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El asno de oro y estar de vuelta

 

Sin entrar a fondo en disquisiciones filosóficas o evidencias neurológicas sobre lo que es y significa lo que vulgarmente conocemos como realidad, podemos acordar que es lo que sucede en todos los órdenes de la vida individual y colectiva, de manera que posiblemente un mismo hecho puede ser diversas realidades según quien lo viva, lo atestigüe o lo refiera, porque todos vemos el mundo desde nuestros ojos y con el espejo de nuestras vivencias. Facundo Cabral se preguntaba si ‘ve todo el mundo los colores como yo los veo’, pero es patente que hay una realidad cotidiana que superficialmente es la misma para todos, independientemente de si yo veo el verde del color azul o amarillo que lo ven otros, pero coinciden en el objeto que lo porta. Creemos ver lo mismo, pero es la realidad común consensuada porque siempre coincide la palabra con que lo nombramos.

 

 

Esta visión de la realidad queda en entredicho en tiempos como los que corren, en los que millones de personas están convencidas de algo que otros niegan, seguramente porque los datos con que cada cual construye su realidad son distintos, aunque solo sea en el número de ellos, pues un solo dato puede anular una percepción adquirida por diez argumentos anteriores. Quien posea el undécimo dato que el otro ignora verá la realidad de forma diferente. Esa es la importancia de la que la información veraz, y cuando se necesita que un gran número de personas vea la realidad que nos interesa, se hurtan datos, o se añaden nuevos, aunque no sean ciertos. Es lo que llamamos desinformación.

 

Solemos decir con frecuencia que la realidad supera siempre a la ficción. Es verdad, y la explicación ha sido muy clara en boca de autores como Mark Twain, maestro en el uso de la ficción, y consiste en que esta, sea muy fantasiosa o muy apegada al realismo, tiene que ser verosímil, creíble y congruente dentro del universo que se haya creado, coherente con los demás elementos de la realidad que se cuenta. La realidad, sin embargo, se produce y ya está; no tiene por qué obedecer a ninguna lógica porque, al contrario de la ficción creativa, no tiene por qué convencer, ni siquiera necesita ser contada. En el bosque caen rayos, mueren hojas y crecen retoños porque sí, y no tienen que explicarse, son la realidad desnuda. La ficción que no se cuenta no existe, y en lo que tenemos por mundo real ambas se entrecruzan y a menudo se confunden.

 

Todo esto viene a cuento del libro que acaba de publicar el profesor Victoriano Santana Sanjurjo, que ha realizado una versión de El asno de oro, probablemente la novela concebida como tal más antigua que se conserva. Es del siglo II, y su autor fue un africano romanizado llamado Lucio Apuleyo, que nació en Numidia, lo que hoy es Argelia, y se convirtió en vida en una celebridad por el libro que escribió. Y es curioso que en un tiempo en el que nada que no fuese creado en Roma, capital del imperio, superaba el olvido, El asno de oro aguantó la lejanía y casi dos milenios. Apuleyo es como el Albert Camus del siglo II.

 

Lo que ha hecho Victoriano Santana Sanjurjo no es solo una traducción, sino que ha establecido un juego con las historias originales que, si bien fueron concebidas como ejemplarizantes o míticas para conocimiento y escarmiento de los lectores, permite releerlas desde casi dos milenios de distancia, que es lo que ha hecho Victoriano. Porque las versiones de los clásicos nunca son las lineales sota caballo y rey, hay distintas formas de enfocarlas, porque los conceptos, las costumbres y la semántica es muy elástica con el paso del tiempo. Si bien hay historias anteriores a Apuleyo en las tradiciones latina, griega y más atrás, los formatos en que se presentan son distintos, sea en poemas homéricos o en textos para ser representado de viva voz en un escenario. Cierto es que ya Petronio había intentado un esquema arcaico de novela en El Satiricón, pero el salto formal que da Apuleyo en El asno de oro es enorme, de manera que esta obra es el antecedente directo de la novela picaresca española y de las primeras novelas italianas, y hasta Cervantes y Dickens bebieron de la sabiduría de un arquitecto literario como Apuleyo. Su capacidad para hacer verosímiles ficciones tan incoherente como la vida lo colocan muy cerca de ser la fuente primigenia de la novela.

 

Imaginen que un hombre acaba convertido en asno y tiene que pasar mil peripecias y ser testigo de otras tantas antes de conseguir volver a su estado humano. Y lo hace desde el silencio, porque conserva todas las facultades intelectuales de los hombres, menos la capacidad de hablar. Solo escucha, y siempre mira lo que ocurre a su alrededor con ironía cercana al sarcasmo, con lo que el humor viene a estar en el origen mismo de la novela. Es una gran ficción, hiperbólica e incongruente, pero verosímil, una especie de cuadratura del círculo. Es curioso cómo las grandes plumas de la novela moderna, que tanto deben a Apuleyo, nunca suelen referenciarlo, porque, ¿cómo habría sido posible, por ejemplo, el romanticismo literario sin su legado? ¡Si hasta Shakespeare acudió a El asno de Oro en Sueños de una noche de verano!

 

A menudo tengo que aguantar la risa cuando leo o escucho comentarios sobre los logros, la originalidad y el antes y el después de ciertas obras narrativas actuales. Todo experimento, cambio de voz, juego de tiempos o cualquier otra cuestión literaria ya fue hecha en la antigüedad clásica, y si algo quedó pendiente lo ventilaron Dante, Cervantes y Shakespeare.  Si te sales de los caminos marcados por este magisterio, estás perdido, a no ser que tengas el sobrehumano talento de estos tres. Si Dickens bebió de Apuleyo, García Márquez de Sófocles, Virginia Wolf de Sor Juana Inés de la Cruz y Chéjov de Las Mil y una noches, ya es bastante hacerlo bien, porque aspirar a ser la fuente sí que es una ficción inverosímil.  Recomiendo esta lectura que hace de Apuleyo Victoriano Santana Sanjurjo, y tal vez así, jugando con tantas ficciones políticas que no respetan la verosimilitud, se dará la paradoja de que nos acerquemos a algo parecido a la realidad. Y acabo con una frase de Juan de Mairena, criatura de Antonio Machado: “Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!”

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