antes se veía venir como posibilidad apocalíptica y que hacía parecer exagerados aguafiestas a quienes osaban advertir de que lo posible siempre es susceptible de convertirse en real, todo eso, es ahora tangible, y ante tanta realidad terrorífica, mucha gente prefiere ni hablar de esos temas, entre otras cosas porque seguramente habrá quien sepa por qué estamos en esta encrucijada de la historia, pero no lo ha dicho, y es aún más terrible que todos crean que la solución es el otro.
Qué tiempos aquellos en los que los titulares eran la bajada de la Rama, la romería del Pino o la pesca de la lisa en el Charco de La Aldea. A veces, incluso una feria de artesanía, agrícola o del libro daba para abrir un noticiario o colorear la portada de un periódico. No hacía falta traer a ídolos de fuera, ya nos apañábamos con lo nuestro. Ahora nos damos cuenta de realidades que intuíamos pero que sobrevolábamos para no asustarnos y que ponían -entonces también- en evidencia la fragilidad de nuestras islas, que para desayunar ese gofio autóctono que nos viene por línea aborigen se muelen cereales que nos vienen de fuera porque aquí no se cultivan, lo mismo que ese ron tan isleño fabricado con melaza importada, o los quesos extraordinarios de nuestro archipiélago, que ganan premios mundiales y se hacen con leche de una ganadería alimentada con piensos de muy lejana procedencia, como las folclóricas mantas esperanceras de los pastores, que en realidad son mantas de dormir dobladas, tejidas en Manchester con lana de Australia. ¿Y si todo no es más que una cruel mentira que hemos consentido que la construya el miedo?
Es que, al final, todo está en los clásicos, y esa gran mentira me lleva a la memoria del gran libro Las mil y una noches, donde hay muchas historias, pero siempre me ha impresionado especialmente una en la que un criado pide a su amo un caballo veloz para huir de Bagdad, porque se había cruzado con La Muerte en el mercado y esta le hizo un gesto que le pareció de amenaza. El criado sale a galope tendido hacia la distante ciudad de Isfahán con intención de llegar lo antes posible. Intrigado, el amo va al mercado y allí ve también a La Muerte y le pregunta:
– ¿Por qué has hecho un gesto de amenaza esta mañana a mi criado?
-No ha sido un gesto de amenaza -explica la Muerte-. Ha sido un gesto de sorpresa, porque creía que ya no estaba aquí, sino camino de Isfahán, que está muy lejos, y según mis libros debía encontrarme con él allí esta noche.
Hasta ahí la tremenda historia contada por Sherezade. La moraleja viene a decirnos que a menudo los intentos de evitar la muerte conducen a ella. Es la fuerza de lo inexorable, cómo los humanos a menudo pretendiendo salvarnos nos hundimos más. Es esa fuerza que ha dado lugar a muchas leyendas, a las tragedias griegas o a la ópera que Verdi basó en una obra del Duque de Rivas. ¿Es ese el impulso que hace que en Canarias se cometan tantos disparates? La forza del destino, ma non troppo.



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