Nos han arrebatado, injustamente como siempre es la naturaleza de la muerte, a la jovencísima estudiante Claudia Tacoronte, que fue a México buscando vida y la encontró la muerte, y al cantautor canario Sergio Alzola, que, desde su guitarra me traslada a esa otra guitarra en manos de Alfredo Zitarrosa, un poeta y payador uruguayo de voz tan profunda como contundente, que se imponía a ritmo de pericón, candombe y chamarrita, cuya esencia poética fue siempre la misma pregunta sobre lo inevitable. Sus respuestas fueron amor, denuncia y valentía, pero, como siempre ocurre, la muerte los alcanzó, porque nunca falla, y te suspende la vida con una épica balacera como a Facundo Cabral, con el fanatismo político como a Roque Dalton, Jorge Cafrune y Víctor Jara, o con ese odio supremacista que es esa pandemia machista que se llevó a Claudia.

La poesía siempre viaja a lomos de una guitarra, color madera, que se vuelve timple, charango, cuatro llanero, contra majorera o guitarrón oriental que aspira a ser contrabajo. Y la muerte también, como los instrumentos de pulsión que antes fueron cítaras, laúdes, vihuelas, y acabaron de mil formas, en ukelele, bandurria, tres cubano, balalaica, requinto o una Fender Stratocaster 1968 enchufada a la corriente de Woodstock y al genio de Jimi Hendrix. La muerte tiene anotada una cita y un lugar. Cumple y llega puntual, pero a nosotros siempre nos parece demasiado pronto.
En 1977, Zitarrosa publicó el LP Guitarra negra, que contenía en su cara A una contracanción de 17 minutos, recitada encima de una orquestina de cuerdas afro-rioplatenses en milonga, una obra única, excelsa, terrible. En ella, el payador nos dice que “hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma”. La muerte escudriñaba entre los libros de Claudia, porque anda siempre rebuscando, como el tiempo enquistado en el Cauny Prima de mi padre, un insolente reloj de pulsera de los años 50, que venía a expulsar a los relojes de chaleco y leontina, una modernidad entonces y que ahora sigue funcionando, aunque haya que darle cuerda cada noche. Como la vida, que va a cuerda sobre un eje que llevamos milenios tratando de entender.
Sergio Alzola era un payador que desafiaba los relojes, sin tiempo, porque denunciar el fraude de la vida nunca pasa de moda. También se ha ido en este último y abrasador aleteo del verano, demasiado pronto, como esa maldición en la que la muerte cobra sus facturas en corazones jóvenes, que se detienen, no se sabe por qué medio, porque la muerte tiene mil aliados. Decían que el mito debía tener 36 años, como Marilyn Monroe y Bob Marley, o como los del Club de los 27 de Janis Joplin, Jim Morrison o Cecilia. En Canarias, el número de años es muy dispar, aunque siempre es demasiado pronto: Juanito Guedes, Wendy Artiles, Andrés Solana, Lorenzo Godoy…
Tengo conciencia de que la muerte anda siempre husmeando entre mis cosas y mi gente desde que tengo uso de razón, cuando, con tres años, entendí que se llevó a mi hermana, dos años menor que yo. Son destellos, sentir una pérdida sin haber sido consciente con plenitud de su existencia, una presencia que se instaló en mi memoria precisamente cuando fue ausencia. Ya no había cuna, ya no había niña, ya no había vida, un vacío inexplicable que marcó para siempre a mis padres y por consiguiente a mí, presente en ese hueco que permanece. Luego ya fue un desfile de ausencias. La muerte se ha ido presentando una y otra vez, y a estas alturas es mayor el vacío que la comparecencia, como nos pasa a todos. Incluso me ha rondado personalmente varias veces, pero he logrado esquivarla, distraerla, o simplemente no tuvo interés por mí. También sé que volverá.
Sergio Alzola miraba la vida de frente y Claudia Tacoronte la perseguía. Es que no hay otra forma de vivir. Ella se colgaba del futuro, el cantautor de su guitarra, y se agarraba tanto que, una hace ya más de un año, tal vez dos, sonó mi teléfono, pasada la medianoche. Desperté, sobresaltado. Sergio había pillado el punto a una canción de la que habíamos hablado días antes. ¿Sabes qué hora es? Para él anochecía porque estaba en Ciudad de México. Era, otra vez, como Zitarrosa en su Guitarra negra: “Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, su pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes bajo sospecha de subversión. Y no halló nada”. Sergio sí encontró una canción; era todo impulso y entusiasmo, y como consecuencia gran candidato a la decepción, porque la gente sin ilusiones y proyectos nunca se decepciona. No vive, transita sin rumbo. Sergio desafiaba la vida y Claudia la abrazaba.
Todas las muertes son un dolor que no acaba, pero que se convierte en compañía, presencias permanentes de quienes han compartido mucho camino, de quienes solo estuvieron un tramo corto o de los que coincidieron en el tiempo. Y ahí se entrecruzan la muerte de un amigo en la veintena, en el arcén de una carretera de Fuerteventura que el viento convertía en arenal, con la de mi camarada cabo de artillería y maestro de escuela que cayó inerte en mis brazos porque una bala sin aviso le robó la vida en un trozo de Sáhara que sigue -también por eso- despertándome la vergüenza, con tantas ausencias que me acompañan. Parece que esta tierra tuviera que pagar un tributo temprano a los dioses, como el paradigma que es Teobaldo Power, a quien la muerte lo citó a media treintena.
Llegamos desnudos y nos pasamos ese leve paréntesis entre dos nadas que es la vida sumidos en sartrianas pasiones inútiles, porque nos iremos sin nada. La igualadora muerte decide, y solo queda la memoria de los otros, sea en un lujoso mausoleo, en el fondo del mar, bajo los escombros de Venezuela o en una tumba sin nombre de un cementerio herreño. Seguimos empeñados en más. ¿Más qué? ¿Hasta cuándo? Zitarrosa otra vez nos contesta: “Hasta morir también, tal vez un día, de soledad y rabia, de ternura, o de algún violento amor, de amor, sin duda”. Los relojes no entienden de prisas o tardanzas, solo marcan números; pero hasta el cansado Cauny Prima de mi padre sabe que Sergio y Claudia se fueron demasiado pronto.



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