Lecciones de nuevo demócrata
Ya debiéramos estar acostumbrados a que nos etiqueten de lo primero que se les ocurra. Que desde la derechona se me mire mal no es que me importe, es que me tranquiliza. De la izquierda es más complicado hablar, porque aunque fuese el más radical de mundo, siempre surgirá alguien que se cree más a la izquierda. Así que ya me resbala que, por dar mi opinión, me puedan colocar adjetivos distintos e incluso opuestos. De un tiempo a esta parte resulta que se ha instaurado la moda de dar lecciones de cómo ser demócrata, palabra que por lo visto acaban de implantar y que otros nunca hemos entendido. No me espanta que se erijan en adalides de esta corriente las nuevas generaciones, porque eso es lo normal, cada hornada trae su propia lectura de la historia; paralelamente a eso, entre la risa y el patetismo, criaturas de largo recorrido se han convertido en oráculos de la nueva política, una especie de nuevo cuerpo profesoral de la democracia «verdadera».
Como diría el poeta Miguel Hernández, en Gran Canaria, su isla y la mía, se me ha muerto como del rayo mi amiga la gran artista Sira Ascanio. Fue siempre una mujer singular, que vibraba escuchando Piensa en mí cantada por Luz Casal, metiéndose en las abstracciones de Kandinsky, que coleccionaba copas de cristal y amigos, que sufría por este país machadiano de charanga y pandereta, que en otra vida de ficción fue Ginebra en Camelot o decía que tal vez un pez o un delfín (yo creo que una sirena), esa mujer se ha ido dejando un rastro de luz que se le escapaba en todo lo que hacía. Por cronología, por postulados estéticos y por contenidos vitales, debiera figurar en la generación del setenta, pero entonces la vida personal la absorbía, asunto crónico por desgracia en las mujeres.