A ver qué hacen con estos cuatro años
En la Grecia Clásica la democracia consistía en una forma de gobierno en la que el pueblo escogía a los mejores para que administrasen los intereses comunes. Pero no solo se limitaban a elegir a las personas en las que delegaban esa capacidad de decisión por un tiempo determinado (depende de ciudades y de épocas), también manifestaban sus ideas y opiniones en las plazas públicas, que eran tenidas en cuenta por los próceres. Cierto es que los griegos tampoco eran la quintaesencia de la equidad, porque esa democracia original era cosa de hombres, las mujeres no tenían voz ni presencia pública, y el clasismo, la xenofobia y otras lindezas hacían que no todos los varones fuesen considerados ciudadanos libres y plenos, pues quedaban fuera otros sectores de la población efectiva, como los esclavos o los de origen extranjero. De esta manera se gobernaba, con lo que, si se erraba o se acertaba, la gloria o la culpa era de todos, aunque es evidente que quienes ostentaban las magistraturas y por lo tanto tomaban las decisiones finales tenían una responsabilidad mayor. Veinticinco siglos después tendríamos que haber perfeccionado el sistema, y de hecho se han mejorado los aspectos representativos, pero está claro que lo que hoy llamamos democracia no parece diseñada para que los y las mejores administren los intereses colectivos. Ni siquiera podemos estar seguros de que quienes tienen más votos vayan a gobernar.
